La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Elena

Director: Andréi Zviáguintsev

Guion: Oleg Neguin.
Intérpretes: Andréi Smirnov, Nadezdha Markina, Elena Liadova, Alexéi Rozin.
109 min.
Jóvenes-Adultos.

Nacido en Novosibirsk (Rusia) en 1964, Andréi Zviáguintsev ganó con su primer largometraje, El regreso, el León de Oro en la Mostra de Venecia 2003. Cuatro años más tarde dirigió Izgnanie, inédita en España. Ahora confirma sus notables cualidades como cineasta en Elena, sólido thriller social con el que ha ganado el Premio Especial del Jurado de la sección “Una cierta mirada” del Festival de Cannes 2011, así como el Premio a la mejor interpretación femenina (Nadezdha Markina) en el Festival de Sevilla 2011.

La enfermera Elena (Nadezdha Markina) y el empresario Vladímir (Andréi Smirnov) viven juntos en Moscú desde hace pocos años. Él es rico, y ella, de origen humilde. Se conocieron siendo ya mayores, y cada uno tiene un hijo de un matrimonio previo. El perezoso y bebedor hijo de Elena, Serguéi (Alexéi Rozin), lleva tiempo en paro, y pide dinero a su madre para mantener a su mujer Tatiana (Evguenia Konushkina), a su hijo adolescente Sasha (Ígor Ogurtsov) –tan dejado como su progenitor– y a otro hijo de pocos meses. La rebelde hija veinteañera de Vladímir, Katerina (Elena Liadova), se distanció hace tiempo de su adinerado y posesivo padre. Un día, Vladímir sufre un grave infarto, y decide cambiar su testamento.

Elena –ha señalado Zviáguintsev– me ha permitido explorar una idea que ocupa un lugar importante en la época actual: la supervivencia y la búsqueda de la salvación sin que importe el precio. (…) En lo más profundo de su ser, cada individuo se encuentra totalmente solo. Dicha soledad es el principio, el fin y el hilo conductor de toda vida humana. En el mundo actual, las ideas humanistas pierden valor con cada momento que pasa, obligando a las personas a replegarse sobre sí mismas y a volverse hacia sus instintos más ancestrales”.

Desde esa lúcida y algo desencantada perspectiva, retrata Zviáguintsev las tensiones e hipocresías de la actual sociedad rusa, que –según él– ha perdido cualquier referencia moral sólida, hasta desvirtuar, incluso, la sincera piedad ortodoxa de tanta gente, como la propia Elena. Y más preocupante aún es su visión de las nuevas generaciones, dominadas por el egoísmo hedonista –como el que mueve a Katerina– o por una irritante desidia, como la que atenaza a Serguéi y a su hijo adolescente. Sólo encuentra esperanza Zviáguintsev en el inocente bebé con que finaliza la película.

El cineasta ruso traduce todo esto en imágenes a través de una densa puesta en escena, a ratos demasiado parsimoniosa, pero que refleja muy bien la opresiva atmósfera moral en que viven los personajes –subrayada por la gélida fotografía de Mijaíl Krichman–, al tiempo que da progresión a una inquietante intriga, reforzada por la banda sonora del francés Philip Glass. Esta sólida factura, unida a unas interpretaciones sensacionales, da como resultado un filme notable, que alcanza cotas de excelencia cuando el guión de Oleg Neguin oxigena momentáneamente su desolador pesimismo en la antológica conversación en el hospital entre Vladímir y su hija Katerina.