Para que el mal prolifere basta con que los buenos no hagan nada (Edmund Burke)

La auténtica partícula de Dios

Cuando ayer presentaba lo que sin duda es uno de los documentos de mayor calado elaborados por la Iglesia española, sobre la verdad del amor humano, monseñor Martínez Camino fue preguntado por el alcance teológico del descubrimiento de la llamada “partícula de Dios”. Con sentido del humor, el Secretario general de la Conferencia Episcopal dijo que llamaba la atención el hecho de que los físicos hablen ahora mucho de Dios aunque algunos dicen que en la ciencia no hay lugar para Dios. La cuestión estaba obligada ante la conmoción que ha producido en la comunidad científica y la curiosidad que ha suscitado en todo el mundo este hallazgo que explicaría la formación del Universo. En este sentido, el portavoz de la CEE, que hablaba del amor como origen de la sociedad humana, bien puede decirse que pocas veces se ha dado un nombre más acertado a una teoría científica como este de la “partícula de Dios” entendida como el instrumento divino, hasta ahora invisible, que sirvió para formar la materia que conocemos a partir del llamado “Big Bang”.

Puede que la ciencia haya dado un gran paso en su empeño por entender los misterios de la Naturaleza, pero todavía le resulta imposible saber qué ocurrió una billonésima de segundo antes de que se disparasen todas esas partículas de la gran explosión que, al atravesar el campo formado por las otras “partículas de Dios”, se formasen las galaxias en un marco infinito. A este respecto, monseñor Martínez Camino recordaba que la Física nunca podrá dar una respuesta concluyente a la pregunta de por qué existe algo en vez de nada y añadía que, en definitiva, si la ciencia trata de explicar cómo funcionan las cosas que se ven y se tocan, nada puede decir del amor, que es la razón de que exista algo. Obviamente ese Amor es Dios mismo, que es el mayor de los misterios y que solo puede verse con los ojos y el corazón de la fe, la auténtica “partícula de Dios”.