C.G. Miguel Ángel nació en Madrid hace 38 años. Mañana, con el corazón cargado de deseos y con unas ganas indescriptibles de saciar su sed de Dios, se va de misión al Vicariato de Requena, Perú. Este profesor en los Salesianos de Fuenlabrada desarrolla a diario su profesión educadora con programas de cualificación profesional inicial y en aulas de compensatoria. Hoy, con una vida repleta de grandes inquietudes pastorales, ultima sus preparativos para realizar el sueño de su vida: irse de misiones.
P.- ¿Qué se le ha perdido a un profesor madrileño salesiano en Perú?
R.- Todavía no sé las razones exactas: siempre había tenido inquietud por ir a una misión. Llevo mucho años trabajando en la pastoral en diferentes actividades, peregrinaciones, pero cuando se hablaba de misión, me preguntaba si yo podría ir algún día. Después de la JMJ, este deseo o anhelo fue creciendo.
¿Con quién? En algunas ocasiones he colaborado con la Deleju en sus actividades (Sinodín, Encuentros Diocesanos, Peregrinación a Santiago, etc.) y un buen día me llegó la información de la misión; decía: ‘Un verano especial…muy misionero ‘. A partir de ahí comenzó la ilusión, pero también las dudas, las preguntas, las inseguridades, los miedos: ¿me había llamado el Señor o era yo que quería ir de misión?, ¿ me voy a gastar un dineral con la situación que hay actualmente en España? , ¿cómo será la gente, y si no nos adaptamos?, ¿cómo me voy a ir si mi padre está en tratamiento médico?, ¿y si me pasa algo o me pica algún bicho y, a la vuelta, no puedo trabajar y pierdo el trabajo?
Todas las dudas, gracias a Dios, se han ido disipando. Al conocer ya algunos de los detalles del proyecto me fui ilusionando: el responsable me comentó que sería “una misión” y que nos pondríamos a disposición del Obispo de allá, D, Juan Oliver, de Requena, Perú, en la selva amazónica, durante el mes de agosto. No sabía todos los detalles de lo que íbamos a hacer pero tenía claro que rezaríamos laudes y vísperas, que tendríamos Eucaristía diaria, que daríamos catequesis… Reconozco que, con esto, ya dije que sí en mi interior (aunque algunos amigos me dicen que para tener Eucaristía diaria no hace falta ir al Amazonas pero, para mí, era algo indispensable…). Se fue formando el grupo, tuvimos las primeras reuniones en enero y, desde la primera reunión hasta ahora, el grupo ha evolucionado mucho. Se ha dado importancia a la formación y a la oración y yo le pedía al Señor que, si era para bien, que se fuera solucionando todo o que yo dejara de “poner trabas”. Y así ha sido hasta el momento. Leímos y estudiamos la “Redemptoris Missio”. Fue crucial el hecho de asistir al retiro que se celebró en Madrid con jóvenes misioneros de toda España (OMP). Tuve la oportunidad de compartir con misioneros sus experiencias. Yo pensaba: “¡Qué grandes son!, ¡Yo quiero ser como ellos!, ¡Qué humildad, sencillez, amor por Dios! Pero… ¡si yo soy un desastre!”. Ahí entendí que, aun en tiempos de crisis, e incluso más en tiempos de crisis, es importante “el goteo misionero” en todo el mundo. Éramos unos 100 jóvenes en diferentes proyectos. Todos ilusionados. El mandato de Jesús se seguiría cumpliendo -“Id por todo el mundo y anunciad el evangelio”- y yo podía ser un pequeñísimo instrumento para ello. Decidí ahí comprometerme a ir a Perú.
P.- ¿Cuál es la finalidad de un viaje así?
R.- “¿Cuál es la finalidad?”, “¿para qué vas?”, me pregunta mi gente… “Estás tonto, vas a coger dengue, paludismo, malaria, te picará una serpiente”, me dicen… “¿Qué necesidad tienes?”. Yo hacía oídos sordos a estas palabras aunque reconozco que, al principio, tenía pánico (igual que todo el grupo); es decir, ansiedad ante las múltiples vacunas que había que ponerse, posibles enfermedades, etc. ¿Para qué voy? A veces me lo sigo preguntado, pero después de la convivencia que hemos tenido en julio todo el grupo en las clarisas de Ávila, tengo varias cosas claras, y eso me produce una gran paz y alegría y ganas de irme… ¡ya! Me explico: la misión no es para que los diferentes grupos que hemos hecho (sanidad, educación, catequesis) demos clase, en mi caso, o hagamos muchas cosas allí. De alguna manera ya lo veía, pero lo confirmé en las clarisas: el centro de la misión es JESÚS. La segunda cuestión es que vamos para vivir en FRATERNIDAD, para compartir, para rezar, para estar, para “sufrir”, para reír, para llorar… Si no vivimos con gran fraternidad en nuestro grupo, de nada servirá que seamos o no buenos profesores, catequistas o enfermeras.
La pregunta sería: ¿podremos ser signo de Esperanza? ¡Esperemos que sí!
P.- ¿Por qué es tan necesaria hoy en día la misión?
R.- Quizás yo no sea capaz de responder a esta pregunta. Sí que he escuchado a misioneros decir que es fundamental “seguir dando esperanza” a todas las gentes, seguir “viviendo con ellos”, seguir “compartiendo su pobreza” y, por supuesto, dar a conocer la Buena Noticia. Menuda responsabilidad: llevar el mensaje de Jesús. Desde nuestra conciencia occidental, lo queremos llevar todo controlado y nos creemos en ocasiones los mejores del mundo. Ojalá tenga oportunidad de hablar de Jesús en la misión pero, por el momento, tengo que dar gracias a la Deleju y a sus responsables por la formación que estoy recibiendo. He escuchado muchas veces que lo principal es la humildad -¡qué coincidencia!, es una de las virtudes es las que más fallo-, el silencio misionero -también hablo bastante-, el servicio a los demás -esto se me da bien, ¡menos mal!-. Lo que quiero decir sin ninguna vergüenza es que tengo sed de Dios, de ser más humilde, más humano, de compartir mi fe y de, si se da la oportunidad, transmitirla.
P.- ¿Dios sigue mostrándose en los más pobres y necesitados?, ¿cómo?
R.- Cuando alguien me preguntó qué pensaba encontrarme, pensé “voy a encontrarme con Dios”. Ojalá pueda fortalecer mi fe al lado de personas necesitadas (yo también soy necesitado, y en otros sentidos quizás más importantes que lo material).
Pobres y necesitados: aquí creo que he recibido otra lección. Durante la formación en estos meses hemos tenido la oportunidad de ver dos películas: “De Dioses y hombres” y “La Misión”. Ambas impactantes, aunque tengo que reconocer que no entiendo mucho de cine. Pero una de las cosas que he sacado en claro es que no pienso llevar muchas cosas para el viaje (a veces me río de la cantidad de cosas que había comprado, ropa, zapatillas, botas, toallas, camisetas…) Y me pregunto: ¿a dónde voy con mi mochila llena de cosas?, ¿cuándo entenderé lo de la pobreza, la sencillez, el vivir con lo justo? Pues parece que esta va a ser una buena ocasión. He dejado la mochila a la mitad y, encima de que me pesará menos, estoy feliz por ello.
P.- ¿Cuál es el papel de los misioneros?
R.- Anunciar el mensaje de Jesús a todos los pueblos y vivir coherentemente con ese mensaje allá donde el Espíritu les lleve. Mi papel, como ayudante de misionero, será ponerme al servicio de los misioneros en lo que necesiten… quitarles algo de trabajo. Espero que, con nuestra llegada, ellos puedan descansar un poco aunque, a veces, creo que les vamos a dar más trabajo… Ojalá yo pueda ser, como lo son los misioneros, instrumento de Dios para llevar el mensaje de salvación a todos.
P.- ¿Merece la pena todo el esfuerzo y la labor a realizar allí?
R.- ¡Por supuesto que merece la pena todo! Durante estos meses ha habido frases o momentos que me han impactado… En una Eucaristía con Mons. César Franco, todavía recuerdo la homilía que nos dedicó a los “enviados” como voluntarios a la misión, nos habló de humildad y confianza: humildad ante los hermanos y confianza en el Señor. ¿Se puede pedir algo más?
En estos momentos, y eso que no ha comenzado el proyecto “in situ”, quería dar gracias a Dios por haber tenido la oportunidad de conocer a tanta gente buena, que quiere ser santa y que están en misión. Claro que merece la pena. Espero, por otra parte, estar “a tope” en el Amazonas y servir la máximo posible al equipo, a la gente y al obispo. No me gustaría defraudar a todos los que me permitieron involucrarme en el proyecto.
P- ¿Cómo animarías a jóvenes que se están planteando su vocación o que tienen inquietud misionera?
R.- Algún día espero poder animarles con mi humilde ejemplo. Pero, en principio, les diría que es bueno que tengan dudas, miedos, incertidumbres y que, sobre todo, confíen en el Señor; que cada uno tiene su tiempo y lugar para la misión, que no se agobien si no les ha llegado todavía, pero que si sienten “la campanilla interior” pues: humildad y confianza, poniendo siempre a Jesús en el centro de sus vidas. ¡Ésa es la misión!

















