El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir (A. Einstein)

Universalidad y encarnación de fe y valores (3 de 4).

Valores cristianos y raíces de Europa

El cristianismo, religión del Logos-Agape, Razón-Amor, se encuentra en  su encarnación cultural europea con el logos humano, con lo humanamente universal racional. Lo cristiano supone, integra, redime, repara, plenifica lo humano. Lo cristiano no es sino lo humano pleno, lo humano redimido y plenificado por la acción redentora de Cristo. Desde el principio destina Dios al hombre a la participación en la vida divina. Tras el pecado, que deja dañada la humanidad, trastornada la entera creación, Dios en Cristo reconduce al hombre a aquel primordial destino. Cristo redime, repara, restaura, nos devuelve la semejanza divina (Lumen Gentium 2). Le devuelve al hombre su propio rostro, no un rostro postizo, nuevo, extra- ni supra-humano, sino el auténtico rostro, ya de nuevo limpio tras la desfiguración provocada por el pecado. Por eso es Cristo quien puede manifestar y manifiesta el hombre al hombre mismo (Gaudium et spes, 22). Esa naturalidad humana de lo cristiano le resultaba patente a Tertuliano cuando percibía el “testimonio del alma naturalmente cristiana” (Apologético, 197). Los valores humanos son cristianos y los valores cristianos son humanos porque lo cristiano es justamente la afirmación redentora-purificadora-plenificadora de lo humano. Si hemos dicho que han sido los valores cristianos los que han configurado la cultura y el ser de Europa, esos valores no son sino valores humanos y, en cuanto tales, racionales, humanamente comunes, universales (no reductivamente europeos). Todos esos valores lo son, en efecto, para todos los hombres, aunque tuvieran en Europa su primera proclamación. ¿Se le ocurriría a alguien decir que los antibióticos sólo valen para los europeos por el hecho de que se descubrieran en Europa?  El que Europa haya difundido esos valores por todo el mundo, no quiere decir que haya sido Europa la que los ha hecho universales, sino que, a la inversa, han sido esos valores, de suyo universales, los que han universalizado a Europa. Esos valores tienen hoy su expresión más visible en los derechos humanos, cuya raíz y fundamento no puede ser otro que la dignidad absoluta de cada persona humana.

El carácter esencialmente humano, racional, universal de los valores cristianos lo vemos afirmado sin ambages en múltiples manifestaciones del magisterio eclesiástico como las que, concretamente, nos ofrece la Exhortación Postsinodal de Juan Pablo II Ecclesia in Europa. Los valores fundamentales de que se trata, cuando nos referimos a los cristianos que han conformado a Europa,  son, se nos dice, “valores universales de la convivencia humana” (EE 85), son la base de una civilización digna del hombre (EE 97), son los “auténticos valores éticos y civiles” en lo que ha de basarse “un buen ordenamiento de la sociedad” (EE 114), humana, en general. Tales valores no están, en su enunciado y afirmación, vinculados necesariamente a una fe religiosa, sino que, al igual que se dice en general de la propia Doctrina Social de la Iglesia, guardan una directa relación intrínseca con la dignidad de la persona (EE 99) y esto hace que sean inteligibles y válidos para toda persona. Se trata de valores que, en último término, “tienen su fundamento en la ley moral universal, inscrita en el corazón de todo hombre” (EE 116) y, por lo mismo, como hemos dicho, válidos para todo hombre, universales. La universalidad de los valores cristianos la afirmaba asimismo con toda claridad en 1979 el entonces Cardenal Ratzinger cuando, al hablar sobre “Europa, una herencia que obliga a los cristianos”, nos dirá que la conciencia enmudece “si no está orientada conforme a los valores éticos fundamentales del cristianismo”,  valores –añadía—que “pueden ser puestos en práctica incluso sin una explícita profesión del cristianismo e incluso en el contexto de una religión  no cristiana”[1].

Si todo esto es así,  cabe preguntar  por qué insistimos en llamar también cristianos esos valores que decimos que son de suyo humanos, racionales, universales. ¿Por qué? Porque, como hemos visto, la propia humanidad no sería ella misma sin su redención en Cristo. Pero además, en cuanto hace al orden del conocimiento, lo humano universal, aunque accesible en principio y de suyo a la razón,  queda oscurecido por el pecado y necesitado de ser iluminado-transmitido también en una revelación divina positiva. A la relación  entre valores humanos y cristianismo es aplicable la doctrina según la cual era necesario que verdades de suyo accesibles a la sola razón fueran también objeto de una positiva revelación histórica para asegurar el conocimiento de éstas íntegro, fácil y sin error a todos, incluso en la presente condición humana (Concilio Vaticano II, Dei Verbum, n.6). Con razón, pues, a esos valores de que hablamos, aunque sean de suyo valores  humanos, los llamamos cristianos ya que es la acción e iluminación de la fe la que nos permite percibirlos de modo claro, pleno y seguro.

La existencia no es posible sin una plena concreción.  La fe y los valores se dan necesariamente encarnados en una concreta particular cultura. Como afirmaba Juan Pablo II, “la síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe… una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida”.  Pero los valores, así como la propia fe que los ilumina y fundamenta, no pierden un ápice de su universalidad  y de su universal comunicabilidad por el hecho de que su realización y vivencia se revistan de los colores de una especial particular carne cultural. Lo universal-humano-cristiano, que no pude realizarse sino encarnado en lo particular, no sólo no pierde por eso su universalidad sino que, paradójicamente, al contrario, introduce en lo particular la tensión y la apertura hacia lo universal, apertura que permitirá el reconocimiento mutuo y la superior unión en el amor sin que las diferencias de las particulares encarnaciones de lo universal sean obstáculo sino enriquecimiento del encuentro-mestizaje.

La relación de la fe con la cultura puede concebirse bajo el modelo hilemórfico (la fe es forma si bien respecto de una materia ya a su vez culturalmente estructurada…), o bajo el modelo, diríase, genético, en el que sería el elemento fecundante… En cualquier caso, la relación de la fe (al igual que se afirma de la que mantiene la Iglesia) con cada cultura queda bien expresada si decimos que, en todo cuanto de bueno, verdadero y bello contiene,  la favorece y asume, la purifica, la fortalece y la eleva[2]. La fe que ha de informar toda cultura, no queda atrapada, ni plenamente realizada, por ninguna, a la vez que se deja revestir en cada una de esas sus particulares encarnaciones culturales precisamente con los colores de la carne que en cada caso asume. Esto a la vez no sólo no impide sino que es justo el modo como la fe universaliza a las culturas: las universaliza no sólo porque a todas está llamada a conformarlas al encarnarse en todas, sino porque remueve el interior de cada una de ellas hasta romper el blindado caparazón de la particularidad y dejarlo abierto en plena disposición de salir hacia el / lo otro y en el activo vacío que le permite enriquecerse con la llegada y amorosa acogida del / de lo otro.

Hay dos vías irracionales en la búsqueda del bien común universal (de la paz universal): una la de quien quiere homogenizar dictatorialmente a todos hollando y quemado diferencias (…diferentes); otra, la de quien da por imposible la comunicación de los diferentes, niega toda posibilidad de permanente enriquecedor mestizaje, y decreta que no cabe sino “conllevarnos” yuxtapuestos pero incomunicados. Pero sólo hay una vía efectivamente posible y necesaria de convivencia: la de afirmar la necesaria, posible, fecunda intercomunicación de los diferentes unidos… Ése es el ideal al que nos proyectan y llevan la fe y los valores cristianos en y desde sus diversas convergentes siempre renovadas encarnaciones históricas. El conflicto multicultural lo tendremos siempre con nosotros, hasta el fin de los tiempos y cada generación ha de hacerle frente en la marcha de la Historia hacia el Reino de Dios. No podemos olvidar que en el momento de la culminación escatológica de la historia, seguirá existiendo, estará presente y se incorporará al Reino de Dios “una muchedumbre inmensa,… de toda nación, razas, pueblos y lenguas” (Ap 7, 9-10), bajo el signo de la gracia y del amor definitivo.

Teófilo González Vila



[1] Europa: una herencia que obliga a los cristianos (En la Academia Católica de Baviera, 1979), en Card. Joseph Ratzinger, Iglesia, ecumenismo y política (BAC, 1987) p. 257.

[2] Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 13. Entre otros numerosos textos magisteriales fundamentales sobre la relación fe-cultura, sobre la inculturación de la fe, señalaremos aquí, también del Concilio Vaticano II, la constitución Gaudium et spes, 58, así como la encíclica de Pablo VI Evangelii nuntiandi , 20 y la de Juan Pablo II, Redemptoris misio, 52.