La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)
En el Santuario mariano de Loreto

El Papa recuerda que «Es necesario volver a Dios para que el hombre vuelva a ser hombre»

Benedicto XVI, siguiendo los pasos del beato Juan XXIII, hace 50 años, peregrinó ayer jueves al Santuario mariano de Loreto, para postrarse a los pies de la Virgen y encomendarle el inminente Año de la fe y el Sínodo de los obispos sobre la nueva Evangelización.

Visitando la Santa Casa de la Virgen en Loreto, Benedicto XVI vino, pues, a la ciudad de Las Marcas a pedirle a Nuestra Señora, su amorosa protección y energías para avanzar hacia delante en el camino de fe, y dar un nuevo impulso a la Iglesia. En este santuario construido en torno a la casa terrenal de María, el Papa dijo que “todos estamos en casa” porque “María, Madre de Cristo, es también madre nuestra”.

Después de la llegada en helicóptero a las 10 de la mañana, el Santo Padre ha subido hasta el santuario en lo alto de la ciudad, desde donde se puede contemplar el mar Adriático. El Papa celebró la Misa en la plaza que se encuentra delante mismo de la fachada de la basílica, donde fue instalado el altar, bajo un pabellón en forma de tienda de campaña.

Flores en la escalinata del templo y banderas blancas y amarillas han recibido al Pontífice en una bellísima jornada de otoño. A la ceremonia eucarística han participado más de 10 mil fieles dentro y en las calles adyacentes a la plaza, asistidos por 300 voluntarios.

Benedicto XVI comenzó su homilía recordando que el 4 de octubre de 1962, el beato Juan XXIII peregrinó al Santuario de Loreto para encomendar a la Virgen María el Concilio Ecuménico Vaticano II, que se inauguró una semana después. En este contexto, destacó que también él -cincuenta años después- peregrinó a este Santuario para encomendar a la Madre de Dios dos importantes iniciativas eclesiales: El Año de la fe, que comenzará dentro de una semana, el 11 de octubre, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que ha convocado para este mes de octubre con el tema «La nueva evangelización para la trasmisión de la fe cristiana»

El Papa después de saludar a todos los presentes, al obispo de Loreto: Mons. Giovanni Tonucci, a los padres capuchinos -a quienes ha sido encomendado el cuidado pastoral del santuario y al representante del Gobierno –entre otros- recordó su Carta apostólica de convocatoria al Año de la fe y dijo que en Loreto –dijo- “tenemos la oportunidad de ponernos a la escuela de María, de aquella que ha sido proclamada «bienaventurada» porque «ha creído».

Este santuario –agregó el Papa- construido entorno a su casa terrenal, custodia la memoria del momento en el que el ángel del Señor vino a María con el gran anuncio de la Encarnación, y ella le dio su respuesta. Esta humilde morada es un testimonio concreto y tangible del suceso más grande de nuestra historia: la Encarnación; el Verbo se ha hecho carne, y María, la sierva del Señor, es el canal privilegiado a través del cual Dios ha venido a habitar entre nosotros (cf. Jn 1,14). La voluntad de María coincide con la voluntad del Hijo en el único proyecto de amor del Padre y en ella se unen el cielo y la tierra, Dios creador y su criatura. Dios se hace hombre, María se hace «casa viva» del Señor, templo donde habita el Altísimo.

Benedicto XVI, destacó que hace cincuenta años, en Loreto, el beato Juan XXIII invitaba a contemplar este misterio, «a reflexionar sobre aquella conjunción del cielo con la tierra que fue el objetivo de la Encarnación y de la Redención», y continuaba afirmando que el mismo Concilio tenía como objetivo concreto extender cada vez más el rayo bienhechor de la Encarnación y Redención de Cristo en todas las formas de la vida social (cf. AAS 54 [1962], 724). Ésta es –dijo- una invitación que resuena hoy con particular fuerza. 

Después, Benedicto XVI explicó que la Santa Casa de Loreto conserva también una enseñanza importante: es una casa en la que podemos quedarnos, habitar y que, al mismo tiempo, nos hace caminar, nos recuerda que todos somos peregrinos, que debemos estar siempre en camino hacia otra morada, la casa definitiva, la Ciudad eterna, la morada de Dios con la humanidad redimida (cf. Ap 21,3).

Por otra parte, el Pontífice, subrayó otro punto importante en la narración evangélica de la Anunciación que no deja nunca de asombrarlo: Dios solicita el «sí» del hombre, ha creado un interlocutor libre, pide que su criatura le responda con plena libertad. Y luego de recordar uno de los más célebre sermones de San Bernardo de Claraval relativo a la expectación por parte de Dios y de la humanidad del «sí» de María, Benedicto XVI afirmó que Dios pide la libre adhesión de María para hacerse hombre. Cierto, el «sí» de la Virgen –dijo- es fruto de la gracia divina, pero la gracia no elimina la libertad, al contrario, la crea y la sostiene. La fe no quita nada a la criatura humana, sino que permite su plena y definitiva realización.

El Papa concluyó su homilía encomendando a la Santísima Madre de Dios todas las dificultades que vive nuestro mundo en búsqueda de serenidad y de paz, los problemas de tantas familias que miran al futuro con preocupación, los deseos de los jóvenes que se abren a la vida, los sufrimientos de quien espera gestos y decisiones de solidaridad y amor. Asimismo, confió a la Madre de Dios este tiempo especial de gracia para la Iglesia, que se abre ante nosotros.