La promesa electoral manifiestamente preferente –parecía la única– con que los actuales gobernantes obtuvieron hace siete meses una mayoría absoluta era la de arreglar la economía, salir de la crisis, hacer posible la creación del empleo… Pero la situación ha empeorado hasta el borde, según algunos, de una verdadera catástrofe. Y en estos momentos el gobierno, que no parece haber generado hasta ahora la necesaria confianza del Exterior, pierde “a chorros”, según concordantes encuestas, las adhesiones que todavía no hace mucho había logrado en el Interior.
Ninguna persona razonable bien informada dejará de reconocer que para superar la presente situación es necesaria una reducción drástica del gasto público y privado. Ninguna persona razonable pensará que un gobernante, salvo que sea un loco al que hay que deponer inmediatamente, se propone actuar precisamente para hacer daño a los ciudadanos, atraer sobre sí el odio de éstos, labrarse su propia ruina y perder el poder. Por eso cabe pensar que cualquier persona razonable da por supuestas las buenas intenciones de los gobernantes. Y atribuirá en último término a la incompetencia de éstos su ineficacia frente a los problemas que deben afrontar. A la incompetencia y / o… a la corrupción que los ciega y les lleva a anteponer al bien común sus contrarios particulares intereses, personales o de partido. Esto explicaría la resistencia de los que en general llamamos “los políticos” a sacrificar su situación y aun su condición de tales para hacer posible y facilitar la profunda reforma institucional constitucional (ante todo, un Estado… sólido y una Justicia independiente…) sin la cual no podrá superarse de modo medianamente estable la presente situación.
Cabe pensar que el error de los actuales gobernantes está en considerar posible una mera economía. No es posible medida económica alguna que sea simple, “puramente”, económica. Sólo economía, ninguna economía. Toda medida económica responde, quiérase o no, objetivamente a una determinada opción política e inevitablemente, a la vez, a una opción moral: por la justicia o por la injusticia, por el bien común antes que por el particular incompatible con aquél o por este bien particular que impide el logro debido del bien común. A la hora de determinar qué partidas de los Presupuestos Generales del Estado se recortan o suprimen no es moralmente indiferente el orden en el que van a ser sacrificadas unas u otras. Por lo demás, si bien reconocemos que hay que hacer graves recortes, todos tendemos a pensar que hay que empezar por “otros”, no por los que nos afectan a nosotros.
En todo caso, en esto será más fácil un amplio acuerdo, no se pueden considerar intangibles las gabelas de los poderosos, los propios gobernantes y otros, con el argumento de que no se resuelve nada con suprimir el chocolate del loro. Torpes. Nada irrita más a quien pasa hambre que ver al loro consumir el postre magnífico de su chocolatito. Torpes. No calibran la fuerza política inconmensurable de la ejemplaridad. Una crisis, aun de vida o muerte, no tiene por qué generar el rechazo de los jefes, sino que, por el contrario, como muestra la experiencia histórica, puede llevar a formar una piña con ellos para hacer frente al peligro ¿Qué pasa aquí que en tan grave situación como la presente antepongo torpemente los intereses cortoplacistas de “mi autonomía” a los generales de España sin salvar los cuales caeré en la rescatadora heteronomía europea? ¿Qué pasa aquí que, por salvar lo suyo, cada “colectivo” preparado para ello empieza por echarse a la calle cuando tal vez “lo suyo” sólo pueda salvarse a costa de conciliarlo con “lo tuyo”, lo de otros y, en último término, solidariamente, con “lo nuestro”, lo de todos…?
Tal vez tenga no poco que ver con este enrarecido, caldeado, explosivo ambiente no ya la tan manida, aunque real, falta de comunicación del gobierno, cuanto la falta real de efectivos, visibles, ejemplares, auto-recortes de los que mandan, en todos los niveles y oscuros vericuetos, de las mastodónticas, frondosas, carnívoras (“civívoras”) administraciones públicas… ¡Justicia y… ejemplaridad, señoras y señores gobernantes! ¿O lo dejaréis hasta que llegue el fuego purificador de los desmedidos justicieros?

















