El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir (A. Einstein)

El modelo socialdemócrata o la estatua de Nabucodonosor

Entre otras muchas cosas, la crisis económica nos está enseñando una capital, y nunca mejor empleada la palabra: que no valen las ideologías tradicionales –izquierda, derecha…-  para afrontarla. Y por muchos cursos de verano que organice el Partido Socialista Obrero Español y por mucho pecho que saque el señor Rubalcaba para defender “sus principios”, el modelo socialdemócrata que defiende ha fracasado estrepitosamente, al menos tal y como lo han gestionado los gobernantes socialistas.

¿En qué ha consistido ese aureolado modelo, que antaño abanderó la casi mítica Suecia? Sustancialmente, en un reparto más equitativo de la riqueza y en un marco de libertades que siempre se queda pequeño a medida que se confunden con la satisfacción de los instintos más bajos del ser humano. Estas dos patas exigen, a su vez, dos elementos cardinales: la existencia de riqueza para poder repartirla –cosa que solo se hace desde la derecha, qué ironía…- , y la desaparición de la escena pública de toda voz crítica que recuerde la realidad de la condición humana como criatura. En este caso, la Iglesia porque a la derecha política, digámoslo sin rodeos, casi le da igual.

La España que encontró Zapatero después de las dos legislaturas de Aznar, en las que se operó el llamado “milagro económico” español, reunía todas las condiciones para mejorar el Estado del Bienestar y, al mismo tiempo, dar un fuerte impulso a los nuevos “derechos” de los ciudadanos. Desde la política de “papeles para todos”, con sanidad y educación gratuitas para los inmigrantes llegados de todo el mundo, hasta la aplicación práctica del feminismo radical como nueva bandera de libertades, Zapatero se dedicó a construir una nueva sociedad… mientras lo sostuvo el colchón del superávit y el casi pleno empleo que le legó el Partido Popular.

Fue la época dorada en la que se impuso como doctrina oficial aquél inefable hallazgo socialdemócrata de que el dinero público no era de nadie y, por lo tanto, podía gastarse a manos llenas en cualquier ocurrencia “social”: cheques-bebé, creación de empresas públicas ruinosas a millares con el objetivo de dar empleo a los amigos, inventarse regulaciones de empleo para subvencionar de por vida a sus fieles “emprendedores”; líneas de AVE y aeropuertos sin servicio y un largo etcétera que parece ya olvidado. Así,  cuando estalló la crisis en 2008 y Zapatero se dedicó a guardar en al cajón las facturas de los acreedores al tiempo que engañaba a los españoles con el aumento paulatino de la deuda pública, el “modelo” socialdemócrata empezó a desmoronarse como el gigante de pies de barro que sobresaltó en sueños a Nabucodonosor en pleno esplendor de su reino. Bastó, pues, la pedrada de Lehman Brothers para que la magnífica estatua de cabeza de oro que se había construido Zapatero, cayera estrepitosamente, aunque a diferencia del rey de Babilonia, el pobre presidente socialista ni siquiera tuvo el arrojo de inclinarse ante el Daniel de turno que le reveló el significado de su sueño, en este caso los propios españoles engañados. Y, por supuesto, ante la Iglesia a la que había tratado de minar su autoridad moral convirtiendo las leyes del divorcio express, del aborto, del “matrimonio” homosexual y, en suma, toda la ideología de género que aspira a destruir desde los cimientos la cultura cristiana, en la única vara de medir la moral pública.

Este es el modelo socialdemócrata: un colosal ídolo de oro, plata, bronce y hierro, que se desmorona cuando, al llegar a los pies, solo queda dinero para fabricarlos de barro. Es evidente que las otras piezas del  coloso soñado por Zapatero –con la ayuda inestimable de quien hoy habla con toda desfachatez de las excelencias de su modelo- siguen ahí, desparramadas, en espera de que otro soñador sin modelo, Mariano Rajoy, las recoja y las funda de nuevo con la ayuda de su mayoría absoluta. Mucho está tardando ya, por cierto, porque lo que más le preocupa es reconstruir los pies de esa economía en ruinas que ha recibido como legado. Y para eso no necesita ideología alguna. Si la socialdemocracia se ha convertido en el símbolo de la ineficacia, precisamente por dejarse llevar de una ideología trasnochada, al neoliberalismo conservador que tenía Rajoy en su programa electoral tampoco le sirve de mucho.

Aquí hay una dura realidad que ni siquiera tiene pies de barro: no hay dinero para nada y hay que sacarlo de algún sitio. Quienes nos prestan dinero tampoco saben de otra ideología que no sea recuperarlo con intereses. Y para ello, el Estado tiene que restringir gastos y aumentar los ingresos, la pescadilla que se muerde la cola, la cuadratura del círculo, el infierno de los economistas…

Sonroja escuchar a Rubalcaba que Rajoy debe emplearse en incentivar el crecimiento y el empleo. ¿Tiene acaso escondida Rubalcaba una varita mágica para hacer desaparecer el déficit y todas las deudas contraídas durante su mandato? El tiempo del engaño se ha acabado, lo mismo que la ideología socialdemócrata: la única varita mágica no está en Ferraz sino en Bruselas, en los mercados que se mueven según la confianza que les inspira una situación determinada para invertir y, en definitiva, en la creatividad y en el trabajo de los españoles. Para eso sobran las ideologías y, de momento, los sindicatos, las algaradas, las huelgas, las manifestaciones. ¿No ha quedado bien claro que no hay dinero para casi nada o es que creen los sindicatos que paseando banderas republicanas e incendiando las calles pueden sacar petróleo del páramo socialdemócrata?