ser progresista es luchar por una legislación que prohíba el aborto. (Mons. Elías Yanes)

El aborto siempre es el aborto

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho.- El ser humano tiene la tendencia de justificar aquello que hace de las formas más inverosímiles. Así, lo que a ojos de cualquiera puede ser algo muy malo y muy mal hecho, según y cómo para según quién puede ser de lo más normal y, además, justificado. 

 

Con el tema del aborto pasa algo parecido.

 

Sabemos que matar está prohibido por la ley de Dios y que, en concreto, en el quinto Mandamiento se dice “No matarás” porque el Creador no puede ver bien que un hijo suyo termine con la vida de otro como, por ejemplo, pasó con el caso de Caín y Abel en los primeros tiempos de la humanidad cuando el odio pudo más que el amor y se impuso la terrible venganza de la muerte ajena. Por eso recoge el Génesis (4, 10-11) las palabras de Dios a Caín:

 

“¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano (el inocente Abel) clamar a mí desde el suelo. Pues bien: maldito seas, lejos de este suelo que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano”.

 

Por eso, también, dice el número 2258 del Catecismo de la Iglesia Católica que ‘La vida humana es sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente’ (CDF, instr. “Donum vitae” intr. 5)”, porque Dios da la vida y nadie, salvo Él, puede quitarla.

 

Tampoco puede ver bien Dios que se trate, siquiera, de matar a una persona porque en la intención lleva el propio pecado.

 

Pero hay un caso muy especial de muerte provocada del prójimo que, al parecer, cuenta con una especie de salvoconducto que le permite perpetuarse en el tiempo y hacer como si la cosa fuera de lo más normal del mundo y, en fin, poco a tener en cuenta: el aborto.

Tertuliano, hace ya muchos siglos, dejó escrito, en su Apologeticum (IX, 8) que “es un homicidio anticipado el impedir el nacimiento; poco importa que se suprima la vida ya nacida o que se la haga desaparecer al nacer. Es ya un hombre aquel que está en camino de serlo”. Pero debe saber que es un pecado de la mayor gravedad, mortal doblemente y a lo mejor ha olvidado, o no conoce, aquel “Dios no hizo la muerte; ni se goza en la pérdida de los vivientes” como muy dice el libro de la Sabiduría (1, 13) y confirma Mateo, el que fuera recaudador, cuando escribe que “Dios no es el Dios de los muertos, sino de los vivos” (22, 32).

Matar, así, al nasciturus con cualquier excusa egoísta, de miedo al qué pasará o por cualquiera otro motivo particular, queda fuera del pensamiento de un cristiano y, menos aún, de un católico que ha de tener en el corazón la seguridad de que matar es, siempre, matar y que hacer lo propio con otro ser humano, ser distinto de la madre que lo lleva en su seno, no es ni siquiera presentable ante nadie y, menos aún, ante Dios.

Y eso lo sabe cualquiera porque ya dejó dicho y escrito el Apóstol de los gentiles algo muy importante acerca de aquellos que, por decirlo así, no conocen la Ley de Dios. Y dijo, en su Epístola a los Romanos (2, 14-15) que “En efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza…”

Es decir, aquel hombre que antes había perseguido a los discípulos de Cristo y que estuviera presente en la muerte de Esteban, sabía que todo ser humano, al ser creado por Dios, lleva dentro de su corazón una serie de principios entre los que se encuentra, seguramente como el primero de ellos, el no matar y, menos aún, el no acabar con la vida de un ser humano indefenso que aún no ha venido al mundo.

El aborto, pues, siempre es el aborto, y vale menos que nada que se diga que a veces se puede justificar una muerte así, cruel e inmerecida, de otro miembro de la misma especie a la que pertenece quien consiente el aborto y quien, en definitiva, lo practica bajo cualquier tipo de ley o de mandamiento humano que, como es obvio, es contrario, tan contrario, al divino.

Por eso, también ahora, como hizo Cristo en aquel momento tan terrible de su Pasión, deberíamos decir, muchas veces, aquello de (Lc 23, 34) de “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”, aunque ellos crean que sí saben.