Por primera vez en siete meses, el PSOE ha reconocido que el Gobierno socialista dejó a España con serias dificultades económicas. ¿Un arrebato de sinceridad y contrición? ¿Un paso para ofrecer al Gobierno de Rajoy su ayuda para sosegar a la población y suscitar confianza en Europa? ¡Nada de eso, sino todo lo contrario! Al ver cómo van las cosas, el PSOE se ha envalentonado para lanzar a la sociedad sufriente el mensaje de que si ellos lo hicieron mal, Rajoy lo está haciendo peor, infinitamente peor… Objetivo: poner nervioso al Gobierno, azuzar más aún a los sindicatos en sus algaradas y provocar una situación límite muy parecida a la que sufrimos con los atentados del 11-M.
Quiero recordar a este propósito que, después de los atentados de Atocha, el PSOE supo movilizar a una buena parte de los españoles para que se manifestaran ¡contra la guerra de Irak!, acusando a José María Aznar de haber mentido sobre la autoría de la matanza que, a juicio de los socialistas y toda la izquierda, había sido consecuencia de haber llevado a España a esa indeseada guerra. Como gran especialista en la difusión de ideas engañosas, el PSOE pretende ahora culpar al Partido Popular de llevar a España a la desesperación con las reformas, ajustes y recortes adoptados en los siete meses que lleva en el Gobierno. Pero ni España fue a la guerra de Irak en 2003, aunque Aznar cometiera la torpeza de retratarse con Bush en las Azores, ni ahora Rajoy se ha dedicado a amargar a los españoles por un capricho de liberal-conservador, como pretende el argumentario que el PSOE ha distribuido a sus dirigentes para que lo repitan día y noche.
Si Aznar envió tropas a Irak fue, como otros muchos países, a requerimiento de las Naciones Unidas para ayudar a la reconstrucción del país y el mantenimiento del orden. Y si ahora Rajoy se dedica a cortar la sangría del gasto público es porque está obligado por Bruselas a mantener el compromiso firmado por Zapatero de reducir el déficit hasta un 3 por ciento del PIB cuando lo dejó en el 8,9. Y con todo cinismo, los dirigentes socialistas pretenden envolver su fracaso en el celofán de una verdad a medias: que si gastó lo que no tenía fue para mantener el Estado del Bienestar… que el PP se ha encargado de destruir.
Por supuesto, el PSOE no dice, porque no puede, qué hubiera hecho de haber ganado las elecciones el pasado 20-N. Pero me atrevería a revelarlo porque, en realidad, no tenía otro camino: haberse dejado intervenir por Bruselas, al igual que Grecia, Irlanda y Portugal, pero dejando bien claro el mensaje de que esa no era su voluntad. Y se hubiese lavado las manos: “Inocente soy de la sangre que provocará Europa en España”, diría con desparpajo un Rubalcaba aplaudido por los Mendes y Toxos que ahora declaran la guerra a Rajoy.
Lo que ocurre es que Mariano Rajoy, al que acusan su “leal” oposición socialista y los sindicatos de clase de haber incumplido su programa electoral –razón por la cual le piden ¡que convoque un referéndum!- ha tenido el valor decir la verdad desde primer momento y eso no se lo perdona el gran artífice de la mentira que es el señor Rubalcaba. No obstante, si es cierto que se aprende con los errores, don Mariano Rajoy debería dedicar estos días que le esperan de descanso canicular –es un decir- a estudiarse a fondo los argumentos que los socialistas van a desgranar a partir de hoy con el propósito de hundirlo.
Dicen los socialistas, inocentes ellos, que con Zapatero España era un país “serio, solvente y fiable”, con una prima de riesgo que apenas llegaba a los 350 puntos –hoy estamos en más de 600, ya se sabe- al tiempo que las propuestas que hacia el presidente eran muy tenidas en cuenta en Bruselas donde se le escuchaba con interés. ¡Habráse visto tamaña falacia! Eran los tiempos en que Zapatero negaba la crisis y afirmaba que el sistema financiero español era el más solvente del mundo… hasta que el propio Obama tuvo que intervenir personalmente para conminar al líder socialista a bajar los sueldos de los funcionarios y congelar las pensiones como primera medida de choque para detener el déficit.
Otro de los errores que Rubalcaba achaca ahora a Rajoy es la convicción que éste tenía de que la desconfianza de los mercados desaparecería apenas llegara a La Moncloa, cuando ha ocurrido lo contrario. También le acusa de haber contribuido a aumentar esa desconfianza por el hecho de afirmar que no hay dinero para nada, provocando así la subida de la prima de riesgo. Igualmente le acusa de la mala gestión de la crisis de Bankia, de haber aumentado el paro, de atacar las instituciones públicas –sanidad, educación…- y, sobre todo, de hacer lo contrario de lo que prometió durante la campaña electoral. O sea, el hundimiento.
Se supone que Rajoy, que no es ningún lince en materia de comunicación, reconozcámoslo, se encogerá de hombros como suele hacer cuando escucha a Rubalcaba en el Congreso como si admitiera que el jefe de la oposición se limita a cumplir su papel de crítico a sabiendas de que no hay alternativas reales a las medidas adoptadas por el Gobierno. Pero tal y como están las cosas, con el “otoño caliente” que preparan los sindicatos y los indignados bien movidos por la izquierda, Rajoy pudiera equivocarse con ejercer de gallego. Han pasado tan solo siete meses desde que tomó posesión, es verdad, pero han ocurrido tantas cosas como en los siete años de indigestión zapateril. Por ello, si las lentísimas decisiones que se adoptan en Bruselas no se aceleran y si el BCE no empieza ya a comprar deuda española y la prima de riesgo baja con la correspondiente subida de la bolsa, tal y como ha ocurrido estos últimos días con un solo movimiento verbal de Draghi; es decir, si la situación no cambia, el pulso que la izquierda ha decidido echar a Rajoy puede tener como resultado una brutal interrupción de la legislatura.
La hostilidad visceral de la izquierda, que desde los aciagos años treinta niega a la derecha legitimidad democrática para gobernar, está en pie de guerra como afirmaba con nostalgia y sin vergüenza alguna un dirigente sindical de cuyo nombre más vale olvidarse. Las consecuencias del 11-M estarían entonces a punto de repetirse. Pero eso en Bruselas no parece que tenga demasiada importancia… Ojalá me equivoque.

















