Que Europa no pueda explicarse sin el cristianismo no significa que el cristianismo no pueda explicarse sin Europa. Pero si decimos que es el cristianismo el que hace que Europa sea Europa, podría alguien preguntar si es acaso el cristianismo el que pone en Europa no ya lo cristiano sino lo especifico europeo. Y si eso específico europeo viene puesto por lo cristiano ¿acaso lo europeo es algo que sale de lo cristiano y que, en ese sentido, pertenece al cristianismo y, por lo mismo, ha darse en toda realización de lo cristiano? La cristianización de Europa, en todo caso, no supone, contra lo que algunos pretenden, una europeización de lo cristiano tal que lo inhabilite para su difusión universal. La expansión universal del cristianismo no es en modo alguno una pretensión impositiva eurocéntrica. Ni lo cristiano se agota en lo europeo ni lo europeo se reduce a lo cristiano.
No obstante, nos encontramos con textos en los que parece afirmarse una marca casi esencial de lo europeo en lo cristiano, como si el cristianismo en su encarnación histórica europea hubiera recibido de esa particular carne cultural una determinación intrínseca que, en cuanto tal, hubiera de estar presente en las múltiples sucesivas y pluriformes encarnaciones históricas de lo cristiano. El punto de partida geo-histórico del cristianismo es Oriente. Pero el camino por el que da sus primeros pasos históricos le lleva enseguida de Jerusalén a Roma. Benedicto XVI atribuirá una especial significación a la llamada que a Pablo se le hace para que se encamine a Macedonia (Hch 16, 9s), a la vez que nos recuerda el especial interés por ver a Jesús que unos griegos le manifiestan a Felipe (Jn 12, 21) y la presencia expresamente registrada de unos peregrinos “romanos” (Hch 2, 10) en la impactante mañana de Pentecostés. “El cristianismo es, pues, –nos dirá– la síntesis realizada en Cristo entre la fe de Israel y el espíritu griego”. No resultarán admisibles ni el intento renacentista de recuperar lo griego suprimiendo lo cristiano, ni el empeño de ciertas teologías moderno-contemporáneas por afirmar lo cristiano sin lo helénico. En su lección ante la Universidad de Ratisbona el 12 de septiembre de 2006 el ya papa Benedicto XVI descalificaba los diversos intentos históricos de deshelenización del cristianismo.
Pocos días antes de ser elegido papa, el día 1 de abril de 2005, en una conferencia en Subiaco había afirmado el todavía Cardenal Ratzinger: “Ciertamente el cristianismo no surgió en Europa, y por tanto no puede ser clasificado ni siquiera como una religión europea, la religión del ámbito cultural europeo. Pero en Europa recibió históricamente su impronta cultural e intelectual más eficaz y queda por ello unido de manera especial a Europa” .
Para el Papa Benedicto XVI, ahora en Ratisbona: “El encuentro entre el mensaje bíblico y el pensamiento griego no era una simple casualidad”. La visión en la que un macedonio suplica a Pablo que vaya a ayudarles a Macedonia “puede interpretarse –señalará– como “una expresión condensada de la necesidad intrínseca de un acercamiento entre la fe bíblica y el filosofar griego”.
Hoy sabemos, afirmará asimismo en Ratisbona que la traducción griega del Antiguo Testamento —la de «los Setenta»—, es “algo más que una simple traducción del texto hebreo…; es en sí mismo un testimonio textual y un importante paso específico de la historia de la Revelación, en el cual se realizó este encuentro de un modo que tuvo un significado decisivo para el nacimiento y difusión del cristianismo”.
Ciertamente hay elementos de la inculturación helenista que no tienen que ser asumidos con el cristianismo en otras culturas. Pero hay, también se nos dice en aquella misma memorable disertación, “opciones fundamentales que atañen precisamente a la relación entre la fe y la búsqueda de la razón humana”, “forman parte de la fe misma, y son un desarrollo acorde con su propia naturaleza”.
Por todo esto es por lo que podrá decirse que el cristianismo, no obstante haber tenido su origen y un importante desarrollo en Oriente, ha encontrado finalmente su impronta decisiva en Europa. A la inversa, como hemos subrayado desde el primer momento, es este encuentro, entre cristianismo y pensamiento griego, al que se une sucesivamente el patrimonio de Roma, el que crea a Europa y permanece como fundamento de lo que con rigor puede llamarse Europa.
Ahora bien, la relación del cristianismo con lo europeo, que lo es con el pensamiento griego, resulta transcendental para la encarnación cultural universal del cristianismo justamente porque es el encuentro encarnativo salvador del cristianismo con la misma razón humana. El cristianismo no entabla su diálogo con las religiones paganas sino con el pensamiento racional. Si históricamente ese encuentro lo es con el pensamiento griego, no podemos quedarnos en lo griego, sino afirmar lo racional. Es con la razón con la que / con quien el cristianismo se encuentra al encontrarse con lo concreto griego, sin reducirse a lo griego. El cristianismo es la religión de la Razón, del Logos, de un Logos amante que crea y salva. Si la encarnación cultural europea de los cristiano es tan decisiva se debe justamente a que es un encuentro con lo racional. Lo racional es lo humanamente universal.
La relación entre lo cristiano y lo europeo hay que considerarla en el contexto general de la relación entre cristianismo y cultura, entre fe y cultura, entre concepción cristiana del hombre y culturas. Nos detendremos otro día en ver cómo lo cristiano es lo humano pleno, lo racional, lo universal que, al encarnarse en cada cultura concreta, en efecto, ¿paradójicamente?, la universaliza en cuanto la abre a la razón y al amor universal.

















