Con palabras del salmo 46 les ha recordado que Dios es nuestro refugio y nuestra fortaleza. Eso es compatible con el temor humano y la fragilidad que se experimentan ante la catástrofe, porque la seguridad de la fe no tiene nada que ver con la de una especie de super-hombre. El Papa ha recordado que en la época de posguerra Italia aprendió bien esta lección, resurgiendo gracias ciertamente a las ayudas recibidas de mucha gente, pero sobre todo gracias a la fe de tantos animados por el espíritu de la verdadera solidaridad. Por eso Benedicto XVI ha pedido que las instituciones y cada ciudadano se conviertan en el buen samaritano del Evangelio, que no pasa indiferente delante del que tiene necesidad sino que le socorre con amor y permanece a su lado.

















