La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Los estragos del relativismo y las razones por las qué morir…

Uno de los más carismáticos obispos españoles nos hablaba estos días a un reducido grupo de periodistas católicos sobre los trabajos del inminente sínodo dedicado a la nueva evangelización, del cansancio que se observa en los cristianos, de la falta de vocaciones al sacerdocio y, en fin, de lo que consideraba la decadencia de la civilización cristiana, todo ello adobado con la crisis económica como reflejo de la crisis moral y ética que aflige al mundo. O sea, un panorama que invitaba a hundirse en la depresión… Pero lejos de ello, nuestro querido obispo contraponía la esperanza cristiana que, en definitiva, tiene muy presente que es Cristo quien domina la historia humana y que, por lo tanto, no hay que tener miedo al futuro. Ahí está ese impulso que Benedicto XVI quiere darnos con la ”nueva” evangelización cuyo pórtico es el Año de la Fe proclamado en el cincuenta aniversario del Concilio Vaticano II.

Lo que veíamos algunos periodistas a través de la lupa que, en cierto sentido, nos regalaba el prelado con sus palabras, es que de nuevo nos encontramos inmersos en un momento cumbre de esa lucha apocalíptica entre el bien y el mal que recorre la historia humana desde que nuestros padres empezaron a desconfiar de Dios y que tuvo su punto culminante en el Calvario. Tiempo de paz, tiempo de guerra; tiempo de sembrar, tiempo de recoger… nos recuerda el Eclesiastés, que tan oportunamente nos propone estos días la Liturgia. La pregunta, en este contexto, es si los cristianos estamos dispuestos al esfuerzo que va a exigirnos una nueva conversión, si ese supuesto cansancio, que nos lleva a la Eucaristía de manera pasiva y rutinaria, nos hará mirar con indiferencia el esfuerzo que se dispone realizar la Iglesia para empujarnos a dar la cara ante el mundo para expresar nuestra fe.

¿Qué pintamos los católicos en este mundo carcomido por el relativismo? ¿Dónde está la alegría que nos aporta la fe? Más aún ¿en qué creemos, en realidad? El prelado que nos hablaba con el corazón en la boca, recordaba al pensador francés Jean Guitton que, en su apasionante testamento filosófico, se preguntaba por la razones para creer y las razones por las qué morir… ¿Quién está dispuesto hoy a morir por Cristo y por los demás cuando el relativismo se ha dedicado a fondo a dar razones por las qué vivir y que se resumen en algo tan simple como pasarlo bien, disfrutar de lo que nos pueda apetecer sin prejuicios morales? La cultura de nuestro tiempo postmoderno nos induce a creer en que no hay verdades vinculantes, que todo es relativo y que, en consecuencia, lo importante en la vida es ser feliz como sea. Y no deja de ser curioso observar cómo ese relativismo, aportado por los agnósticos, ateos e indiferentes como remedio del aburrimiento, ha empezado ya a rebasar con creces las fronteras de la conciencia moral sobre el bien y el mal, para entrar de lleno en el terreno de la política, de la cultura, de la vida social y, lo que acaso sea peor, de las familias que se destruyen antes incluso de formarse…

En la medida que parece bueno lo que apetece y malo lo que molesta, se ha diluido el sentido de la responsabilidad. Así, al tiempo que en la vida personal se ha perdido la referencia a una Verdad que vincula y determina el comportamiento humano, en la vida política cualquiera puede burlarse de la Constitución como elemento legal vinculante. En este sentido, resulta ridículo que quienes más han propugnado el relativismo como modelo de convivencia, o sea, toda esa izquierda que no reconoce la realidad de la ruina en que vivimos, empezando por el socialismo, se rasgue hoy las vestiduras ante la decisión de Artur Más de romper con España y pretender la independencia de Cataluña a espaldas de la legalidad vigente.

Ya vemos, además, cómo los jueces interpretan la ley a su antojo y cómo buena parte de la sociedad está perdiendo el sentido mismo de la humanidad al aceptar el aborto, la pornografía, el adulterio, el divorcio, el engaño, la rapiña, la corrupción… como algo normal. ¿No han visto ustedes esa piña de votantes socialistas aplaudiendo al alcalde de Orense, supuestamente corrupto, al salir del consistorio tras presentar su dimisión? ¿Cómo se explica que los gamberros del 25-S puedan agredir impunemente a las fuerzas del orden y destrozar el mobiliario urbano sin que ni siquiera se les obligue a indemnizar a las victimas de sus tropelías y pagar los trastos rotos?

Bueno, a lo que iba: la lucha titánica que tenemos ante nuestros ojos los cristianos es, obviamente, contra el relativismo. Pero la pregunta que debemos hacernos antes es hasta qué punto nos hemos hecho relativistas los que decimos tener fe, incluidos muchos sacerdotes que se dedican a malbaratar el cielo con el pretexto “bondadoso” de que no existe el infierno.

La nueva evangelización es la oportunidad que nos brinda la Iglesia para que nosotros, los laicos, los cristianos de a pie, recuperemos nuestras señas de identidad y que, en su límite heroico, nos plantea lo que Guitton se preguntaba: ¿tenemos razones por las qué morir? Si no las hay es que hemos perdido la fe y habrá triunfado el relativismo… hasta que el Islam sea el que le da la batalla desde esos postulados salafistas que solo ven en su fe razones… para matar. ¿O no?