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Fernando de Haro
19/09/12
En la muerte de Santiago Carrillo se recuerdan ahora muchos momentos de su vida. Desde luego los hay poco elogiables. Pero hay algunos de ellos muy positivos. El PCE que en los años 50 apuesta por la estrategia de reconciliación nacional es decisivo para construir la transición a la democracia. El PCE que hace oposición, codo con codo, con los católicos durante el régimen de Franco es una de las pocas realidades democráticas de base de nuestro país.
Su secretario general, cuando en las Cortes se debatía la regulación constitucional de la libertad religiosa, se fue a casa de un obispo a preparar su discurso. Y cuando los socialistas seguían defendiendo un laicismo agresivo pronunció estas palabras: “Si nosotros hemos votado el texto del dictamen, no es porque estemos dispuestos a dar ningún privilegio particular a la Iglesia católica, ni porque creamos que es una forma vergonzante o solapada de afirmar la confesionalidad del Estado. Entre paréntesis, ése me parece un argumento peligroso, que puede volverse contra los demócratas y contra la izquierda el día de mañana. No hay ninguna confesionalidad solapada”. Para añadir con contundencia: “Lo que hay, me parece, de una manera muy sencilla, es el reconocimiento de que en este país la Iglesia católica, por su peso tradicional, no tiene en cuanto fuerza social ningún parangón con otras confesiones igualmente respetables, y nosotros, precisamente para no resucitar la cuestión religiosa, precisamente para mantener ese tema en sus justos límites, hemos aceptado que se cite a la Iglesia católica y a otras confesiones en un plano de igualdad. Y si alguien, mañana, aquí, tratara de utilizar esa cita para arrancar privilegios injustificados para la Iglesia católica, desde luego nosotros nos opondríamos terminantemente a él”.
El Santiago Carrillo que pronunciaba esas palabras era un comunista que amaba el bien común, que estaba al frente de gente que hacía política buena, la que se hace desde abajo.

















