La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El cardenal Antonio María Rouco Varela inició, desde Fátima, la Misión-Madrid: «Vivimos, en el fondo, una crisis de fe»

Como ya adelantó «Análisis Digital», el pasado sábado, desde el santuario de Fátima, un día antes de que arrancara la Misión-Madrid, el cardenal Rouco explicó, en una conferencia, las motivaciones de esta iniciativa: «¿Hay alguna razón extraordinaria para esta llamada extraordinaria a la misión? Ciertamente, sí… »
 Publicamos ahora, por su interés las ideas principales de la conferencia, recogidas con más amplitud por «Alfa y Omega»:
«Nos encontramos en el lugar donde la Virgen se apareció a unos pastorcillos el 13 de mayo del año 1917, unos pastorcillos de una aldea entonces desconocida, Cova da Iria. Eran tiempos de una Portugal republicana, muy laicista; el mundo estaba en guerra, en la Primera Guerra Mundial; era muy fuerte y dominante una visión de la vida y del mundo alejados de Dios, y en la Iglesia se vivían también momentos difíciles: algunos buscaban nuevos caminos, a veces peligrosamente alejados del centro de la fe y de la comunión, mientras que otros vivieron estas circunstancias como una ocasión para la renovación interior de la Iglesia, para el testimonio de Cristo en un mundo ya de la increencia, de laicismo; en el mundo de la Primera Guerra Mundial.

Hemos querido hacer esta peregrinación para comenzar aquí la Misión- Madrid, que tiene como título y lemaServidores y testigos de la verdad. Las palabras nos ayudan a comprender el contenido de lo que estamos viviendo y queremos vivir.

Misión: la palabra misión es una palabra muy utilizada. Se emplea en muchos aspectos y en muchas realidades de la vida. La Iglesia siempre ha hablado de misión desde el principio de su historia. Los primeros que la ponen en marcha son los apóstoles. Y apóstol, en su significado etimológico, quiere decir enviado y misionero. La palabra misión, aplicada a la vida de la Iglesia, es clave, porque los cristianos somos y nos entendemos a nosotros mismos, en nuestro ser criaturas puestas en el mundo por Dios, de algún modo, como enviados al mundo. Hemos sido enviados para anunciar una buena noticia, que no sólo es noticia, sino que es el comienzo de una nueva realidad en la vida de la persona y de la Humanidad. La buena noticia es que Dios ha enviado a su Hijo al mundo, y que ese Hijo se ha entregado al hombre, muriendo en la cruz, y ha resucitado. Y, después de la Resurrección, ha enviado a los hombres. Ser cristiano y ser misionero es lo mismo. Vivir la vida cristiana y vivirla como misión es lo mismo. La Iglesia se entiende como congregación, la gran congregación de los que han sido enviados a la misión.

Madrid: Madrid es una ciudad que ha nacido a la Historia prácticamente ya como cristiana. Y lo ha sido de un modo muy intenso en los últimos 500 años. Ya en el siglo XVI, se constituía en capital de los reinos de España. Y España es muy vieja, más antigua que todas sus partes; España es anterior a la división que tiene lugar como efecto de la invasión musulmana. Con el tiempo, Madrid se convertirá en la capital de una España unida, que se siente profundamente cristiana y profundamente comprometida en la misión de la Iglesia, que vivía tiempos de gran crisis, por el fenómeno del protestantismo. Es clave en el Concilio de Trento la influencia de los grandes teólogos españoles: san Juan de Ávila, entre otros santos; san Ignacio de Loyola… Y el fondo espiritual de ese momento lo constituyen, sobre todo, las almas que hacen misión en el interior mismo de la Iglesia, como santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz.

Tiempos de crisis

Podríamos preguntarnos: entonces, ¿tiene razón de ser una misión en Madrid en el año 2012 (para ser más precisos, del año 2012 al 2014)? Pues sí. Porque, o los hijos de la Iglesia viven a fondo su condición de misioneros, o fallan en algo esencial. Pero hay además momentos en que es especialmente urgente mostrar esa dimensión dinámica del ser cristiano, y hoy es un momento urgente para hacerlo: es un momento urgente porque hablamos de crisis, de crisis global, de crisis europea,

Y constatamos que no se puede seguir así. Constatamos también una honda crisis, una crisis moral, de vida cristiana, una crisis de fe, de fe en Dios y de fe en Cristo, una crisis del alma profundamente asentada en la raíz misma de la sociedad y de la situación actual de España y de Madrid. Benedicto XVI, en su discurso a la Curia, la pasada Navidad, advertía de que la crisis de Europa es una crisis de fe. Todos los demás aspectos de la crisis, en el fondo, tienen su raíz en una crisis de fe, también en Madrid. Por tanto, responder a esta crisis pide la misión, una toma de conciencia clara, profunda, generosa y entusiasta de la misión. Y lo que ofrece la misión, el cristiano, la Iglesia, la gran comunidad de los cristianos, es, primero ella misma, seguir a la verdad, y ser testigo de ella. La crisis de fe es una crisis de verdad.

Por tanto, ser servidores y testigos de la verdad es ser seguidores de Cristo y testigos de Cristo. Quien cree en Cristo conoce la verdad. Ya no hay camino para alcanzar la verdad y la vida que no sea Él mismo.

¿Cuál es, por lo tanto, la razón de ser de la Misión-Madrid? ¿Por qué la hemos convocado? Hay una razón muy interna y eclesial, que es responder a la llamada del Papa a evangelizar de nuevo. La historia inmediata, podríamos decir, comienza con el Concilio Vaticano II. El Beato Juan XXIII lo convocó, según explicó, no para contestar a errores que podrían circular fuera y dentro de la Iglesia en relación con la verdad, sino con la finalidad de disponernos en la Iglesia -con nuestras palabras, nuestros pensamientos, nuestra vida, personal y comunitaria…- para responder a las circunstancias de los hombres, de la Humanidad surgida de la Segunda Guerra Mundial. Se trataba de evangelizar mejor, de una forma más adecuada y teniendo en cuenta la situación de aquel momento.

De nuevo, un Año de la fe

Eucaristía en la capilla de las Apariciones, en Fátima

Cincuenta años después, el Papa convoca de nuevo a un Año de la fe, para evangelizar de nuevo. Y lo hace recordando otro Año de la fe, que tuvo lugar concluido el Concilio Vaticano II. Pablo VI convoca un Año de la fe en 1967. En 1978, dos meses antes de morir, decía: «Estoy al final del camino, lo he recorrido y he guardado la fe».

¿Qué había pasado? ¿Era necesario un Año de la fe después del Concilio Vaticano II? El Papa mismo decía que sí. No olvidemos ese punto de partida, ni olvidemos tampoco la historia entre el Concilio y Benedicto XVI, y sobre todo el Beato Juan Pablo II, cuya presencia se toca y se palpa en Fátima. Y que, efectivamente, lleva el empuje de la nueva evangelización, a unas formas de gran entusiasmo y fuerza directa en la aplicación del testimonio.

El recuerdo de este Papa, que sufrió un atentado mortal el día de la Virgen de Fátima, nos mueve a hacer la Misión-Madrid. Pero, sobre todo, nos mueve la experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud del verano del año pasado. Fue una gran puesta en acción de la naturaleza misionera de la Iglesia. Los jóvenes vinieron a Madrid como peregrinos, enviados por su obispo, su Iglesia, sus amigos muchas veces… Nosotros también fuimos misionados y evangelizados, y también fuimos misioneros. Y el Santo Padre fue el gran servidor y testigo de la Verdad en medio de los jóvenes. El efecto del acercamiento a Cristo de esos jóvenes, en los días de la Jornada, y en los meses y años preparatorios de la Jornada, fue de tal claridad, de tal esplendor, que nadie puede cerrar los ojos a lo que hemos vivido, tocado y palpado esos días.

La misión es una forma ordinaria de vivir el ser cristiano. ¿Por qué hablamos entonces de Misión-Madrid, si la misión es lo normal, lo que tendríamos que vivir todos los días? ¿Hay alguna razón extraordinaria para esta llamada extraordinaria a la misión? Pues, ciertamente, sí. días.

Evangelizados-evangelizadores

Misión-Madrid: un acontecimiento extraordinario
va a comenzar

En la historia de la Iglesia hay momentos de primera misión, cuando se extiende por el mundo. Pero después, cuando esa primera misión ha dado fruto, a veces la situación histórica de capítulos de decepción e infidelidad parece que exige una renovación extraordinaria de la vida misionera. En la historia contemporánea, en tiempos no muy lejanos, todos recordamos las llamadas misiones populares.

Hoy nos encontramos en un momento en el que necesitamos poner un acento extraordinario en la palabra misión. Europa, que ha nacido como tal con el cristianismo, ha apostatado: en la calle, en los lugares de trabajo, en los medios de comunicación social… Sabemos dónde vivimos. No es que nos persigan por la calle a los sacerdotes, pero, si uno va vestido de sacerdote, oye palabras no precisamente de fina educación. Y en Madrid, no somos una isla, un oasis de fe y de vida cristiana dentro de España y Europa.

La crisis de fe, de vida cristiana, de vida de Iglesia, es muy grande. Y con una gravedad superior en España, quizá, en relación a otros países de Europa. Por nuestras raíces, nuestra obligación de ser servidores y testigos de la Palabra es más grave. No hay tiempo que perder. Y por eso comenzamos la Misión-Madrid.

El Señor nos ha iluminado para venir desde la Virgen de la Almudena a la Virgen de Fátima, y volver de la Virgen de Fátima a la de la Almudena; para recordar que no hay posibilidad de ser misionero, ni para la Iglesia ni para los cristianos, si ellos mismos no están profundamente convertidos. Los que no están convertidos a Cristo no pueden ser servidores ni testigos de Cristo. Es imposible.

Necesitamos tanto tomar conciencia de que primero nosotros mismos debemos ser evangelizados, convertirnos de nuevo. Cristianos y católicos de Madrid y de España evangelizados y convertidos, entonces sí, en evangelizadores, servidores y testigos de la verdad. El programa de Misión-Madrid lo conocemos; es importante. Pero más importante es el compromiso personal de cada uno, de cada parroquia y asociación, de cada grupo, de cada realidad de la Iglesia para vivirla hondamente, con la palabra y con las obras.

Yo creo que, si el Señor nos bendice, la acción misionera de estos dos años próximos -deberíamos pedirlo- tendrá como fruto que la santidad renacerá de nuevo del alma de los cristianos de la Iglesia en Madrid. Un acontecimiento extraordinario va a comenzar en Madrid, la santidad despierta en las almas de los hijos y las hijas de la Iglesia en Madrid.