La fiesta popular también puede ser ocasión para dar testimonio de nuestra fe en medio de contextos menos habituales y de llegar con ese testimonio a personas distintas a las que conviven con nosotros a diario. También el tiempo de descanso es propicio para estar atentos a todos aquellos que sufren y para que, tomando el ejemplo de María, seamos portadores de la Buena Noticia. Tenemos que caer en la cuenta de que somos llamados a una misma misión y a diferentes tareas dentro de la Iglesia, desde los diversos dones de cada uno. Somos llamados a ser apóstoles para la nueva evangelización.
Como ha recordado Benedicto XVI durante su visita pastoral a la ciudad italiana de Frascati, el Señor nos llama a todos a seguirlo y a prolongar su misión aquí y ahora, en este momento histórico concreto. Para ello, el Papa nos hace una propuesta directa: prepararnos para vivir intensamente el Año de la Fe, que se iniciará en octubre, coincidiendo con el 50º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II. Ahí, en las enseñanzas del Concilio, y en fecunda continuidad con la tradición de la Iglesia, podemos encontrar una enorme riqueza para la formación de las nuevas generaciones cristianas y un faro luminoso para seguir adelante, navegando en medio del temporal con valentía y coraje.

















