Cuando las tinieblas oscurecen el camino y la carga del viento infunde recelos al caminante experimentado, éste comprende que es el tiempo de mantenerse en la ruta recorrida y no aventurarse por caminos desconocidos.
Es lo que han hecho, con mucha sabiduría y como un inconmensurable servicio a sus respectivos países, las organizaciones de niños Scouts (Niños Exploradores) de los Estados Unidos y de Panamá al declarar, con toda claridad y firmeza y con pocos días de diferencia entre ellas, que las beneméritas organizaciones no aceptarán, como hasta ahora no lo han hecho, homosexuales adultos en su seno. La organización norteamericana analizó el tema durante muchos meses y reafirmó su posición inicial de rechazo al homosexulismo.
En la misma semana, recién pasada, la organización panameña anunció la decisión tomada, única en América Central. El Director Ejecutivo, Víctor Winter, explicó, en conferencia de prensa, que la medida se tomó para proteger as los niños y jóvenes menores de edad, del homosexualismo político.
Winter no se anduvo por las márgenes al anunciar la importante medida. Señaló que la principal razón para tomar esa decisión es “porque ningún padre de familia va a inscribir a sus hijos en un grupo Scout cuando abiertamente se sabe hay algún homosexual”.
La acción tomada por ambas organizaciones – así como las de cualesquiera otras en el mundo que la hubieran tomado- descansa sobre un principio fundamental para el bien común de la sociedad: el respeto a la familia y al derecho de los padres sobre sus hijos. Los Scouts han dado un ejemplo, no solamente a las organizaciones no gubernamentales de sus respectivos países, sino al mundo entero; a un mundo cubierto por las tinieblas del llamado progresismo laicista que obnubila la comprobada corta inteligencia de muchos políticos y de no pocos gobernantes de nuestros días.
Es conocido universalmente que los Scouts son una respetable organización internacional privada, comprometida por sus estatutos a colaborar con los padres de familia en la formación de sus hijos menores, confiados a su cuidado y protección, en el cultivo de valores humanos tradicionales y el respeto a la naturaleza de la que forma parte: La ecología del hombre, de la que hablaría Benedicto 16 como un tema olvidado (Berlin, Bundestag, 22/07/11)
El punto que nos interesa, en particular, es el hecho conocido de que los homosexuales son percibidos generalmente como corruptores de menores. Esta generalización es injusta, en el sentido de que no se puede decir tal cosa de todos los homosexuales, ni que sea un mal exclusivo de ellos.
Sin embargo, el mismo movimiento homosexual internacional, en sus planteamientos ideológicos de género, se traiciona a sí mismo al exigir como derecho el “matrimonio” entre individuos del mismo sexo y el reconocimiento de su conducta sexual como normal y natural, cuando, en realidad, es un acto contra natura, un envilecimiento de la sexualidad humana y una afrenta a la bimilenaria moral cristiana.
Además, los homosexuales exigen que se les reconozca y se acepte su caprichosa interpretación de la “identidad de género”, que significa poder escoger, cada uno, o imponerle a los niños, una identidad sexual diferente a aquella con la cual se nace y que es definida como “género”, una supuesta construcción cultural, según la viciada ideología que los alienta. La tal “identidad de género” se complementa con la ”orientación sexual”, que, además de referirse al mencionado sexo entre iguales, incluye, por extensión, el sexo con niños, con adolescentes, con animales y el incesto, que son también orientaciones sexuales. ¿Cómo no rechazar tan tales aberraciones y a sus propulsores, los homosexuales?
No se trata, simplemente, de un tema de izquierdas o derechas, ni de progresistas o conservadores, como suelen presentarlo los medios de comunicación al servicio de la cultura de la muerte, encubridora del anti-familia movimiento homosexual. El bien y la verdad no tienen partido: están por encima de esas etiquetas.


















