¿Han observado las fotografías de los ministros que nos han ofrecido algunos medios de comunicación, captadas mientras Mariano Rajoy desgranaba en el Congreso los nuevos ajustes destinados a evitar el naufragio de España? Mírenlas de nuevo y convendrán conmigo en que esos rostros doloridos nos recuerdan el espanto que hizo gritar a García Lorca “¡que no quiero verla!” cuando vio manar la sangre de Ignacio Sánchez Mejías, cogido de muerte por un toro llamado “Granadino” en la plaza de Manzanares.
No eran las cinco en punto de la tarde; hubiera sido excesiva la coincidencia, pero el hemiciclo era como una réplica inacabada de aquel ruedo ibérico donde el gran torero y escritor derramó su sangre ante el estupor de su amigo el poeta, qué casualidad, también granadino. Eran escasamente las once de la mañana y el torero que se exponía ante el morlaco de la crisis, con el capote de su programa electoral hecho jirones, era su jefe de filas, Mariano Rajoy, que apenas recordaba al gran parlamentario de su época como jefe de la oposición.
Pero ¿qué esperaban esos ministros que se mordían las uñas y los labios ante el toro de la intervención europea, alimentado en la dehesa del despilfarro socialista? Por supuesto que todos estaban en el secreto a voces de lo que se avecinaba, porque ellos mismos habían elaborado el programa de recortes que nos ponía ante la triste realidad. Pero acaso su pasmo no se debía tanto a lo que el lidiador exponía, casi entrecortadamente, sino a que en las bancadas de la oposición y acaso entre la propia, confundieran ese toro de la crisis con otro que, por su casta y trapío, merecía ser indultado: el hermoso y casi mítico toro del Estado del Bienestar. Por ello, algunos diputados, como el inefable Llamazares, gran conocedor de los derechos humanos tan enaltecidos en su amada Cuba, se tapaba incluso los ojos cuando el torero -¡ay!- entraba a matar con el estoque del IVA…
Eran, si, poco menos de las once de la mañana, pero allí, en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo, el político que ha conocido todos los toros de todas las ganaderías del poder y de la oposición, comparecía ante unas señorías que todavía pensaban que no se atrevería a tanto…Necesitó, por seguir con el símil taurino, treinta y dos descabellos, treinta y dos recortes de escalofrío, para culminar su faena.. Y aun con todo el espanto desparramado por los escaños, cada cual con su toro, si para unos está muerto para otros sigue vivo. Ahí están los sindicatos dispuestos a levantarlo con su escalada de movilizaciones callejeras que ya empezaron los enfurecidos funcionarios, los monosabios de siempre.
En realidad, bien puede decirse que Rajoy se enfrentaba con dos toros a la vez: el de la crisis y el de los derechos sociales adquiridos en la época del bienestar. Matar a uno significaba también matar al otro. Por ello, esa fúnebre mañana del miércoles, como aquel reloj parado a las cinco en punto de la tarde en el ruedo de Manzanares, se vio de una vez el verdadero rostro de una situación que se había tratado de ocultar durante largo tiempo y que el Gobierno del Partido Popular ha desvelado después de seis meses de tanteos y advertencias llegadas de Bruselas.
Sin duda hubiera sido menos traumático si el anterior Gobierno socialista hubiese reconocido la profundidad del agujero que dejaba en las cuentas públicas y que Rubalcaba, como heredero político y responsable de los desaguisados cometidos, se hubiese ofrecido, desde el primer momento –hace seis meses…-, a colaborar con Mariano Rajoy para afrontar las consecuencias de su desastrosa gestión. Ya lo sabemos: la oposición se ha dedicado a quitar importancia a sus errores, al tiempo que ha recurrido a la demagogia para estimular, desde la huelga general inmediatamente decretada por los sindicatos de la izquierda, hasta las protestas de los mineros que no dudaron en provocar una batalla campal en el centro de Madrid.
En este contexto, la oferta de un pacto social que el líder socialista hizo al Gobierno, después de rechazar de plano todas y cada una de las medidas anunciadas por Rajoy, puede que llegue desprovista de toda credibilidad, pero puede también que nos equivoquemos, si hemos de creer en el malestar que esa oferta ha causado en el seno del propio PSOE. ¿Es cierto que la señora Chacón de Rasputín-Barroso, con el respaldo de un trasnochado Tomás Gómez, considera que Rubalcaba ha sido demasiado complaciente con Rajoy y que se opone, por tanto a cualquier colaboración con el Gobierno? Siempre han convivido en el seno del PSOE la tendencia de la moderación y el sentido del Estado con la demoledora inclinación a entenderse con lo más rancio del marxismo. Ahí tenemos el ejemplo de Andalucía, por no recordar tiempos pasados de amarga memoria. Pero es necesario afirmar a estas alturas de la lidia de la crisis, que un acuerdo general entre el Gobierno y la oposición se ha hecho necesario para generar confianza, esa palabra tan de moda como el bosón de Higgs.
¿Recuerdan el final de la elegía de García Lorca? :Las heridas quemaban como soles/ a las cinco de la tarde,/y el gentío rompía las ventanas/ a las cinco de la tarde./¡Ay qué terribles cinco de la tarde!/¡Eran las cinco en todos los relojes!/ ¡Eran las cinco en sombra de la tarde!”
Pero olvidemos de una vez llantos y quebrantos. Aquí, hoy, ni son las cinco en sombra de la tarde, ni valen las metáforas de toros y toreros. Ha llegado el momento de hablar de hombres de Estado y del sentido común. Para eso, para que la dicha llegue, nunca es tarde. A fin de cuentas, el duelo Rubalcaba-Chacón se habrá acabado cuando España levante la cabeza y el socialismo pueda quitarse de encima la pesada carga de hipocresía e irresponsabilidad que le ha dejado Zapatero. ¿Podrá Rubalcaba? La respuesta no tardará en llegar.















