Para que el mal prolifere basta con que los buenos no hagan nada (Edmund Burke)

Turismo y verdadera ecología humana

Ya metidos de pleno en tiempo estival, la Santa Sede ha hecho público el Mensaje con ocasión de la Jornada Mundial del Turismo que se celebrará el próximo 27 de septiembre, con el lema “Turismo y sostenibilidad energética: propulsores del desarrollo sostenible”. También en este ámbito la Iglesia quiere ofrecer su aportación, desde la convicción de que tiene una responsabilidad respecto a la creación y de que la debe hacer valer en público.  Es posible y deseable promover una cultura del turismo responsable, de modo que llegue a ser respetuoso con la dignidad de las personas y de los pueblos, accesible a todos, justo, sostenible y ecológico. Y, precisamente, en un momento en el que se tiene muy presente la preocupación por el medio ambiente, es una buena ocasión para recordar que no podemos separar esta cuestión de una ecología humana adecuada, entendida como el interés por el desarrollo integral del ser humano.

Es importante concienciarnos del gran esfuerzo educativo que ha de hacerse, con el fin de promover un cambio efectivo de mentalidad que nos lleve a adoptar nuevos estilos de vida. Es justo reconocer que nuestros usos diarios están cambiando, y que existe una mayor sensibilidad ecológica. Pero también es cierto que con facilidad se corre el peligro de olvidar estos planteamientos durante el período vacacional, buscando ciertas comodidades a las que consideramos que tenemos derecho, sin reflexionar siempre sobre sus consecuencias. Y, sobre todo, es cierto que no siempre entendemos esa sensibilidad ecológica desde una visión integral del ser humano. Así nos encontramos, por desgracia, con personas muy sensibilizadas con el medio ambiente en general, pero que no muestran el mismo respeto hacia su propia vida y hacia la vida de los demás.

El tiempo vacacional, y en concreto el fenómeno migratorio del turismo, nos ofrece una magnífica oportunidad para salir encuentro el otro y para testimoniar con el ejemplo que es posible otra forma de entender la ecología; un bien, como nuestra propia vida, del que no somos dueños absolutos, sino administradores a los que se nos ha confiado para que lo  gestionemos adecuadamente.