La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La Misión Madrid existe, y se manifiesta

La Misión Madrid ha nacido contra todo pronóstico. Los augures anunciaban que la JMJ iba a ser el punto y final del pontificado del cardenal Rouco. Se equivocaron. Quienes insistían, durante la pasada semana, que la misa en la explanada iba a ser la evidencia de un desierto, se equivocaron. Quienes dedican más tiempo a desentrañar la maquinaria de sucesión del arzobispo de Madrid que a responder al reto que ha puesto encima de la mesa Benedicto XVI con el año de la fe, se equivocan. La Iglesia en Madrid está en estado de Misión, y esa es su natural circunstancia.

Llegaron los autobuses que había ido en peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Fátima, minutos antes de que comenzara la misa en la explanada de La Almudena. De lo vivido en el Santuario portugués, la síntesis es la de unas jornadas de intensa espiritualidad. El cardenal Rouco no había oído los cantos de sirenas que le decían que la Catedral era el lugar apropiado; que el otoño en Madrid es voluble y que la Misión Madrid no deja de ser un lema, un eslogan, o una especie de complejo concepto y articulación.

El cardenal Rouco domina la psicología social de sus fieles y sabe que la Iglesia en Madrid está enganchada a la expresión pública de la fe en la calle, y que no necesita recluirse en el templo cuando el número hace incómoda la celebración. Y acertó. La Vicaría de Actos Públicos preparó tres mil sillas para los fieles, y se quedaron cortas. En la celebración inicial de la Misión Madrid se palpó especialmente la presencia de algunas realidades de la Iglesia y movimientos apostólicos, sumados al colorido de la vida consagrada, mayoritariamente femenina. Y familias, muchas familias. Esta es una diferencia específica de la diócesis de Madrid respecto a otras diócesis españolas.

Concelebraron con el cardenal de Madrid unos doscientos sacerdotes y, junto a sus obispos auxiliares, el Nuncio de Su Santidad en Kazajistán, monseñor Miguel Mauri, un madrileño de pro. También estuvo el Vicario del Opus Dei en España, monseñor Ramón Herrando Prat de la Riba. Nada de autoridades civiles, con lo que la misa aparcó la tentación de convertirse en un acto social. En la homilía, sin texto escrito y con unos apuntes a vuelapluma, el cardenal Rouco explicó el sentido de la peregrinación a Fátima que acababa de hacer, a esa profecía postneotestamentaria de conversión de la historia, de conversión personal, como la calificó.

En la homilía del arzobispo de Madrid se palpó la teología de la historia a lo san Buenaventura y a los Joseph Ratzinger, y la insistencia en la apostasía silenciosa –su argumento en el Sínodo o especial para Europa-, en las tentaciones de nuestro siglo de querer alejar al hombre de Dios y de convertir al hombre en el centro de la historia. Y, de nuevo, el cardenal volvió por los derroteros de su espiritualidad más profunda y citó a Romano Guardini y el despertar de la Iglesia en almas, apostólicamente, para insistir en que el tiempo presente urge a la conciencia cristiana. La crisis, de la que habló, porque últimamente siempre habla de la crisis, fue analizada en su profundidad, que lo es de sentido, de radical negación de lo humano.

La Misión Madrid ha comenzado. La lectura del mensaje del Papa, firmado por el cardenal Bertone, puso la nota final de comunión con Pedro y bajo Pedro. La Misión Madrid existe, y se manifiesta. Veremos cuál es su próximo capítulo.

José Francisco Serrano Oceja