El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir (A. Einstein)

Muchos tipos de necesidades

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho.- Terrible es el hambre de pan (y de otros alimentos) que padecen millones de personas en el mundo y la que sufren, entre ellas, muchos y muchos niños. Tal tipo de hambre es, seguramente, remediable por el ser humano si es que quiere evitar que, día a día, mueran miles de personas debido al egoísmo de muchas otras. 

 

Pero también existe otro tipo de necesidades que son, también, muy importantes para el ser humano que se dice creyente y, sobre todo, para quien no ha encontrado a Dios y no puede darse cuenta de ellas.

 

Existe, por ejemplo, la necesidad de conocer la fe que se dice tener. Así, quien se dice católico necesita, de forma grave y obligatoria, no permanecer con una fe de infancia que no le sirva para nada en un mundo descreído como el que le ha tocado, nos ha tocado, vivir. Por eso se ha de formar en su fe y, por eso mismo, ha de acudir a los canales de formación que tiene la Iglesia católica y que son muchos. Hoy día, a través de la red de redes, cualquiera que tenga intención de formarse lo puede hacer sin salir, siquiera, de su propia casa. Pero, además, puede acudir a su propia Parroquia donde seguro que su necesidad será satisfecha.

 

Hay, pues, necesidad de saber qué fe se sigue para evitar, por ejemplo, ser vencida por las muchas propuestas que, con engaños espirituales o pseudo espirituales, puede hacer que quien se dice católico deje de serlo y adopte cualquier otra propuesta religiosa.

 

Y con la formación, una mejor comprensión, muy necesaria, de la Santa Misa.

 

A este respecto, el Santo Padre, al introducir el Ángelus del 29 de julio dijo que debíamos pedir

 

“Al Señor que nos ayude a redescubrir la importancia de alimentarnos no solo de pan, sino de verdad, de amor, de Cristo, del cuerpo de Cristo, participando fielmente y con gran conciencia de la Eucaristía, para estar cada vez más íntimamente unidos a Él. En efecto, no es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; «nos atrae hacia sí» (Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis, 70).”

 

Existe, también, la necesidad de manifestarse de forma misericordiosa porque actuar de la forma como actuó Cristo a lo largo de su vida procura el ejercicio de una virtud que transforma el corazón de piedra y lo convierte en uno que sea de carne y compresivo con las, precisamente, necesidades de los demás.

 

Y, por último, existe la necesidad de amor porque el amor es la manifestación más genuina del discípulo de Cristo y con el amor se hace demostración de la fe que se tiene. Por eso, es necesario, es necesidad importante, que el amor sea la guía de cada uno de los que se dicen hijos de Dios.

 

Vemos, pues, que existen muchas necesidades y que cada una de ellas tiene una importancia vital para el ser humano. La que convierte a las que son físicas, como el hambre, las hace irremediablemente perturbadoras de la convivencia humana y han de merecer la atención de aquellos que podrían solventarla con tal solo querer.

 

Por otra parte, las que tienen relación con el actuar el ser humano y, muy relacionado con su dimensión espiritual, aquí católica, son tal importantes que olvidarlas puede dar al traste con la solución de la referida al hambre de pan que existe en el mundo. Si un creyente deja de creer en Dios o lo tiene apartado en su vida, no acabará comprendiendo que es responsabilidad suya, suya también, el que haya muchas personas que no tengan nada que llevarse a la boca. Y si así sucede es porque ha olvidado la necesaria fraternidad que no debe dejarse de lado nunca.

 

Y es que las necesidades no son, siempre, las que nosotros creemos tener.