Vicente Morro López.Secretario de FCAPA -Valencia.
También Benedicto XVI. Dentro de poco, el próximo veintidós de septiembre, se cumplirá un año desde que el Papa pronunciara un histórico discurso en el Reichstag. Histórico y excelente, como es habitual en el que fuera cardenal Ratzinger, ciudadano alemán. El discurso lo pronunció ante las máximas autoridades de su «Patria alemana», como recalcó en varias ocasiones.
Benedicto XVI citó a San Agustín, uno de sus autores preferidos. El Papa hablaba de que «la política debe ser un compromiso por la justicia y crear así las condiciones básicas para la paz», y en ese contexto introdujo la cita del Santo Obispo de Hipona: «Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?» La cita proviene de su obra La Ciudad de Dios. El ‘problema’ de tener una antropología adecuada y discernimiento de pastor es que se conoce el corazón del hombre. Se conoce el corazón del ser humano, su realidad, y se acaba teniendo razón.
Podríamos remontarnos a tiempos pasados y lugares lejanos para confirmar la apreciación del Padre dela Iglesia. Siempreque se ha atropellado el derecho el resultado ha sido el mismo. Quizá no esté de más recordar, antes de citar algunos ejemplos, que los «bandidos» no sólo roban dinero, que también y a espuertas. Roban los sueños de una nación, roban la libertad de los ciudadanos, roban sus vidas e ilusiones y pisotean sus derechos, roban la justicia y la posibilidad de llegar a conocer la verdad. Fue así con Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot, Idi Amín, Pinochet o Videla. Continúa siendo así con los Castro o con Bashar Al-Assad, y ha sido así hasta hace poco con Muammar al-Gaddafi. Y paro de contar, pues la lista, para vergüenza de la condición humana, sería interminable.
El Papa, después de la cita, continuaba diciendo que «nosotros, los alemanes, sabemos por experiencia que estas palabras no son una mera quimera. Hemos experimentado cómo el poder se separó del derecho, se enfrentó contra él; cómo se pisoteó el derecho, de manera que el Estado se convirtió en el instrumento para la destrucción del derecho.» Benedicto XVI se refería, no podía ser de otro modo, a la terrible experiencia del nazismo. Pero su denuncia no se quedaba en el pasado. «Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político. En un momento histórico, en el cual el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable, este deber se convierte en algo particularmente urgente. El hombre tiene la capacidad de destruir el mundo. Se puede manipular a sí mismo. Puede, por decirlo así, hacer seres humanos y privar de su humanidad a otros seres humanos.» Hacía referencia aquí a otro holocausto, éste silenciado. Denunciaba la mentalidad de aquellos que se creen con derecho a decidir qué vidas son dignas de ser vividas y cuáles no. Algunos, desde una supuesta piedad o compasión, deciden, y justifican, quién debe vivir, quién es humano y quién no lo es. ¿Hace falta recordar que los nazis consideraban ‘subhumanos’ –untermenschen- a aquellos cuya eliminación justificaban? ¿Necesitamos mencionar a Margaret Sanger y a la negra historia de la eugenesia que llega hasta nosotros?
Pero no es preciso irse tan lejos, en el tiempo y en el espacio. Podemos quedarnos en nuestra España actual. Salvando todas las distancias que se deban salvar con los ejemplos anteriores, también podríamos decir que los españoles sabemos por experiencia que las palabras de San Agustín -«Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?»-, no son una quimera. Para nuestra desgracia, son una cruda realidad, y también en el sentido más habitual de la palabra bandido.
¡Qué distinto sería todo si nuestros gobernantes, empezando por los de antes y terminando por los de ahora, hubieran sido conscientes de la admonición del Papa! En efecto, si hubieran creído, y lo hubieran practicado, que «servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político» nuestra situación económica, política y moral sería totalmente diferente: algunos no habrían robado a manos llenas; otros no habrían mentido con descaro y frialdad; unos no hubieran sacado beneficio personal o familiar del cargo que detentaban; aquellos no hubieran insultado y humillado a las víctimas –especialmente a las del terrorismo, pero también a las de otros crímenes- ayudando o comprendiendo a los verdugos; estos no habrían tolerado que continuara la eliminación de vidas inocentes justificada como supuesto derecho; los de más allá no habrían malgastado, o malversado, los fondos públicos ni repartido millones en subvenciones de dudosa utilidad e imposible, en muchos casos, justificación.
Hasta el día de hoy nuestra clase política, con pocas aunque honrosas excepciones, se ha dedicado más a dar la razón a San Agustín, «…banda de bandidos», que a hacer realidad la propuesta del Papa, «servir al derecho y combatir la injusticia…».
Señor Rajoy, aún hay tiempo. Sea de los segundos, por su bien y por el de toda España. Sea valiente: acabe con los bandidos; haga justicia a las víctimas y no premie a los verdugos; castigue a los ladrones de cualquier calaña; proteja a los desempleados y a los pensionistas; defienda a los no nacidos -sanos o enfermos-; desenmascare a los mentirosos, embaucadores y manipuladores. Que su Gobierno no siga el funesto ejemplo de sus predecesor

















