En un pequeño pueblo, solitario y longevo, perdido entre pinares, situado muy cerca de donde me encuentro, se celebraba el día 14 de este mes El Cristo del Amparo y vaya si lo amparó cuando hace unos años las llamas fueron capaces de llegar hasta los jardines de los últimos chalés. Por eso no podrá faltar nadie a darle gracias; el tiempo siempre es capaz de apaciguar los infortunios.
Por mucho que nos empeñemos en huir, al final siempre aparece la cruz. ¿Acaso podemos hallar alguna persona que no haya pasado por la cruz? Hemos oído reiteradas veces que todos llevamos alguna astilla de la cruz de Cristo: unos más grande, otros más pequeña, algunos la van arrastrando, otros están angustiados porque no se atreven a exhibirla, los hay que la llevan sin quejarse, también hay otros a los que les ha hecho sumirse en la amargura… y hay algunos, quizá los menos, que la ofrecen al Señor llenos de aceptación y calma.
Pero hoy no quiero hablaros de estas cruces. Quiero hablaros de otra cruz que pasamos por alto, que no queremos ver, que tratamos de quitárnosla de encima sin piedad; es la Cruz Comunitaria, esa en la que todos participamos, pero de la que no nos queremos responsabilizar.
Oímos decir con frecuencia: ¿Acaso tengo que ocuparme, también, de las cruces de los demás? ¡Lo qué me faltaba! ¡Cómo si no tuviera bastante con la mía! Y nos quedamos tan tranquilos. Es impresionante observar los sinsentidos de nuestra vida. Aquí estamos ante Cristo, pero que no nos hablen de vivir como cristianos.
Alardeamos de estar bautizados (aunque, tristemente, cada vez menos) pero no queremos saber a qué nos compromete. Nos hemos acercado a la Eucaristía, pero una cosa es celebrar a Cristo en la Iglesia y otra muy distinta es honrarlo al salir de ella.
Y, todavía más curioso, la gente dice que no va a misa porque “no le dice nada” pero repiten que la fiesta sin misa carece de sentido. Y en este amasijo de ideas, Cristo nos mira desde la Cruz para decirnos lo que no nos gustaría escuchar: Que Él siendo Dios se rebajó hasta tomar la condición de esclavo. Duras palabras para la Eucaristía, del día de la fiesta, en la que uno, como se suele decir, “tira la casa por la ventana”
Casi lo mismo que nosotros, a los que nos gusta alardear mucho más de la cuenta. ¡Si supiera con quién está habando! -nos decimos-, ese que es un “don nadie” y ya ves que aires lleva de poderoso ¿Qué se habrá creído? Y aquel otro, fíjate con que coche ha llegado ¡a saber de dónde lo habrá sacado! Así van desfilando las críticas de todos esos que dicen quererse y ansían volver al pueblo para verse; pero ya se sabe, en el pueblo nos conocemos todos y estas cosas pasan.
Lo que ya no puedo plasmar es lo que cada corazón sentirá al escuchar en la Eucaristía que desde el ambón alguien lee con fuerza: “Cristo, a pesar de su condición divina ni hizo alarde de su categoría de Dios y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos…”
Palabras sorprendentes y cuestionadoras. ¿Creéis que habrá mucha gente dispuesta a unirse a Cristo para pasar por uno de tantos? Pasar por uno de tantos cuesta, es duro… Por eso, si quieres pasar por uno de tantos, prepárate para circular por todos los “corrillos del pueblo”, prepárate para ir de boca en boca… pero no te sorprenda, piensa que antes que nosotros pasó por ello Jesús y su Madre y tantos y tantos como decidieron seguirle.
Pero no importa nosotros hemos encontrado el amparo de Cristo; El Cristo del Amparo y eso es lo más grande que nos ha podido suceder. Sólo nos queda quedarnos en silencio para saborearlo.
Paladeemos este silencio, vayamos notando su profundidad… porque este es el momento de la fe, de la esperanza… es el momento del amor fiel surgido de los brazos abiertos de Cristo para acoger a cada uno de sus hijos.
Lo queramos o no todo esto encierra las directrices del evangelio de Jesús:
- Los últimos serán los primeros.
- A los hambrientos colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
- Hizo avanzar a los que estaban en los últimos puestos del Banquete.
- Salió a los caminos a buscar a los desfavorecidos de la tierra para hacerlos sentar a la Mesa.
En esto radica la grandeza de Jesús, en que Él no enseña, solamente, con palabras sino con hechos. Él sigue y cumple lo que dice por eso es creíble. De ahí las palabras sorprendentes sacadas de la carta de S. Pablo a los de Éfeso:
“Por eso, Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el nombre sobre-todo-Nombre…”
¡Cómo nos cuesta encajar esto a las personas de nuestro tiempo tan acostumbradas a desear los primeros puesto s!Por eso es necesario que la Iglesia del siglo XXI cuente con personas sencillas, serviciales y coherentes. Y que todos nos demos cuenta de que el presuntuoso y el jactancioso no tienen sitio en la comunidad.
Porque para vivir nuestra realidad junto a Jesús necesitamos ser auténticos, aceptarnos como somos y vivir en la verdad, demostrando con la vida que “La verdad nos hará libres” como decía el Papa Juan Pablo II. Porque el que vive desde la verdad y no tiene miedo a aceptarla crecerá como persona y como cristiano.
Y, sobre todo, como dice el evangelio, no pongamos los ojos en nada ni nadie de la tierra pues, todo pronto o tarde acabará. Pongamos los ojos en el único en el Señor: Cristo, ante el que, solamente se puede doblar toda rodilla y se inclina la cabeza.


















