Todo parece indicar que el obispo auxiliar de Shangai, Taddheus Ma Daqin, consagrado el pasado sábado con la aprobación de la Santa Sede, ha desparecido de la vida pública. Conociendo los antecedentes de cómo se las gasta el régimen chino, la noticia es preocupante. Las autoridades chinas le habrían impedido ejercer su ministerio, ya que este domingo no pudo siquiera celebrar su primera misa como obispo en la Catedral de San Ignacio de Shangai. Podría haber sido secuestrado porque sus palabras de fidelidad al Papa pronunciadas durante su ordenación no gustaron a los dirigentes del régimen.
La Iglesia acompaña con la oración el sufrimiento de este obispo. Así lo están haciendo muchos fieles católicos que a menudo nos dejan perplejos con su testimonio de fe, a sabiendas de que su osadía les puede llevar a perder el trabajo e incluso su libertad. Como recordaba Benedicto XVI en su Carta a los católicos de China, no puede buscarse la solución de los problemas a través de un conflicto permanente con las legítimas autoridades civiles, pero tampoco es aceptable una docilidad a esas autoridades cuando interfieran indebidamente en materias que conciernen a la fe y la disciplina de la Iglesia. China se nos vuelve a presentar como un gigante con los pies de barro. No parece mucho pedir que garantice a los ciudadanos católicos el pleno ejercicio de su fe, en el respeto de una auténtica libertad religiosa. Redundaría en la construcción del futuro mejor que tanto ansía y necesita el pueblo chino.

















