ser progresista es luchar por una legislación que prohíba el aborto. (Mons. Elías Yanes)

Fe y Obras; Obras y fe

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho.- Aquellas personas que nos consideramos, y lo somos, hijos de Dios, sabemos muy bien que una cosa es lo que se cree y otra, muy distinta, lo que se hace con lo que se cree.  

 

También es más que conocido que la reforma protestante del siglo XVI se sostuvo en decir que sólo era necesaria la fe (Sola fides) para salvarse y que, en realidad, las obras poco tenían que aportar a la salvación del hombre.

 

Sin embargo, si acudimos al apóstol Santiago nos damos cuenta de algo que es muy importante y que los católicos no debemos olvidar nunca. Lo en los versículos 18 al 20 del capítulo 2 de su Evangelio. Es lo siguiente:

 

“Y al contrario, alguno podrá decir: ‘¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe.

¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan. ¿Quieres saber tú, insensato, que la fe sin obras es estéril?”

 

No dice poco.

 

En efecto, sin la fe o, lo que lo mismo, sin ser consciente de que se tiene, difícilmente se puede llevar una vida de acuerdo a la voluntad de Quien todo lo creó y todo mantiene. Pero hay algo que va más allá de decir que se tiene fe y es la simple demostración de que se tiene llevando a cabo un actuar, un hacer, un ser cristiano. Y tales son las obras de las que habla el apóstol Santiago en el texto citado arriba.

 

Permítaseme traer aquí un texto algo extenso extraído de una catequesis que Benedicto XVI impartió el 19 de noviembre de 2008 refiriéndose, entonces, a cómo entendía San Pablo la justificación. Vale la pena tenerlo en cuenta porque habla, precisamente, de las obras, de las verdaderas obras, y de su significado para la salvación del hombre. Dice lo siguiente:

 

“A causa de esta experiencia personal de la relación con Jesús, Pablo coloca en el centro de su Evangelio una irreducible oposición entre dos recorridos alternativos hacia la justicia: uno construido sobre las obras de la Ley, el otro fundado sobre la gracia de la fe en Cristo. La alternativa entre la justicia por las obras de la Ley y la justicia por la fe en Cristo se convierte así en uno de los temas dominantes que atraviesan sus cartas: “Nosotros somos judíos de nacimiento y no gentiles pecadores; a pesar de todo, conscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la Ley sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la Ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado” (Gal 2,15-16). Y a los cristianos de Roma les reafirma que “todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús” (Rm 3,23-24). Y añade: “Pensamos que el hombre es justificado por la fe, independientemente de las obras de la Ley” (Ibid 28). Lutero tradujo este pasaje como “justificado sólo por la fe”. Volveré sobre esto al final de la catequesis. Antes debemos aclarar qué es esta “Ley” de la que hemos sido liberados y qué son esas “obras de la Ley” que no justifican. La opinión –que se repetirá en la historia–, según la cual se trataba de la ley moral, y que la libertad cristiana consistía, por tanto, en la liberación de la ética, existía ya en la comunidad de Corinto. Así, en Corinto circulaba la palabra “panta mou estin” (todo me es lícito). Es obvio que esta interpretación es errónea: la libertad cristiana no es libertinaje, la liberación de la que habla san Pablo no es liberarse de hacer el bien.

 

¿Pero qué significa por tanto la Ley de la que hemos sido liberados y que no salva? Para san Pablo, como para todos sus contemporáneos, la palabra Ley significaba la Torá en su totalidad, es decir, los cinco libros de Moisés. La Torá implicaba, en la interpretación farisaica, la que había estudiado y hecho suya Pablo, un conjunto de comportamientos que iban desde el núcleo ético hasta las observancias rituales y cultuales que determinaban sustancialmente la identidad del hombre justo. Particularmente la circuncisión, la observancia acerca del alimento puro y generalmente la pureza ritual, las reglas sobre la observancia del sábado, etc. Comportamientos que aparecen a menudo en los debates entre Jesús y sus contemporáneos. Todas estas observancias que expresan una identidad social, cultural y religiosa, habían llegado a ser singularmente importantes en el tiempo de la cultura helenística, empezando desde el siglo III a.C. Esta cultura, que se había convertido en la cultura universal de entonces, era una cultura aparentemente racional, una cultura politeísta aparentemente tolerante, que ejercía una fuerte presión de uniformidad cultural y amenazaba así la identidad de Israel, que estaba políticamente obligado a entrar en esta identidad común de la cultura helenística con la consiguiente pérdida de su propia identidad, perdiendo así también la preciosa heredad de la fe de sus Padres, la fe en el único Dios y en las promesas de Dios.”

 

Vemos, pues, que las obras, lo que en realidad se entiende por las obras que ha de llevar a cabo el creyente, no eran las de la “Ley” que hasta entonces había entendido el pueblo elegido por Dios, el judío. Al contrario, se refería a las obras que de verdad salvan que son las que provienen de la caridad y, así, del amor. Por eso dirá, también, San Pablo, que “toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’” (Gal 5, 14) o, también, que Dios “dará a cada cual según sus obras” (Rom 2, 6).

 

Cierto es, pues, que sin fe nada de lo que digamos con relación a la misma, es válido. Pero también que si no cumplimos con lo que decimos que creemos en nuestra relación con el prójimo, difícilmente será posible que sostengamos que tenemos fe.