La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La herencia del relativismo

Cuando se habla de la “herencia recibida” por el actual Gobierno la atención  suele centrarse en las ruinosas cuentas del Estado, el paro y las deudas contraídas que tantos esfuerzos está costando pagar al conjunto de los contribuyentes. Pero hay una herencia cultural de fondo, el relativismo,  según el cual no existe la verdad y todos los puntos de vista tendrían el mismo valor. El programa cultural de Zapatero pretendía diluir la fortaleza moral sustentada por la tradición cristiana, para evitar que se convirtiera en la principal fuerza de oposición a su proyecto ideológico. Parece que esa teoría relativista se ha convertido en un ariete político del que se apropian los partidos nacionalistas para demoler el Estado. Si todo es opinable, si no hay una verdad vinculante que regule la conducta de los ciudadanos y de los partidos, la propia Constitución se convierte en papel mojado.

Resulta por ello incongruente que los mismos dirigentes socialistas que gobernaron con Zapatero se lamenten de la irresponsabilidad del nacionalismo catalán y del PNV, cuando lo único que hacen es aplicar la misma teoría del relativismo. La cuestión ahora es cómo consolidar la Constitución como columna vertebral de las leyes, y para eso la primera  tarea, que va a exigir el esfuerzo de los principales partidos, es recobrar una conciencia común de los valores que nos unen y sostienen la vida civil de la nación. Para que las leyes recobren su fuerza como instrumento de convivencia política, es necesario que estén sostenidas por una cultura y una convicción moral. Más allá de ajustar los Presupuestos e invocar las leyes, esta es una tarea dramática para los líderes de esta hora y para la entera sociedad civil.