La Iglesia Católica celebra hoy la solemnidad de San Pedro y San Pablo. Ambos, como el Papa ha enseñado esta mañana, representan juntos todo el Evangelio de Cristo. Pedro y Pablo son el fiel reflejo de una amistad que, pese a la diversidad de experiencias y a las diferencias que en muchos casos marcaron su relación, se aquilata en el amor a Cristo. De hecho sólo la unidad que brota en torno a Cristo es la que puede provocar la necesaria comunión entre todos los cristianos.
Benedicto XVI ha dedicado a esto su Homilía de hoy para recordar, entre otras cosas, que la revelación del amor de Dios requiere de testigos capaces de visibilizar el fundamento último de la unidad eclesial. Pedro, el Papado, es ese signo visible, que sin embargo también experimenta y sufre la debilidad.
El mal, la debilidad, el pecado merman las capacidades humanas, pero nunca tienen la última palabra. La Iglesia no es una comunidad de ángeles, sino de hombres que no son perfectos y que necesitan del amor reparador de Dios. No se trata de una coartada, sino del reconocimiento de que la Iglesia y cada uno de sus miembros están necesitados del aliento, del perdón y de la acogida de Dios. Y Roma, la sede donde Pedro fue martirizado, tienen la misión histórica de hacer visible que el poder de Dios se manifiesta en la mayor prueba de amor jamás dada: la crucifixión de Cristo en el Calvario.















