El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir (A. Einstein)

De Munich a Ginebra pasando por ETA

 

 

El 29 de septiembre de 1938 se celebró en Munich la célebre conferencia que ha quedado para la historia como el símbolo de la inutilidad de ceder ante las exigencias de los dictadores. En aquellas fechas, Hitler clamaba por la anexión de buena parte de Checoslovaquia y para apaciguar a la fiera, acudieron a Munich los presidentes británico y francés, Chamberlain y Deladier, que, finalmente, capitularon ante el gran dictador. Fue entonces cuando el líder británico de la oposición conservadora, Winston Churchill, le espetó a un Chamberlain envuelto en la vanidad de haber evitado la guerra y que había sido recibido en loor de multitud: “Por evitar una guerra habéis perdido el honor; ahora tendréis la guerra y el deshonor”, como así fue.

Un año después, Hitler invadía Polonia y estallaba la II Guerra Mundial. Munich quedó en el recuerdo como signo de la debilidad de las democracias ante las amenazas de quien exhibe la fuerza como argumento. No parece, sin embargo, que todo el mundo haya aprendido la lección. El ejemplo reciente de un Zapatero inclinado ante las pistolas de ETA es, acaso, el más doloroso y paradigmático de que la historia se suele repetir para vergüenza de los pueblos. Ahora, con ocasión de la conferencia celebrada en Ginebra por el llamado “Grupo de Siria” pilotado curiosamente por uno de los avalistas de la capitulación ante ETA, el ex secretario general de la ONU, Kofi Annan, algunos observadores han advertido del riesgo de repetir la desvergüenza de Munich ante las exigencias del dictador sirio Bachar El Asad.

Desde hace más de un año, parte de la comunidad internacional –dicho de otra manera, las grandes democracias occidentales, en extraña alianza con los países islamistas- trata de provocar, sin resultado, la caída del régimen baasista de Siria que goza del respaldo de Rusia, China e Irán. Asad no pretende, como pretendía Hitler, ninguna anexión territorial. Sú única ambición es mantenerse en el poder, heredado de su padre, el sanguinario Hafez El Asad que, a su vez, fundó el régimen socialista del Baas, despúes de los múltiples golpes de Estado sucedidos desde la independencia, tal y como ocurría también en el Iraq que después gobernó Saddam Husein. Habría que recordar que estos dos sistemas hermanos, inspirados por un cristiano de pensamiento marxista –Michel Aflak, caído luego en desgracia-  se establecieron al socaire de la guerra fría, cuando parte de los países árabes disponía de la ayuda de la vieja URSS frente a los regímenes conservadores que habían buscado el apoyo de Estados Unidos y Europa occidental.

Aunque ha llovido mucho desde entonces y la oleada islamista ha arrasado los viejos ideales nacionalistas que encarnaron los “progresistas” Naser, Asad y Husein, lo cierto es que todavía queda como símbolo de la vieja época la dictadura siria, que ha decidido hacer frente –como lo hizo Argelia hace veinte años con notable éxito y gran derramamiento de sangre- a la emergencia del radicalismo islámico. Se da la paradoja de que Asad, además de la simpatía que le muestran Rusia y China, goza del respaldo político y económico de otra dictadura islámica, la de los ayatolás iraníes que profesan el “chiísmo”, la rama escindida del Islam en la época de las disputas sobre la sucesión de Mahoma. ¿Y eso, por qué? Porque el “baasismo” se apoya en la minoría alauí, una rama islámica contraria a la mayoría “sunnita”, odiada por los iraníes…

Es decir, que en buena medida,la Siria dictatorial de Asad se ha alzado como una muralla a la expansión del islamismo sunnita que se ha impuesto en casi todo el Norte de África… y que no ha dejado de hacer la guerra a la mayoría chiita surgida de las urnas en el nuevo Iraq. ¿Hablamos de una nueva guerra abierta de religión en el orbe islámico? No precisamente; habría que hablar más bien de una pugna de potencias emergentes que, a su vez, tienen la religión como palanca: el Irán que ha encontrado en el “maná” nuclear el instrumento para convertirse en una potencia regional frente a la inestable Pakistán y la caótica Afganistán dominadas por la “ortodoxia” sunnita, y la Arabia Saudita que ya dispone de su propio instrumento para equilibrar a los ayatolás iraníes: el petróleo y la doctrina “wahabita” que, en definitiva, es la misma que la practicada por Al Qaida, los Hermanos Musulmanes… y los asesinos nigerianos o somalíes de Boko Haram y Al Shabiha.

Lo cual nos lleva a cuestionarnos sobre la mano que ha mecido la cuna de la “primavera árabe”… respaldada sin reparo alguno por los Estados Unidos y Europa. Casi, casi, podría hablarse de una “refundación” de la guerra fría con dos bloques islámicos enfrentados entre sí –como antaño- con el respaldo de los bloques de siempre, el Este y el Oeste…En este contexto se inscribe la nueva “conferencia de la vergüenza” celebrada en Ginebra bajo los auspicios de Kofi Annan como portavoz de Estados Unido… y de la Liga Árabe, con el propósito de buscar una solución al conflicto sirio. Annan se ha inventado una nueva “hoja de ruta” que, en realidad, es una copia de la anterior que le llevó al fracaso: tratar de que en Siria se forme un gobierno de transición, formado por ministros de Asad y de la fragmentada oposición, con el encargo de redactar una nueva Constitución y convocar elecciones generales.

Pero aquí nos encontramos una vez más, con el enfrentamiento entre las democracias occidentales y Rusia junto a China e Irán. Para los primeros no habrá solución al conflicto si Asad no deja el poder; para los segundos no hay solución sin contar con la voluntad de Asad. Y como este no quiere ceder el poder ni dejar que el país sea también arrasado por la oleada islamista, no parece que de Ginebra vaya a salir otra cosa que la capitulación resignada de las potencias occidentales… hasta que sea un atentado el que ponga fin a la vida de Asad y de su familia. Otra cosa será lo que nos depare la caída de Siria en manos de los islamistas y la respuesta que daría un Irán cada día más irritado con las exigencias occidentales para que deje de enriquecer uranio. Todo ello sin contar con la creciente tensión en la frontera de Siria y Turquía, con el riesgo de que la OTAN tome cartas en el asunto como ocurrió en Libia… y con la impaciencia de un Israel que se siente amenazado de extinción por Irán. Las fronteras ideológicas, económicas y estratégicas de esta vasta región están demasiado entrelazadas para que la hipotética caída de Asad no resulte un regalo envenenado para la estabilidad internacional…