Adolfo Caparrós Gómez de Mercado. Doctor y Profesor de Lengua y Literatura
Dicen que lo que nos pasa en la infancia marca el resto de nuestra vida. Si de niños vivimos algo tremendamente violento puede surgir una novela como Una misma noche, de Leopoldo Brizuela –Editorial Alfaguara-
La obra, galardonada con el Premio Alfaguara de novela 2012, lo que supone una garantía, relata en constantes “flashback” y “go forward”, o lo que es lo mismo, en constantes vueltas al pasado y al futuro, el asalto a casa de unos vecinos judíos en plena dictadura argentina.
Todo se desencadena por el robo de unos delincuentes a la misma casa treinta años después, aunque con distintos vecinos, lo que recuerda al protagonista el asalto que recibió dicha casa en los años 70.
Pero la novela va mucho más allá de una denuncia, ya que supone una profunda reflexión, no sólo de lo que supuso la dictadura argentina, sino –y a mi entender esto es lo más importante- sobre cómo lo que viven los niños les deja marcados para toda la vida. En especial los acontecimientos violentos. Cuando un niño ve a su padre o a su madre perdiendo los papeles en una situación fuera de los límites razonables, eso sin duda va a condicionar los sentimientos y la forma de ver la vida de dicho niño.
Más en el caso de nuestro protagonista que es testigo de cómo unos matones bajan de un coche propio de delincuentes pistolas en mano. Su padre, en vez de enfrentarse a ellos, colabora como si de un asaltante más se tratara, pateando la puerta de los vecinos y dando todas las facilidades a los matones.
Otra de las aportaciones de la novela es ese soniquete de los escritores argentinos, especialmente desde Julio Cortázar en adelante, que refleja giros y expresiones que a muchos de nuestros lectores europeos les resulta amable y exótico, atractivo y peculiar, y que algunos tendemos a imitar, por ejemplo, al contar los famosos chistes de argentinos. No se preocupen porque no por ello dejarán de entender al 100% el sentido de las palabras, simplemente, encontrarán expresiones típicas de aquel país.
En el aspecto formal, ni color ni blanco y negro, sino unos grises azulados en la fotografía de un niño que intenta desviar la violencia tocando el piano. Por algo dicen que la música amansa a las fieras.

















