El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir (A. Einstein)

Libertad de expresión y libertad religiosa o como convertirlas en dos monstruos

La nueva oleada de violencia en el mundo islámico como reacción ante las la imágenes «blasfemas» sobre el profeta Mahoma, ha abierto otra vez el debate sobre el concepto de libertad en el mundo occidental y el islámico. Entre nosotros, los occidentales, no existe la menor duda: no hay democracia sin libertad de expresión. Entre los musulmanes, cualquier libertad está limitada por el sometimiento a la ley divina.

Pero ¿hasta donde llegan esas libertades como derechos fundamentales? ¿Es la libertad en si misma un derecho absoluto ? Por supuesto que no, pero vale la pena intentar una breve reflexión. La libertad humana, que es muy anterior a la democracia, es la clave para entender al hombre y su dignidad como persona. Sin entrar en la eterna discusión que no ha dejado de entretener a filósofos, pensadores y teólogos a lo largo de la historia, resumamos que la libertad es la facultad que tiene el hombre de dirigir su pensamiento –y la conducta- de acuerdo con la razon y la voluntad. En este sentido puede elegir entre hacer el bien o hacer el mal, de acuerdo con su libre albedrío.

Claro que para ejercer este derecho de elección en una sociedad humana, hay que tener una clara conciencia sobre lo que es justo o injusto y, por supuesto, no cruzar la «línea roja» de las leyes que, en sí mismas, nos recuerdan algo intrinsicamente unido al ejercicio de la libertad: la responsabilidad de todo acto humano. O sea, que la libertad está limitada por el bien común: no se puede matar, ni robar, ni difamar por el gusto de ejercer la libertad. Lo que en otras palabras nos lleva a la afirmación inicial: la libertad no es un derecho absoluto.

Para entendernos sin más rodeos: nunca está permitido hacer el mal para obtener el bien. Y, mejor aún, recordemos la evangélica regla de oro: «Todo cuanto quieras que os hagan los hombres, hacérselo también e ellos». Entonces ¿tiene límites la libertad de expresión, tan solemnmente proclamada como derecho y deber fundamental en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948? Esta pregunta no se plantea, obviamente, en países donde impera un sistema totalitario: nada más contrario a una dictadura que la libertad de expresión y de pensamiento. Pero la misma declaración universal, incorporada en casi todas las constituciones democráticas, advierte que esa libertad no puede ejercerse para favorecer las guerras o hacer apología del odio nacional, racial o religioso que inciten a la violencia.

Se ha hilado tan fino en este contexto que en países tan liberales y democráticos como Francia o Alemania está prohibida la negación de la existencia del Holocausto, toda una concesión a los judíos que sufrieron la persecución nazi. Pues bien, aquí entra de lleno ese conflicto que con demasiada frecuencia se abre cuando, en ejercicio de su libertad de expresión algunos medios se dedican a atacar las convicciones religiosas que las personas ejercen en el marco de otra de las libertades fundamentales del hombre: la libertad religiosa.

Bien sufrimos los católicos los mofas y befas que con tanto deleite acogen esos medios que se autroproclaman progresistas en la medida que el progreso por ellos entendido, supone prescindir de Dios como autor de la Creación. Hace mucho tiempo que, en España, se derogó la ley antiblasfemia que impuso el franquismo después de tanta incitación al odio a la Iglesia producida durante los tiempos aciagos de la república. Aqui se puede ofender a los católicos y hasta «cocinar» una imagen de Cristo crucificado sin que la Justicia se moleste demasiado. Pero no es eso lo que ahora nos ocupa.

Lo llamativo es que los Estados democráticos, asombrados por la vioilencia que es capaz de desencadenar el ejercicio de las libertades fundamentales, «condenen» hipócritamente la difusión de insultos a otras religiones, en especial la islámica, al tiempo que proclaman su defensa del derecho a la libertad de expresión. Somos capaces así de cerrar embajadas y colegios, de gastar millones y millones en reforzar las medidas de seguridad y hasta de tragarnos las víctimas de la violencia islamista antes que recordar la responsabilidad que conlleva todo ejercicio de la libertad de expresión.

Por supuesto que ninguna ofensa a la religión que sea puede justificar actos de violencia como los cometidos por los radicales islámicos como consecuencia de las viñetas y la maldita película «La inocencia de los musulmanes». Pero si los autores de esas publicaciones tuviesen que pagar los platos rotos con su « libertad » es bastante probable que ni siquiera Samuel Hunttington hubiese tenido razones para escribir su «Choque de Civilizaciones» como amenaza para la paz mundial.
El conflicto no está entre la libertad de expresión y la libertad religiosa, sino en la forma en que cada cual las ejerce. Todo depende de la responsabilidad que cada cual asume y, por supueto, en la rectitud de la conciencia moral que es tanto decir como la armonía entre lo que es justo y bueno con la razón y la voluntad de cumplir la ley natural.

Y aquí está el meollo de todo el debate sobre la libertad: en el momento en que hombre se olvida de Dios –o interpreta sus mandatos equivocadamente- entramos de lleno en el relativismo, en el « todo vale » con tal de hacer mi gusto. Ni siquiera las leyes vinculan al hombre, en la medida en que, a su vez, son interpretadas por los jueces según la moda, el gusto personal o la época. Una vez asumido el relativismo como norma suprema de conducta, la libertad de expresión queda “liberada” de responsabilidad, al tiempo que la conciencia del bien común pasa a un segundo lugar, de manera que ese derecho se convierte en una patente de corso para incitar al odio, denigrar, difamar, blasfemar, burlarse de los demás… (Por cierto, ¿no les recuerda esto esa otra “libertad” para decidir que ha conducido al aborto como un derecho?) A su vez, la libertad religiosa, según es entendida por los musulmanes radicales, se convierte en licencia para matar en nombre de Dios. Dos monstruosidades que se dan de la mano. Y así nos va.