Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho
Nadie ha dicho (y si lo ha dicho no sabe bien las consecuencias de lo que ha dicho) que ser cristiano sea fácil. El caso es que, en muchas ocasiones, tal forma de pensar y de manifestarse lleva directamente a la muerte física. Y también a otras muchas especies de muerte quizá más sutiles que la mera desaparición de entre los vivos.
Sabemos que vivimos en el mundo y que, aunque no seamos del mundo, estamos en él para hacer lo posible para que sea mejor. El mundo trata, por su parte, de atraernos y de alejarnos de Dios porque no encuentra compatible seguir los dictados de la mundanidad con los mandatos del Creador. En realidad, no lo es.
Es conveniente conocer, darse cuenta y caer en la cuenta del presente que tenemos y al que debemos referirnos si, como cristianos, nos vemos en la obligación, grave, de defender nuestra ve. De hacer otra cosa daremos la espalda, en el fondo, a la voluntad de Dios.
A este respecto, en un almuerzo que mantuvo Benedicto XVI con un grupo de cardenales el 21 de mayo pasado, dijo algo muy razonable porque es, exactamente, lo que pasa. Dijo, en primer lugar, esto:
“Hoy la palabra ecclesia militans está un poco fuera de moda, pero en realidad podemos comprender cada vez mejor que es verdadera, que porta en sí misma la verdad.”
Por eso decimos que ser cristiano, aquí católico, no es fácil. En realidad se nos tiene, muchas veces, como personas represoras o, en todo caso, como seres humanos que no están en el mundo porque no viven con el mundo. No comprende, quien así piensa, lo que nuestra fe va más allá de las cuatro paredes que tiene la tierra y que, por eso mismo, no nos basta con sus propuestas y siempre miramos más allá de aquí.
Pero, también, dijo el Santo Padre esto otro:
“Vemos cómo el mal quiere dominar en el mundo y que es necesario entrar en lucha contra el mal. Vemos cómo lo hace de tantos modos, cruentos, con distintas formas de violencia, pero también enmascarado como el bien, destruyendo así las bases morales de la sociedad.”
Conviene saber que, en realidad, no es algo abstracto lo que pretender dominarnos a nosotros mismo. Se trata de realidades muy concretas que nos atraen hacia un frenesí donde prevalece el tener sobre el ser y donde, en realidad, se pretende desposeernos de lo mejor que tenemos y que no es otra realidad que la fe.
Tal es el presente que tenemos y con tal presente tenemos que lidiar porque no otra cosa se espera de los discípulos de Cristo. Y si respondemos de forma tal que se pueda decir de nosotros “mirad como se aman” entre nosotros mismos y con el prójimo tenemos en mismo amor que queremos que se tenga con nosotros, entonces habremos dado buen ejemplo de aquello que dijo Jesús acerca de cómo sabrá, quien no lo sepa, que somos discípulos suyos.
Es bien cierto que el mundo tiene una fuerza de atracción que muchas veces no podemos contrarrestar porque nuestra fe es débil y está anclada, es posible esto, en aquellos años de la infancia donde se nos catequizaba. Mucho han cambiado las cosas desde entonces pero nosotros creemos que es suficiente con tener a Cristo como amigo cuando, en realidad, no queremos tenerlo como Dios que, hecho carne, se sometió a las leyes de los hombres para que acabara prevaleciendo la sí mismo.
Y es que, muchas veces, queremos estar aquí sin tener en cuenta que, en realidad, lo que deberíamos anhelar y gozar sólo con imaginarlo, es buscar la vida eterna como Dios quiere que la busquemos. Y es que, a veces, somos tan humanos…

















