ser progresista es luchar por una legislación que prohíba el aborto. (Mons. Elías Yanes)

Natividad de la Santísima Virgen María, Madre de Dios

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho

¡Oh María santísima! elegida y destinada ab eterno por la augustísima Trinidad para Madre del unigénito Hijo del Padre, anunciada por los Profetas, esperada de los Patriarcas, y deseada de todas las gentes; sagrario y templo vivo del Espíritu Santo, sol sin mancha, porque fuisteis concebida sin pecado original, Señora del cielo y de la tierra, Reina de los Ángeles; nosotros humildemente postrados os veneramos, y nos alegramos de la solemne conmemoración anual de vuestro felicísimo Nacimiento; y de lo mas íntimo de nuestro corazón os suplicamos que os dignéis benigna venir a nacer espiritualmente en nuestras almas, para que cautivadas estas por vuestra amabilidad y dulzura, vivan siempre unidas a vuestro dulcísimo y amabilísimo Corazón.”

 

Esta Oración Inicial de la Novena de la Natividad de la Santísima Virgen María, nos pone en el  camino de un recuerdo que nos trae al corazón lo mejor que podemos llegar a ser y lo mejor que podemos admirar: la Madre de Dios nace y viene al mundo y, sin haber pecado ni siquiera en tal momento, nos ofrece la posibilidad de ser hijos suyos.

 

El nacimiento de María supone un nuevo amanecer para la humanidad. Perdido el pueblo de Dios y alejado, bastante, de la Palabra que lo iluminó a lo largo de los siglos, un Salvador ha de hacer lo posible para que, al menos, comience el remedio a tantos males que la humanidad se había procurado a sí misma.

 

Por eso, el 8 de septiembre de 2004, en la Audiencia General que celebró el beato Juan Pablo II Magno dijo que “Esta fiesta, muy arraigada en la piedad popular, nos lleva a admirar a María niña la aurora purísima de la Redención”.

 

Y no sólo eso sino que, además, “contemplamos a una niña como todas las demás y, al mismo tiempo, única, la ‘bendita entre las mujeres’ (Lc 1:42)”, porque “María es la Inmaculada ‘Hija de Dios’” destinada a convertirse en Madre del Mesías y, a partir de ser acogida por Juan, el discípulo amado, en Madre nuestra también.

 

Nace María y nos recuerda que Dios amaba con todas sus fuerzas a la joven que le iba a decir sí para que pudiera estar entre sus semejantes y, así, encarnarse y ser vida terrena.

 

Al fin y al cabo, la salvación estaba, literalmente, en las manos de aquella niña que iba a manifestar, con el tiempo, una voluntad afirmativa a la voluntad de Dios. Pero para que se produjera tal momento era absolutamente necesario que el fruto del amor entre Joaquín y Ana, María, viniese a un mundo que esperaba, desde hacía demasiado tiempo, el nacimiento del Mesías, el Ungido de Dios. Y así fue como una niña nació sin pecado, por gracia de Dios, el Misericordioso y el Todopoderoso.

 

Por lo tanto, ya no serviría lo que hasta entonces había servido. Iba a pasar a la historia de la humanidad creyente como el nacido del pecado original e iba a ser sustituido por otro (una nueva alianza se estaba preparando) en la que María iba a jugar un papel esencial y sin el cual nada hubiera sido posible. Al menos de esa forma sustentada en la manifestación de la voluntad de aquella niña.

 

María, Madre de Dios y Madre nuestra nació para ser fruto antes de ser Madre porque lo era del Amor de Dios antes de todos los tiempos, y  lo fue en el corazón del Creador antes de que las cosas llegasen a ser las cosas y, por eso, desde toda la eternidad.

 

Cuando María nace, entonces, no sólo lo hace una niña más o menos indefensa y sometida a los vaivenes de la vida sino que viene al mundo quien, al fin y al cabo, debía colaborar en la salvación del mismo mundo del que había visto la luz.

 

Nace María

y se alegra el corazón

del Padre.

 

Nace María

el mundo respira

tranquilo

porque su mediadora

ha venido.

 

Nace María

y se alegra el Cielo

y sus ángeles.

 

Nace María

y todo lo perdido

recobra su fulgor

y su luz.

 

Nace María

y nosotros, los hijos,

somos doblemente hijos.

 

Tan sólo nos queda dar gracias Dios por tanta gracia y tanto amor.