Para que el mal prolifere basta con que los buenos no hagan nada (Edmund Burke)

“En El Líbano, Cristianismo e Islam habitan el mismo espacio hace siglos”

En su saludo al Presidente de la República, a los representantes de las autoridades parlamentarias, gubernamentales, institucionales y políticas de El Líbano, así como a los Jefes de misión diplomática, Beatitudes, responsables religiosos, hermanos en el episcopado…, Benedicto XVI se preguntó “¿Por qué ha elegido Dios esta región? ¿Por qué vive en la turbulencia?”… Y que respondió: ”Pienso que Dios la ha elegido para que sirva de ejemplo, para que dé testimonio de cara al mundo de la posibilidad que tiene el hombre de vivir concretamente su deseo de paz y reconciliación. Esta aspiración está inscrita desde siempre en el plan de Dios, que la ha grabado en el corazón del hombre”.

Así, en su discurso, recogido por Radio Vaticana, afirmó que “un país es rico, ante todo, por las personas que viven en su seno” y que “su futuro depende de cada una de ellas y de su conjunto”, así como “de su capacidad de comprometerse por la paz”. Compromiso que “sólo será posible en una sociedad unida”, si bien “la unidad no es uniformidad. Porque “la cohesión de la sociedad está asegurada por el respeto constante de la dignidad de cada persona y su participación responsable según sus capacidades, aportando lo mejor que tiene”.
También les dijo que con el fin de asegurar el dinamismo necesario para construir y consolidar la paz, “hay que volver incansablemente a los fundamentos del ser humano”. Y añadió que “la dignidad del hombre es inseparable del carácter sagrado de la vida que el Creador nos ha dado”, puesto que “en el designio de Dios, cada persona es única e irremplazable. Viene al mundo en una familia, que es su primer lugar de humanización y, sobre todo, la primera que educa a la paz”. Y consideró que es necesario “unir nuestras fuerzas para desarrollar una sana antropología que integre la unidad de la persona”. Porque sin ella, “no será posible construir la paz verdadera”.
“Aún siendo más evidentes en los países que sufren conflictos armados –esas guerras llenas de vanidad y de horror-, los atentados contra la integridad y la vida de las personas existen también en otros países. El desempleo, la pobreza, la corrupción, las distintas adicciones, la explotación, el tráfico de todo tipo y el terrorismo comportan, además del sufrimiento inaceptable de los que son sus víctimas, un deterioro del potencial humano. La lógica económica y financiera quiere imponer sin cesar su yugo y hacer que prime el tener sobre el ser. Pero la pérdida de cada vida humana es una pérdida para la humanidad entera”, manifestó.

También, añadió que para abrir a las generaciones futuras un porvenir de paz, la primera tarea es la de educar en la paz, para construir una cultura de paz. La educación, en la familia o en la escuela, debe ser sobre todo la educación en los valores espirituales que dan a la transmisión del saber y de las tradiciones de una cultura su sentido y su fuerza. El espíritu humano tiene el sentido innato de la belleza, del bien y la verdad. Es el sello de lo divino, la marca de Dios en él. De esta aspiración universal se desprende una concepción moral sólida y justa, que pone siempre a la persona en el centro. Pero el hombre sólo puede convertirse al bien de manera libre, ya que «la dignidad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa·. Y refiriéndose a la tarea de la educación, que es la de acompañar la maduración de la capacidad de tomar opciones libres y justas, que puedan ir a contracorriente de las opiniones dominantes, las modas, las ideologías políticas y religiosas, el Papa dijo que “éste es el precio de la implantación de una cultura de la paz”.

“Evidentemente –añadió–, hay que desterrar la violencia verbal o física”, porque “es siempre un atentado contra la dignidad humana, tanto del culpable como de la víctima”. Mientas pensamientos de paz, palabras de paz y gestos de paz crean un clima de respeto, honestidad y cordialidad, donde las faltas y las ofensas pueden ser reconocidas con verdad “para avanzar juntos hacia la reconciliación”. De ahí que el Papa haya pedido a que los hombres de Estado y los responsables religiosos reflexionen sobre ello

Asimismo, reiteró que “estamos llamados a esta conversión del corazón”. Sin la cual “las tan deseadas ‘liberaciones’ humanas defraudan, puesto que se mueven en el reducido espacio que concede la estrechez del espíritu humano, su dureza, sus intolerancias, sus favoritismos, sus deseos de revancha y sus pulsiones de muerte. De ahí que haya hecho hincapié en la necesidad de “la transformación profunda del espíritu y el corazón para encontrar una verdadera clarividencia e imparcialidad, el sentido profundo de la justicia y el del bien común. También les dijo que una mirada nueva y más libre hará que sea posible analizar y cuestionar los sistemas humanos que llevan a un callejón sin salida, con la finalidad de avanzar, teniendo en cuenta el pasado, con sus efectos devastadores, para no volver a repetirlo. Sólo entonces podrá crecer el buen entendimiento entre las culturas y las religiones, la consideración sin conmiseración de unos por otros y el respeto de los derechos de cada uno”.

En este sentido, aseguró que “El Líbano está llamado, ahora más que nunca, a ser un ejemplo. Políticos, diplomáticos, religiosos, hombres y mujeres del mundo de la cultura, os invito, pues, a dar testimonio con valor en vuestro entorno, a tiempo y a destiempo, de que Dios quiere la paz, que Dios nos confía la paz”.