La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Estar con Dios y en el mundo

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho.- Los cristianos, aquí católicos, sabemos que no somos de este mundo. Pero también sabemos que vivimos en el mundo y que, por eso mismo, no podemos hacer como si, en realidad, aquí no estuviéramos para nada. Estamos y hay que demostrar que estamos. 

 

Estamos en el mundo porque Dios está en nosotros. Así se deduce de lo escrito por San Pablo en el capítulo 12 de su Segunda Epístola a los Corintios. Dice allí (8-10) que

 

“Por este motivo tres veces rogué al Señor que se alejase de mí. Pero él me dijo: ‘Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza’. Por tanto, con sumo gusto  seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte”.

 

Por lo tanto, al igual que le pasaba a San Pablo, nos basta la gracia de Dios y, con ella, caminamos por este mundo teniendo como destino la vida eterna y, así, somos hijos del Creador que se glorían de serlo. Y sabemos que lo somos.

 

A este respecto, en la Audiencia que el Santo Padre ha tenido el 13 de junio  del presente 2012 dijo algo que es importante y que nos debería ayudar a vivir en el mundo aún no siendo del mundo. Dijo, por ejemplo, que

 

“En un mundo donde hay el riesgo de confiar únicamente en la eficiencia y el poder de los medios humanos, en este mundo estamos llamados a redescubrir y dar testimonio del poder de Dios que se comunica en la oración, con la que crecemos cada día en configurar nuestra vida a la de Cristo, el cual –como él mismo dice-, ‘fue crucificado en razón de su flaqueza, pero está vivo por la fuerza de Dios. Así también nosotros: somos débiles en él, pero viviremos con él por la fuerza de Dios sobre ustedes’ (2 Cor. 13,4).”

 

Por lo tanto, estamos, además, en el mundo, para darnos cuenta de que, precisamente, Dios no puso en él. Tal forma de ver las cosas que nos pasan colaborarán, en efecto, en darnos cuenta de que las tribulaciones por las que pasemos o las asechanzas que el Maligno utilice contra nuestra fe y nuestra relación con Dios.

 

Pero es que, además,

 

“La mística no lo ha alejado de la realidad, por el contrario, le dio la fuerza para vivir cada día para Cristo y para construir la Iglesia hasta el fin del mundo en ese momento. La unión con Dios no aleja del mundo, sino que nos da la fuerza para permanecer de tal modo, que se pueda hacer lo que se debe hacer en el mundo. Incluso en nuestra vida de oración podemos, por lo tanto, tener momentos de especial intensidad, en los cuales quizás, sintamos más viva la presencia del Señor, pero es importante la constancia, la fidelidad en la relación con Dios, especialmente en las situaciones de aridez, de dificultad, de sufrimiento, de aparente ausencia de Dios. Sólo si estamos aferrados al amor de Cristo, estaremos en grado hacer frente a cualquier adversidad como Pablo, convencidos de que todo lo podemos en Aquel que nos fortalece (cf. Flp. 4,13). Así que, en la medida de que damos espacio a la oración, más veremos que nuestra vida cambiará y será animada por la fuerza concreta del amor de Dios.”

 

Esto que dice Benedicto XVI tiene relación más que directa con nuestra existencia como ciudadanos del mundo pero, también, como destinados especialmente a la vida eterna. Así, estar con Dios (la mística de la que habla el Santo Padre) no hizo que San Pablo se sintiese de tal forma urgido a abandonar este mundo que viviese como si no viviese en Él. Muy al contrario le sucedió porque le hizo sentirse con obligación exacta y muy personal de evangelizar y transmitir que, si bien, esta vida es importante es mejor la que tiene que venir tras dejar este valle de lágrimas.

 

En efecto, si todo lo hacemos teniendo en cuenta a Dios que, como dice la Epístola a los Filipenses (4, 13) nos conforta, lo más lógico es esperar de nosotros, los que nos consideramos hijos de Dios (¡y lo somos! como dice San Juan en 1 Jn 3, 1) que traslademos al mundo la necesidad de tener en cuenta nuestro ahora pero poniendo el corazón en nuestro mañana, postrimerías mediante.

 

Estamos, pues, aquí, para ser y, también para reconocer que nos importa este muy y todas las criaturas que en él puso Dios con su sabiduría y su misericordia. Pero también para dar a entender con aquello que hacemos o decimos, que Dios, nuestro Padre, Padre Nuestro, está por encima de todas las realidades mundanas que se nos puedan ofrecer para distraernos de nuestro propio destino al que, por cierto, estamos urgidos a mirar.

 

No somos, pues, de este mundo (porque Dios nos creó desde la eternidad y a ella estamos destinados) pero mientras en él estemos diremos con la fuerza necesaria como para que se nos pueda oír, que aquí estamos en espera de ser llamados a la Casa del Padre. Con eso nos basta y nos sobra y lo demás es, como diría Santa Teresa (en sus Moradas Primeras, capítulo primero, de “Las moradas del castillo interior”) aquello que “se nos va en la grosería del engaste u cerca de este castillo, que son estos cuerpos”.