La exhortación apostólica Ecclesia in Medio Oriente sintetiza en 100 puntos las líneas maestras para el futuro de la Iglesia en la región y para las relaciones entre cristianos, musulmanes y judíos. El documento se basa, como es sabido, en las conclusiones del Sínodo de Obispos sobre Oriente Medio que se celebró en Roma en octubre de 2010.
Desde el principio, el documento recuerda la variedad de Iglesias católicas que hay en la región, desde las Iglesias orientales católicas a la Iglesia latina y a las de fieles venidos de la India. En su conjunto, “dan testimonio de la unidad de la fe en la diversidad de sus tradiciones”. El Papa pide que se conserven los ritos de las Iglesias orientales.
La primera parte del documento habla del marco en el que la Iglesia desarrolla su misión en Oriente Medio. Benedicto XVI reconoce las condiciones muchas veces dramáticas de la vida en la región. “¡Cuántas muertes, cuántas vidas destrozadas por la ceguera humana, cuántos miedos y humillaciones! Parece como si, entre los hijos de Adán y Eva, creados a imagen de Dios, el crimen de Caín no hubiera acabado”.
Por eso la primera indicación del Papa es que los católicos trabajen por la paz en la región. Una paz que no es solo la ausencia de guerra, sino el fruto de la justicia. “El cristiano sabe que la política terrena de la paz solo será eficaz si la justicia en Dios y entre los hombres es su auténtica base, y si esta misma justicia lucha contra el pecado que está en el origen de la división”.
Oriente Medio debe mostrar al mundo “cómo el vivir juntos no es una utopía, y que la desconfianza y el prejuicio no son algo ineluctable”
Impulsar la unidad entre los cristianos
La Santa Sede se ha pronunciado en diversas ocasiones sobre los conflictos en la región. Sin volver a exponer su postura, el Papa recuerda que sigue vigente: “Es sobradamente conocida la posición de la Santa Sede sobre los diversos conflictos que afligen dramáticamente a la región y sobre el status de Jerusalén y los santos lugares”.
En este contexto, que el Papa, califica de “constrictivo, inestable y actualmente propenso a la violencia”, la Iglesia está llamada a impulsar la unidad. La unidad exige, en primer término, favorecer la comunión entre las diversas Iglesias católicas de la región y el ecumenismo en las relaciones con otras Iglesias cristianas. Esto puede hacer aconsejable en determinados casos la “communicatio in sacris respecto a los sacramentos de la penitencia, la eucaristía y la unción de los enfermos”, es decir, la posibilidad de recibir estos sacramentos de manos de ministros de otras confesiones cuando sea necesario.
También es precisa una atención especial a los numerosos matrimonios entre fieles ortodoxos y católicos. Igualmente se podría llegar a acuerdos entre las Iglesias para lograr una traducción común del Padre Nuestro a las distintas lenguas de la región, profundizar en el común estudio de los Padres de la Iglesia latinos y orientales, leer juntos la Biblia y colaborar en actividades caritativas de servicio.
“Los católicos de Oriente Medio, la mayoría de los cuales son ciudadanos nativos de su país, tienen el deber y el derecho de participar plenamente en la vida nacional”
Los raíces judías del cristianismo
En una región donde conviven cristianos, musulmanes y judíos, el diálogo interreligioso es especialmente necesario, y Benedicto XVI dedica diversos puntos a este tema.
En vez de instrumentalizar el nombre del Dios único, como tantas veces sucede en los conflictos de la región, Benedicto XVI pide: “Que judíos, cristianos y musulmanes descubran en el otro creyente a un hermano que se ha de respetar y amar, en primer lugar para dar en sus tierras el hermoso testimonio de la serenidad y la convivencia entre los hijos de Abraham”.
En relación con el pueblo judío, el Papa señala que cristianos y judíos tienen “un precioso patrimonio espiritual común”: la creencia en un Dios único, que se revela y establece alianza con el hombre y que desea la redención; la Biblia, en gran parte común; y el hecho de que Jesús naciera y viviera como judío. Todo esto “nos invita a redescubrir las raíces judías del cristianismo”.
Benedicto XVI reconoce que las relaciones entre judíos y cristianos han estado marcadas por “reiteradas incomprensiones y desconfianzas recíprocas”, y advierte que las persecuciones antijudías del pasado “son inexcusables y merecedoras de una neta condena”. A pesar de todo, las aportaciones mutuas de ambas religiones a lo largo de los siglos “han contribuido al nacimiento y florecimiento de una civilización y de una cultura conocida como judeo-cristiana”. “Es como si estos dos mundos, que se declaran diferentes y contrarios por diversos motivos, hubieran decidido unir sus fuerzas para ofrecer a la humanidad una aleación noble”.
El Papa pide para Oriente Medio “la sana laicidad que significa liberar la religión del peso de la política y enriquecer la política con las aportaciones de la religión, manteniendo la distancia necesaria”
La convivencia con los musulmanes
También las relaciones entre cristianos y musulmanes han estado selladas por muchos conflictos. Pero Benedicto XVI recuerda la enseñanza del Concilio Vaticano II según la cual la Iglesia católica “mira con estima a los musulmanes que ofrecen un culto a Dios, especialmente mediante la oración, la limosna y el ayuno; que veneran a Jesús como un profeta, aunque sin reconocer su divinidad, y que honran a María, su Madre virginal”.
En Oriente Medio, los cristianos comparten con los musulmanes la misma vida cotidiana, pues, como recuerda el Papa, la presencia de los cristianos en la región “no es nueva ni accidental, sino histórica”.
De ahí se desprende que: “Los católicos de Oriente Medio, la mayoría de los cuales son ciudadanos nativos de su país, tienen el deber y el derecho de participar plenamente en la vida nacional, trabajando en la construcción de su patria. Han de gozar de la plena ciudadanía, y no ser tratados como ciudadanos o creyentes de segunda clase”. Como en el pasado, los cristianos quieren “compartir sus experiencias con los musulmanes, aportando su contribución específica”.
De la tolerancia a la libertad religiosa
“Los cristianos –recuerda el Papa– prestan una atención especial a los derechos fundamentales de la persona humana. No es justo, pues, afirmar que estos derechos son solo derechos cristianos del hombre. Son simplemente derechos exigidos por la dignidad de toda persona humana y de todo ciudadano, cualquiera que sea su origen, convicción religiosa y opción política”.
En particular, el Papa destaca la importancia de la libertad religiosa, cima de todas las libertades. Esta libertad “abarca tanto la libertad individual y colectiva de seguir la propia conciencia en materia religiosa, como la libertad de culto. Incluye la libertad de elegir la religión que se estima verdadera y de manifestar públicamente la propia creencia. Ha de ser posible profesar y manifestar libremente la propia religión y sus símbolos, sin poner en peligro la vida y la libertad personal”.
Benedicto XVI no se conforma con la tolerancia que existe en muchos países. “Es preciso pasar de la tolerancia a la libertad religiosa”. Esta libertad, advierte, no es una puerta abierta al relativismo, ni un atentado contra el fundamento de las creencias, La verdad es un don y “solo puede ser conocida y vivida en la libertad; por eso, no podemos imponer la verdad al otro; la verdad se desvela únicamente en el encuentro de amor”.
El mundo fija sus ojos en Oriente Medio, que busca su camino. “Que esta región –exhorta el Papa– muestre cómo el vivir juntos no es una utopía, y que la desconfianza y el prejuicio no son algo ineluctable”.
Laicidad y fundamentalismo religioso
Después Benedicto XVI centra su atención en dos fenómenos nuevos: “la laicidad, con sus formas a veces extremas, y el fundamentalismo violento, que pretende tener un origen religioso”.
Frente a los dirigentes políticos y religiosos de Oriente Medio que tachan a la laicidad de atea o inmoral, Benedicto XVI defiende los beneficios de la laicidad rectamente entendida. “En su versión extrema e ideológica, la laicidad, convertida en laicismo, niega al ciudadano la expresión pública de su religión y pretende que únicamente el Estado legisle sobre su forma pública”. “La sana laicidad, por el contrario, significa liberar la religión del peso de la política y enriquecer la política con las aportaciones de la religión, manteniendo la distancia necesaria, la clara distinción y la colaboración indispensable entre las dos”.
El Papa defiende para Oriente Medio esta sana laicidad que “garantiza que la política actúe sin instrumentalizar a la religión, y que se pueda vivir libremente la religión sin el peso de políticas dictadas por intereses, a veces poco conformes, y con frecuencia hasta contrarios a las creencias religiosas”.
Otro peligro nuevo es el fundamentalismo religioso, que “afecta a todas las comunidades religiosas y rechaza la convivencia civil. Quiere tomar, a veces con violencia, el poder sobre la conciencia de cada uno y sobre la religión por razones políticas”. El Papa hace un llamamiento a todos los líderes religiosos, judíos, cristianos y musulmanes de la región para “erradicar esta amenaza”.
Cristianos que se van y cristianos que llegan
El fenómeno de los movimientos migratorios en Oriente Medio reclama también la atención de la Iglesia. Por una parte está la emigración de cristianos, que está reduciendo considerablemente la presencia cristiana en los países de Oriente Medio. El Papa comprende que, ante los conflictos de la región y al ser muchas veces víctimas de la persecución, los cristianos de Oriente Medio busquen ambientes más favorables. Pero esto supone un empobrecimiento tanto para la sociedad de Oriente Medio, que pierde valiosos recursos humanos, como para la Iglesia.
Por ello, dice el Papa, es importante que los líderes políticos y religiosos “eviten una política o una estrategia que privilegie una sola comunidad y que tienda hacia un Oriente Medio monocolor, que de ninguna manera reflejaría su rica realidad humana e histórica”. A los pastores de las Iglesias orientales católicas les pide que hagan todo lo posible “para exhortar a sus fieles a la esperanza, a permanecer en su país y a no vender sus bienes”, a la vez que se preocupan por la atención pastoral de los fieles que han emigrado.
A su vez, la Iglesia latina en Oriente Medio tiene que gestionar “la afluencia masiva y la presencia en los países económicamente fuertes de la región de trabajadores de todo tipo, procedentes de África, el Extremo Oriente y el subcontinente indio”. Estas personas muchas veces se encuentran en situaciones de discriminación e injusticia. “Explotadas y sin poder defenderse, con contrato de trabajo más o menos limitado o legal, estas personas son a veces víctimas de transgresiones de las leyes locales y de las convenciones internacionales. Por otra parte, sufren fuertes presiones y graves restricciones religiosas”.
El Papa pide a los obispos de estos países que presten su atención pastoral a estos nuevos fieles, y a los gobiernos les invita a “respetar y defender sus derechos, a permitirles la libre expresión de su fe, favoreciendo la libertad religiosa y la edificación de lugares de culto”.
La comunión en la Iglesia y los medios para la evangelización son tratados en la segunda y la tercera parte de la Exhortación.

















