Pedro Herráiz. Filósofo.- Lo que analizó Pascal Bruckner sobre la sociedad contemporánea lo vemos maximizado en los nacionalismos. En una sociedad de adultos-niños que pretende la irresponsabilidad infantil como seña de identidad. Si queremos ser irresponsables sujetos de todos los derechos como niños, los niños son nuestros competidores antagonistas puede que también por eso escaseen los niños-niños en nuestras sociedades. Bruckner tituló su ensayo La tentación de la inocencia, y parece un axioma eso de que las tentaciones están para caer en ellas. El autoproclamado inocente por definición no tiene más remedio, por eso, que inventarse una Historia, ya que la Historia real nos pone delante el registro de nuestras culpabilidades. Pero este inocente auto constituido tampoco se atiene a un proyecto de futuro real, lo traduce en un paradisiaco sueño utópico, donde las condiciones materiales no tienen lugar: no dejes que la realidad cruel te eche a perder tu sueño, sigue soñando como un eterno niño, contra toda realidad pasada, presente y futura. El que sueña no suele reparar en lo peligroso de que se cumplan los sueños, porque sólo entonces se cae en la cuenta de que eran pesadillas. 
Todo inocente por definición es víctima, también por definición. No se trata de una alegre inocencia. Este adulto trasmutado en niño por la tecnología sociopolítica transformista se sabe de vuelta de la culpa y no quiere eliminarla, sólo excluirla de sí, así es que necesita imperativamente atribuírsela a otro, a un otro no genérico o hipotético, sino próximo y real: al vecino; al más afín en el tiempo y en el espacio. El culpable eres tú, que me limitas en mi deseo infinito, también político. Así siente el viejo nacionalista infantilizado.
No creo que sea bueno por parte de los adultos abandonar a esos viejos-niños a sus sueños para que perciban su alcance de pesadillas. Entonces ya será tarde para ellos también. Dar la cara es lo propio del adulto y es lo que el adulto, también políticamente, tendrá que hacer siempre.

















