Diario de Cádiz
Enrique García-Máiquez
16/09/12
La Diada fue un inmenso clamor independentista. ¿Sincero, táctico, sentimental, espontáneo o rencoroso por haber pedido el rescate? Da lo mismo. Llegó el momento de que el resto de España les diga: “Venga”, y les vea el cansino órdago. Yo, por supuesto, estoy con Unamuno: una España sin Cataluña y sin el País Vasco sería una España tuerta y manca. Pero, por un lado, es bastante probable que se vengan atrás y, por el otro, si siguiesen, tal vez nos hacían un favor, por muy dolorosa que fuera la amputación. Ante determinadas enfermedades, la gangrena o el cáncer, si me perdonan la crudeza, cortar por lo sano termina siendo a veces inevitable. Tendría que hacerse con asepsia y garantías. Quiero decir que el referéndum independentista se decidiría por provincias o comarcas o ciudades y, posteriormente, cada ciudadano podría escoger su nacionalidad, con independencia de lo que hubiese elegido su lugar. Si tan partidarios son del derecho de autodeterminación, no van a negárselo a nadie, ¿no? A partir de ahí, los que quisieran se irían -tan soberanos- a hacer cola a la puerta de la Unión Europa. Nosotros quedaríamos bien tristes, pero descansando -ya nos lo merecemos- de tantos lamentos faltones. Los catalanes partidarios de España habrían de movilizarse más. Lo tendrían fácil: pasarían a ser los románticos defensores de una causa rebelde y de unos derechos históricos y, encima, auténticos. España abriría ipso facto colegios españoles como los que tiene en tantas ciudades extranjeras, y cientos de miles de niños catalanes podrían por fin estudiar en su lengua materna. Tendríamos que cuidar, eso sí, el legado de la multitud de escritores, pintores, músicos catalanes que durante toda la historia han sido y se han sentido españoles para que nadie cercene el sentido de sus obras o las censure o las falsee. Eso lo haríamos con sumo gusto. A nuestro lado de la frontera tampoco podríamos seguir igual. La primera medida tras la hipotética secesión podría ser cambiarnos el nombre y llamarnos “Expaña”, con una X como una cicatriz en pleno rostro, que nos recordase a nosotros y al mundo que nos hemos roto, que somos un viejo mutilado de la historia. Y habría que afrontar una irremediable catarsis: una revisión profunda del sistema, de las ideas, de las instituciones, de las leyes y de las elites que nos han traído hasta aquí. Debería hacerse una Expaña más unida, más consciente, más orgullosa y más responsable. Probablemente nada de esto ocurrirá y será mejor, pero conviene que se informe a los nacionalistas de que se acabaron los pasitos adelante y atrás. Que estamos dispuestos, a pesar del dolor, a la extirpación de unas tierras queridísimas. Los expañoles nos quedaríamos al menos con un país menos decimonónico, menos autodestructivo, menos centrífugo y menos esquizofrénico, tan europeo como siempre, y más sano. ¡Viva (por si llega) Expaña!

















