Como ya se esperaba, el Gobierno se ha visto solo en el Parlamento para aprobar las duras medidas que se ha visto obligado a adoptar para afrontar la crítica situación económica en que nos encontramos. La primera lectura de esta soledad es que Rajoy ha descubierto la crudeza de su propia realidad, es decir, que en adelante solo podrá contar con su mayoría absoluta para cualquier medida que emprenda, frente a una oposición que, a su vez, no solo cierra los ojos ante la gravedad de la crisis sino que ha volcado toda la carga de su demagogia en capitalizar el descontento de los afectados por los recortes. Cabe preguntarse si la consecuencia inmediata será la ruptura de toda posibilidad de diálogo para consensuar las muchas reformas que quedan por hacer.
El problema de fondo es que todo el mundo es consciente de que, dada la magnitud de las deudas contraídas en los últimos años, no existen alternativas reales a la reducción del gasto y el aumento de los impuestos para afrontar el déficit y cumplir con el pacto social europeo. Y no solo eso: si existe un consenso entre todas las fuerzas políticas es sobre la necesidad de generar confianza ante unos mercados que están haciendo su agosto con los intereses que imponen a sus préstamos para que funcione el Estado. Pero ocurre que esta oposición, que cuando estaba en el poder no dudó en llamar antipatriotas a quienes advertían de la crisis que se avecinaba, está haciendo todo lo posible para generar desconfianza y ofrecer a los mercados más pretextos para aumentar su presión sobre España. Bien está la crítica al Gobierno, aunque carezca de credibilidad, pero ya es hora de que el partido socialista en particular, haga honor a su compromiso de ejercer una oposición responsable, al menos mientras no se vean los efectos reales de la acción del Gobierno.

















