Por Julia Merodio, escritora.- Nuestro calendario marca una fiesta de relevancia, no sólo para la Iglesia sino también para toda la sociedad: el día de San Pedro y San Pablo. Causa tristeza ver cómo van despareciendo de nuestra vida las raíces que nos fundamentaron como personas y como cristianos. Este año, sin ir más lejos, la fiesta de San Pedro y San Pablo, será un día laborable, por lo que pasará inadvertida para muchos; pero, aún para los que se den cuenta de ello, difícilmente dedicarán un tiempo a escuchar lo que les dice la figura de tan insignes personajes.
Por eso quisiera dar un toque de atención a tan singular memoria pues, ciertamente a S. Pedro y S. Pablo les debemos la grandeza de conocer y seguir a Jesús, con todo lo que conlleva de riesgo y entusiasmo.
SAN PEDRO.- El encuentro con Jesús siempre llega de forma sorprendente y el encuentro con Pedro no iba a ser menos. El tropiezo entre ambos se produce en el Jordán. Juan, que estaba bautizando, dice al ver pasar a Jesús: “He aquí el Cordero de Dios…” Y sin saber por qué, Pedro va tras Jesús. ¿Qué ha pasado en el corazón de Pedro? ¿Por qué sigue a alguien que ni siquiera sabe quien es? La acción no pasa inadvertida para Jesús que, volviéndose le dice: ¿Qué buscas? Causa asombro lo que cuenta el evangelista: Los que seguían a Jesús, entre ellos Pedro, sólo son capaces de decirle: “Maestro, ¿dónde vives? A lo que Jesús contesta ¡venid y veréis!” Allí no cabía la duda, Pedro fue con Jesús y se quedó con Él.
Algo grande había comenzado. Algo que nadie, ni siquiera el mismo Pedro podía intuir, y todavía absorto por lo inesperado del encuentro, con el corazón saltándole en el pecho, aún en las nubes y sin poder poner los pies en el suelo, comprueba que ya no puede separarse de aquel hombre. ¿Cómo iba a imaginar, Pedro, en ese momento, las sorprendentes palabras que Jesús le dedicaría más tarde?
Imposible dar crédito: «Yo te digo que tú eres Pedro, y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mateo 16, 13-18)
Jesús tiene clara la elección. Él no busca ciencia, ni don de gentes, ni personas de marketing; busca un corazón. Pero tampoco un corazón especial, Jesús busca un corazón humano, profundamente humano. Un corazón maleable, sincero, arrepentido entusiasta… un corazón, tan fuerte y generoso, que sepa amar hasta el final. Por eso elige a Pedro, porque aunque conoce como nadie, su fuerte personalidad y su manera de actuar irreflexiva, sabe que Pedro aprenderá a perseverar siendo capaz de conducir al grupo hasta que la Iglesia de Jesucristo quede asentada.
De ahí que ponga a Pedro en primera línea de trabajo, eligiéndolo siempre para lo importante de la misión. Pedro contempla los milagros de Jesús. Lo ve sanar a enfermos, multiplicar el pan, invalidar la higuera, hacer bajar a Zaqueo del sicómoro…
A Pedro lo llama para subir al Monte dela Transfiguración. Leanuncia su negación, le encomienda la tarea de fortalecer a sus hermanos, le pregunta si lo ama… Sin embargo, al contrario de lo que pueda parecernos, a Pedro no se le dan las cosas hechas, como cada uno de nosotros ha de hacer su proceso personal; eso sí, la mayor grandeza de la andadura de Pedro está, en que ese proceso personal lo va a realizar junto a Jesús y eso tiene su grandiosidad.
Pero el seguimiento de Jesús, nunca ha resultado fácil y las dificultades a la hora de formarla Iglesia, no se hacen esperar. Lo encontramos ya plasmado en los primeros tiempos del cristianismo.
Al desaparecer Jesús, San Pedro se convierte en el líder indiscutible de la pequeña comunidad de Palestina que había decidido seguirles. De Él se dice que, por espacio de quince años, dirigía las oraciones, respondía a las acusaciones de herejía lanzadas por los rabinos ortodoxos y admitía a los nuevos seguidores, incluidos los primeros no judíos. Pero como es de suponer, Pedro sería perseguido, sobre todo por las autoridades del momento. De ahí que, hacia el año 44 fuese encarcelado por orden del rey Herodes Agripa.
Mas Pedro, lejos de retirarse y hundirse, consigue escapar y abandona Jerusalén, dedicándose a propagar la nueva religión por Siria, Asia Menor y Grecia.
Parece que esto de perseguir la Iglesia no nos suena a nuevo. ¿Qué Pontífice se ha librado de perseguidores? Es verdad que en algunos tiempos la persecución ha sido más visible y cruenta que en otros, pero no por eso ha hecho menos daño.
Que a Pedro lo apresaran y más tarde lo mataran, es indiscutible; pero, lo que también es innegable es que el mensaje no pudo ser apresado y aquí está nuestra Iglesia dando fe de ello. Una Iglesia santa y pecadora a la vez; una Iglesia formada por personas humanas indigentes y limitadas como lo quiso Jesús… pero una Iglesia Madre que acoge a cuantos quieren llegar a ella.
¿Creían que apresando a Pedro terminaríala Iglesia? Pues aquí está el resultado.La Iglesiani ha terminado ni terminará nunca, porquela Iglesiacomo su fundador es eterna. ¿Qué habrá persecuciones? Por supuesto. Es evidente que las hay y las sigue habiendo.
No tenemos nada más que mirar de frente al Vaticano para comprobarlo. ¡Cómo hace sufrir todo esto al Santo Padre! Seguro que tanto como las circunstancias de la primera Iglesia le hicieron sufrir a Pedro.
Sin embargo, Pedro, lo mismo que nuestro Papa Benedicto XVI, lejos de arredrarse, supo entenderlo de tal manera, que lo deja plasmado con estas insignes palabras:
“Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe -de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego- llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo” (Pedro 1, 5)
Nada nuevo sobre la faz de la tierra. Lo mismo que entonces, también hoy tratan de desestabilizar la Iglesia eligiendo para ello la desunión entre sus dirigentes. No hay nada más fácil; en el momento en que reine la individualidad el trabajo se debilita y poco a poco se va rompiendo en trozos la institución. Para ello basta con inventar calumnias, cimentarlas sobre medias verdades y mezquinamente darles divulgación ¿puede haber algo más ruin?
Ahora como entonces, las personas se han olvidado de que la Iglesia es una roca resistente y sólida que, por más intentos que hagan para presentar de ella una imagen que no es cierta, la Iglesia no se derrumbará.
Les invito a que todo este deterioro, que quieren hacernos observar, lo pongamos en manos del Señor. Recemos por la Iglesia, recemos por el Papa. Pidamos a María la Madreque acompañe nuestra oración y no tengamos miedo, Dios siempre resplandece.
SAN PABLO.- El Señor no deja en ningún momento de salir al encuentro de sus hijos. Es algo que Pedro no podía suponer, ni por lo más remoto. Que Jesús le mandase a alguno más para ayudarle sería lo justo, pero que le mandase a un perseguidor, eso era realmente impensable.
Sin embargo, Pablo tenía muchas ganas de encontrarse con Pedro, tenía todas las credenciales necesarias para encadenarlo y subirlo a Jerusalén. Pedro había ido demasiado lejos, desde que, junto a Juan, curasen al hombre que pedía limosna en la puerta del templo la sentencia estaba echada y es aquí donde Pablo de Tarso –entonces Saulo- entra en juego como un activo perseguidor de las comunidades a las que Pedro servía.
Lo que Saulo jamás podía imaginar es que Jesús saliese a su encuentro lo mismo que lo hiciese, tiempo atrás, con Pedro. El libro de los Hechos nos lo muestra con estas palabras: “Estaba ya cerca de Damasco cuando lo envuelve un resplandor del cielo; cayó en tierra y oyó una voz que decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”
Si Pedro pregunta a Jesús dónde vive, Saulo le pregunta:
- ¿Quién eres Señor?
- La voz respondió: “Yo soy Jesús a quien tú persigues”
La llamada de Pablo, no fue un hecho aislado. Es lo cotidiano de la vida; Dios sale a nuestro encuentro, una y otra vez; lo que pasa es que a veces, lo hace de maneras desconcertantes, y pasan desapercibidas. Sin embargo, nuestra respuesta a la llamada, siempre encierra las mismas características.
- Primero.- La persona se ve desestabilizada y se cierra en sí misma; no ve salida; sin saber cómo, se va metiendo en la oscuridad más profunda. Lo mismo que Saulo, camina en tinieblas, en medio de su realidad.
- En segundo lugar.- De la manera más inesperada, aparece ante esa persona, una gran Luz. Así nos lo narran los Hechos de los Apóstoles, 9, 3 – 4: “Cuando estaba cerca de Damasco, de repente, lo envolvió un resplandor del cielo”
Aquí está la clave en ver la luz; en dejarnos envolver por su resplandor. También las personas de nuestro tiempo recibimosla Luz, pero nos negamos a recibirla; nos da miedo que, esa Luz potente, deje al descubierto nuestra realidad, nuestras miserias y, a veces, al contrario que el apóstol, preferimos no enfrentarnos a ella. Sin embargo, Saulo la recibe y ante tal resplandor, cae en tierra abrumado, sin entender nada; pero como las personas que tienen coraje, como lo hizo María en la anunciación, se atreve a preguntar algo que no tiene claro: ¿Quién eres Señor?
“Yo soy Jesús, al que tú persigues” Es una voz que, se repite reiteradamente, en este momento de la historia: Yo soy Jesús, al que vosotros queréis: asolar, anular, sacarlo fuera de vuestras vidas… Pero nosotros, personas súper ocupadas, no podemos estarnos a esas “tonterías” y preferimos ignorarlo, desoír esa voz que compromete demasiado. Y por supuesto no preguntar al Señor ¿quién es?
Las contestaciones de Dios, siempre suelen ser parcas en palabras: “Soy Jesús al que tú persigues”, “Levántate y se te dirá lo que has de hacer…”
Pablo se levanta y se da cuenta de que no ve nada. ¡Gran lección para los que vivimos en este tiempo tan moderno! A Pablo, como a nosotros, no se nos da todo hecho; Pablo, en primer lugar, necesita insertarse en la vida de Jesús de Nazaret; pero hay algo, mucho más arduo, necesita cambiar el corazón; precisa esa conversión interior, que lo transforme en Apóstol.
Esto no era nuevo, los mismos discípulos, necesitaron recibir el Espíritu Santo para convertirse en apóstoles. Porque no es lo mismo ser discípulo que apóstol. Discípulo y apóstol, no son dos palabras sinónimas:
- Discípulo es la persona que aprende de su maestro.
- Apóstol es la persona que propaga su doctrina. Algo que no se puede hacer, si antes no se ha recibido el Espíritu Santo.
En Damasco, un discípulo de Jesús bautizó a Pablo y, desde ese momento, dejó de ser fariseo para empezar a ser: apóstol, cristiano y seguidor de Cristo. Pero esas actitudes no le son impuestas repentinamente. Pablo, al encontrarse de frente con Jesús, entiende que no está preparado, que no sabe todo… y lo primero que hace es irse a Arabia y estar allí durante tres años meditando, orando e instruyéndose en la doctrina cristiana.
Creo que este modo de actuar de Pablo es un toque de atención muy importante para nosotros, personas del siglo XXI, insertadas en la productividad que queremos realizar y ensamblar todo a base de conferencias, reuniones, charlas, seminarios, comidas de empresa… de manera rápida y eficaz. Pablo capta con claridad que, la forma de actuar que tiene Jesús es distinta a la del mundo. Jesús antes de encomendar una misión, antes de realizar un envío manda a la persona sosegarse y esperar; esperar a que Él le mande el Espíritu que se lo enseñe todo, que lo acompañe en todo, que le dé luz para saber la manera de proceder y la fuerza para llevarlo a cabo.
Por eso, lo mismo que a Pablo, escuchemos hoy, esa voz interior que nos dice: Seguid creciendo en interioridad, resistid las ganas de hacer otra cosa, hasta que os hayáis librado de ese deseo compulsivo de actuar, de esa urgencia de comunicar a todos lo que, vosotros mismos, aún no habéis experimentado.
Porque los que de verdad deciden seguir a Jesús y vivir seriamente el evangelio lejos de estar llenando de ideas su cabeza… pondrán a funcionar su interioridad, para esperar en silencio la llegada del Espíritu de Dios, lo mismo que lo hicieron, estos dos grandes pilares del cristianismo que son: San Pedro y San Pablo.

















