El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir (A. Einstein)

El más grande de los nacidos de mujer

Por Julia Merodio, escritora.- Hoy les quiero invitar a conmemorar el nacimiento de Juan el Bautista. No es habitual que se celebre a un santo en el día de su nacimiento; su recuerdo suele hacerse el día de la muerte, el dies natalis. Sin embargo, a diferencia del resto, la festividad de San Juan Bautista, se conmemora en el día del nacimiento, porque él estaba “lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre”. De ahí que esa fecha deba señalarse como un día de triunfo, elegido por gran número de regiones y pueblos, para honrar la memoria de tan insigne Precursor.

Al situarnos ante la realidad de Juan el Bautista, parece significativo que se celebre el nacimiento de un personaje al que, según los criterios humanos, no le correspondería nacer. Su madre era una mujer estéril sin ninguna posibilidad dee tener hijos. ¡Imposible tener un hijo a una edad tan avanzada! La madre correrá demasiado riesgo y el feto puede tener malformaciones; hoy, una “interrupción del embarazo” habría arreglado la situación… Tiembla el cuerpo al pensar que, si hubieran matado al precursor, difícilmente hubiésemos conocido al Enviado ¿Quiénes somos nosotros para entrar en la mente de Dios?

Los datos no tienen discusión. Están marcados por el evangelista Lucas. “En el año 15 del emperador Tiberio, vino la Palabra sobre Juan, hijo de Zacarías, que habitaba en el desierto”

Tenemos el primer dato significativo de Juan. Juan no era una persona convencional; era alguien que vivía en la soledad y el silencio, alguien que vivía a la escucha, alguien que atendía a su voz interior, la cual le encomendaba una misión que cumplir. Pero a Juan todo esto no le resulta novedoso. Él había leído en Malaquías 6,8, “Esto es lo que Dios quiere de ti: que actúes con justicia, que ames con ternura y camines humildemente con tu Dios” Ciertamente, Juan tiene claro que, solamente se puede llevar a cabo este programa, entrando en el corazón y saboreando el silencio.

Actitud muy lejana a los que vivimos en este mundo ruidoso y estridente capaz de tapar cualquier señal por clara que sea e incapaz de dejar escuchar lo que otro quiere decirnos. Muchos teléfonos móviles, mucho satélite artificial situado en órbita… pero poca comunicación familiar, poca comunicación entre hermanos, entre pueblos, entre países… poca comunicación con Dios. Y la Palabraque Juan escucha es clara y directa, a Juan se le manda: a predicar la conversión.  ¡Predicar la conversión! ¿Habrá oído bien? ¿Qué tendrá que ver la conversión con preparar un camino?

Pues lejos de perturbar su oído por lo que dice el evangelista, Juan se da cuenta de que lo que se le demanda tiene bastante de realidad. A Juan se le pide que prepare el camino al Señor “allanando senderos, rebajando colinas, enderezando caminos, suavizando asperezas, nivelando desigualdades…” Pero no referido a lo dificultoso del sendero, sino a lo escabroso del corazón. Porque Juan está llamado a ser profeta. El último de los profetas cuya misión sería anunciar la llegada del Salvador.

Y la Salvaciónllegó. La tierra se llenó de gozo. Dios habitó entre todos los seres humanos… Pero fueron escasos los que lo vieron, pocos los que lo visitaron e insuficientes los que creyeron en ello. Circunstancia también irrelevante para la mayor parte de nosotros. Estamos en el siglo XXI, ha pasado demasiado tiempo desde que Juan Bautista pisase nuestro suelo y las cosas que dijo parecen trasnochadas para nuestra realidad. Hoy lo de allanar senderos y enderezar caminos no tiene demasiado sentido; hoy tenemos arquitectos y catedráticos que saben proporcionarnos espléndidas autopistas. Tenemos máquinas que pueden allanar una montaña por grande que parezca, socavar la tierra por abrupta que se presente, hacer un puente en breve espacio de tiempo y comunicar ciudades con las mejores líneas aéreas y de ferrocarril, por lo que deberíamos preguntarnos ¿y no será que, Juan al pronunciar estas palabras quiere llevarnos a otra realidad?

A mí me parece que hoy, como entonces, tendremos que allanar los senderos del mal entre familias, pueblos y naciones; tendremos que rebajar esas colinas de desigualdad entre pobres y ricos, entre países que se mueren de hambre y países que tiran a la basura los excedentes, para cuadrar la balanza de pagos; tendremos que suavizar asperezas en nuestro trato regalando ternura y cercanía, afecto y escucha, dulzura y amor…

Y esto era lo que, Juan en aquel tiempo, predicaba en el río Jordán: La conversión, el arrepentimiento, el cambio de vida. El primer mensaje llegado de Juan era la petición a reconocer lo que no hacían bien y lo que por comodidad y miramiento dejaban de hacer debidamente. ¡Cómo nos cambiarían a nosotros las cosas si fuésemos capaces de tomar conciencia de todo lo que hacemos mal! Solamente cuando uno se da cuenta de su equivocación puede lograr el cambio. ¿Para qué va a cambiar la gente que se cree mejor que los demás?

El segundo mensaje era la llamada a cambiar la forma de vivir, el hacer un esfuerzo constante por vivir la voluntad de Dios.  En definitiva, arrepentimiento y conversión fueron las dos constantes de la predicación de Juan, algo inmensamente necesario si queremos que nuestro mundo siga teniendo sentido.

Lo que pasa es que, dar testimonio no es fácil. Juan fue testigo de la verdad hasta su muerte. Su corazón estaba tan bien preparado y su opción tan afianzada que, cuando Jesús llega al Jordán y se pone ante él para que lo bautice, Juan lo reconoce: “Este es el Cordero de Dios” Reconocer a Jesús ¡qué gran lección para los que lo tenemos tan olvidado! Y qué necesario para los que queremos ser sus testigos. Reconocer a Jesús, reconocer su grandeza y estar dispuestos a disminuir nosotros, para que Él crezca, como afirmaba Juan.

La vida de Juan nos enseña:

  • A cumplir con la misión que adquirimos el día de nuestro bautismo.
  • A ser testigos de Cristo, viviendo desde la verdad de su Palabra.
  • A ser piedras vivas dela Iglesiade Jesucristo, como lo fue él, incluso, antes de existirla Iglesiacomo tal.
  • A reconocer a Jesús para poder seguirle.
  • A ver la importancia del arrepentimiento y la grandeza del sacramento de la reconciliación.
  • Y nos anima a atender la llamada y cambiar nuestra manera de vivir para recibir al Señor en nuestra vida.

Cierto que a Juan esta actitud le va a pasar factura. Quizá por eso nos dé a nosotros tanto miedo ser valientes y dar la cara, porque sabemos bien que vivir desde Dios, tiene un precio y a veces, demasiado caro. Pero Juan, al contrario que nosotros, no se arredra y pasados varios meses vuelve a aparecer en escena.

En ese momento Jesús ya tiene algunos discípulos y las rencillas no tardan en aparecer. Los discípulos de Juan se acercan a él para decirle: “Rabí, el que estaba contigo, al otro lado del Jordán, aquel de quien diste testimonio, está bautizando y todos se van con él” (Juan 3, 26) La mente humana es así de raquítica, un recomendado no puede luego quitar los derechos del que le ha dado paso.

Pero Juan que, vive abierto a la novedad de Dios, responde: “Nadie puede atribuirse nada que no le haya sido dado del cielo. Vosotros mismos fuisteis testigos de que yo dije: Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de Él. “Es preciso que el crezca  y yo disminuya. El que viene de arriba está por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra, pero el que viene del cielo está por encima de todos: por eso da testimonio, de lo que ha visto y oído” (Juan, 3, 27-36)

De todos es sabido que, a veces, se paga demasiado cara tanta claridad. Todos conocemos la historia. Juan dice la verdad sin importarle los destinatarios y así, se atreve a reprochar al tetrarca, no sólo sus malas acciones, sino también su adulterio público.

A Herodías no le hacía ninguna gracia esas libertades del predicador por lo que alimentaba un amargo odio hacia él. Por eso, tanto la influencia de Herodías como las multitudes que se apiñaban en torno a Juan, hicieron nacer en Herodes el miedo a que a que se produjese una rebelión contra él, por lo que dedujo que, al inoportuno recriminador habría que ponerle un castigo. Y así lo hizo, mandó detener a Juan y le encadenó en prisión a pesar de que,  según Marcos, 6, 19, Herodes lo escuchaba con gusto.

Juan está arrestado, pero sus discípulos le siguieron fieles y le mantenían informado de los acontecimientos del exterior. De ahí que se entere de las maravillas efectuadas por Jesús. Sin embargo, algunos de sus discípulos no acababan de convencerse de que Jesús era el Mesías. Por lo que Juan, los envió a que fuesen a preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? Él les respondió: “Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no se escandalice de mí!” (Lucas, 7,20; Mateo, 11, 3). Jesús, que conoce perfectamente por qué Juan le ha enviado a sus discípulos ante,  quiere dejar claro quien es Juan y por eso dice a la gente:

  • “¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? Todos sabían bien por qué Juan estaba en prisión, y que su cautividad era el modo de enmudecer la verdad y la virtud.
  • “Qué salisteis a ver, ¿un hombre vestido con ropas elegantes? Los que visten magníficamente y viven con lujo están en los palacios
  •  Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Pues, os lo aseguro, Juan es, más que un profeta. Es de quien está escrito: “He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, el cual te preparará el camino. Y os digo que:

Entre los nacidos de mujer no hay ninguno más grande que Juan el Bautista” (Lucas, 7, 24-2).