Para que el mal prolifere basta con que los buenos no hagan nada (Edmund Burke)

Una historia grande de fe y de amor que nos sostiene

En el mensaje para la clausura del Congreso Eucarístico celebrado la pasada semana en Dublín, el Papa nos ha interpelado al afirmar que en un mundo cada vez más obsesionado con las cosas materiales, debemos aprender a reconocer de nuevo la presencia misteriosa del Señor resucitado, el único que puede dar amplitud y profundidad a nuestra vida. El Congreso ha tenido lugar en un momento en el que la Iglesia se prepara en todo el mundo para celebrar el Año de la Fe, para conmemorar el quincuagésimo aniversario del inicio del Concilio Vaticano II. Como tantas veces ha señalado el Papa, tenemos que recoger su valioso magisterio en continuidad con la Tradición viva de la Iglesia y no en clave de ruptura como se ha pretendido en ocasiones desde algunos sectores.

La Eucaristía es el culto de toda la Iglesia y requiere el pleno compromiso de cada cristiano en la misión. Por eso ha sido particularmente emocionante el llamamiento que Benedicto XVI ha realizado a la Iglesia que peregrina en Irlanda, mensaje válido para toda la Iglesia universal. Hemos de reconocer con gratitud y alegría la historia tan grande de fe y de amor que nos sostiene. Y hemos de reconocer, en su justa medida, el misterio de los pecados cometidos por quienes abusaron de personas confiadas a sus cuidados, en lugar de mostrarles la belleza del camino hacia Dios. Por eso nuestra fe debe alimentarse siempre en el encuentro gozoso con Cristo, para que no se convierta en una mera cuestión de hábito.