ser progresista es luchar por una legislación que prohíba el aborto. (Mons. Elías Yanes)

La soberanía fragmentada

Luis Ignacio Martínez Franco. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología.- Últimamente se viene hablando mucho de soberanía. La Constitución proclama, ya en su artículo 1, la «soberanía nacional», que residencia en el pueblo español. Veamos de qué se trata, cuál fue su origen histórico y cuál su realidad actual. Que en mi opinión es la de una constante erosión con riesgo de fragmentación irreversible, debido a los fuertes impactos a que está siendo sometida por parte de diversos actores políticos y económicos de procedencia diversa. 

 

Según la definición clásica de Jean Bodin (1576) soberanía es “el poder absoluto y perpetuo de una República”.  Y soberano es el sujeto que detenta ese poder, quien tiene la última palabra en las decisiones que afectan al Estado. Durante un largo período histórico se fue produciendo una creciente concentración de poder en manos de los reyes, lo que dio origen a las monarquías absolutas. Detentaban éstas un poder absoluto, sin más limitaciones que la ley divina o natural. Hay que afirmar, en honor a la verdad, que estas monarquías ejercieron un papel histórico necesario en el alumbramiento de las naciones.

 

Posteriormente, con el surgimiento de la doctrina liberal –con el inglés John Locke (s. XVII) y el francés Montesquieu (s. XVIII)- la titularidad de la soberanía se trasladó (doctrinalmente) del monarca a un ente abstracto: la nación. Lo que durante dos siglos no fue más que doctrina, terminó cuajando en la realidad con una revolución: la Francesa de 1789. A partir de entonces fue la nación la titular de la soberanía, situándose el centro de gravedad del sistema político en el parlamento. En los países donde sobrevivió la monarquía, ésta dejó de ser soberana para adaptarse a los  nuevos tiempos de la historia hasta convertirse en parlamentaria, con un poder ya residual, casi simbólico.

 

Sin embargo, este paradigma de la doctrina política, la soberanía nacional –aún vigente-, está experimentando hoy -como antes afirmaba- un proceso de continua erosión y fragmentación sin que podamos predecir adónde nos llevará. De un lado, con la pertenencia a la Unión Europea, muchas de las decisiones políticas y económicas de gran calado han “saltado” ya al ámbito de decisión europeo. Por otro lado, no cabe duda de que los nacionalismos periféricos se “alimentan” de una continua disputa de soberanía a un Estado central cada vez más claudicante. Por último, la creciente globalización de la economía ha generado nuevos y poderosos actores políticos y económicos  transnacionales, cuyas decisiones se imponen en cierta medida a los Estados soberanos.