El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir (A. Einstein)

Dios mío ¿qué nos está pasando?

Por Julia Merodio, escritora.- Me he dado un paseo por Internet para volver a saborear lo que ocurrió en el Encuentro Mundial de las Familias en Milán y dejar de lado las noticias de catástrofes económicas, primas de riesgo, rescates y bancarrotas y de preguntarme, Señor ¿qué está pasando? ¿Acaso un simple cambio de nombre puede hacer que un hecho concreto tenga una u otra repercusión?

¡Me quedaba perpleja ante tanta confusión y desasosiego! Desde que el aborto pasó a ser una “interrupción del embarazo”, en esta sociedad parece estar todo permitido sin que nadie quiera adquirir responsabilidad alguna. No hay más que ver que, hasta hace un mínimo tiempo, todo funcionaba perfectamente. Éramos los más ricos, los más guapos, los más inteligentes y los más poderosos. El problema llegó cuando al abrir las ventanas y levantar las alfombras empezaron a surgir parásitos de todos las clases sin importar la especie; menos, claro está, los que ya se habían hecho desaparecer.

Pero claro, llega la segunda parte: Hacer ver a la sociedad que eso no existe, que es un espejismo, que todo eso que se decía no era verdad, que pitar a la bandera no tiene importancia, que gastarse en comilonas y demás, el dinero de los parados es algo trivial; que tirar el dinero de los españoles es hacer progreso y que los que piensan en hacer de España,la Españaque debe ser, están anticuados…

Y, cuando esta realidad, que veo plasmada en los medios, se está mezclando en mi mente como un cóctel molotov, sorprendentemente, aparecen ante mí estas palabras de S. Pablo a los Romanos 12, 1-2 “No os ajustéis a este mundo. Renovad vuestra mente para que seáis capaces de discernir la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo noble, lo perfecto…”

¡Qué tristeza comprobar que, esta sociedad actual tan culta, tan entendida, tan autónoma, tan políglota… sea incapaz de leer en la historia el cúmulo de equivocaciones, dolor y guerras que se han producido para evitar que vuelvan a suceder! ¡Qué desasosiego ocasiona, el no saber discernir lo que está bien y lo que está mal, para darle a cada situación el puesto que le corresponde! ¡Qué decepción observar, que no son capaces de pararse ante la actuación de Dios, en la historia de salvación del ser humano!

Y de nuevo vuelvo a Internet con mi intento de volver a Milán. Familia, trabajo y fiesta era el lema del XVI Encuentro Mundial de las Familias, un encuentro que, según afirmaba Paloma Gómez Borrero, “ha teñido de júbilo el dolor y la tristeza que han embargado el corazón del Papa los últimos dolorosos acontecimientos  vaticanos”

Y vuelve a la pregunta: ¿Qué nos está pasando Señor? ¿Por qué no se refleja en las noticias lo positivo, lo bueno, lo que engrandece? ¿Acaso ha dejado de ser noticia? ¿O es que ha dejado de existir? 170 banderas de diversas naciones ondearon en el encuentro con el Papa, coros fantásticos dieron esplendor al encuentro, niños abrazos a sus padres, jóvenes ayudando a enfermos y necesitados… un sitio donde se respiraba el orgullo de sentirse y ser familia. ¿No estará aquí la clave? ¿No será la decadencia de la familia uno de los resquebrajamientos por donde empieza a hundirse nuestro mundo? ¿No debería ser la familia el refugio donde encontrar todo lo adverso que nos hacen llegar, aunque no queramos verlo?

Los vínculos familiares que hemos perdido nos harían recuperar los valores olvidados. No podemos cruzarnos de brazos, hemos de volver a lo que hace vivir, a lo que engrandece, a lo que hace crecer como persona y como cristiano. ¿Dónde ha quedado esa familia marcada por la espiritualidad, abierta a todos, sellada por la generosidad y el perdón?

Al ver la agitación de las noticias me daba cuenta de que sin dirección, sin perspectiva, sin enfoque en lo familiar, la esencia empieza a languidecer, se pierde el rumbo, se equivoca el camino. Lo accidental nos lleva a centrarnos en lo rudimentario de la vida en lugar de centrarnos en la vida misma, perdiendo así el contacto hasta con nuestra propia existencia.

  • ¿Cuánto hace que, como familia, no nos sentamos juntos alrededor de una mesa?
  • ¿Cuánto hace que no compartimos confidencias, sentimientos y afectos?
  • ¿Cuánto hace que no rezamos juntos… ni separados?
  • ¿Cuánto hace que no dialogamos con tranquilidad…?

No somos capaces de observar que, sin casi darnos apenas cuenta, nos vamos desestabilizando, descentrando, desuniendo… Hemos perdido la sensación de sentirnos en casa, de ocupar el lugar que nos corresponde, de pensar en algo más, que lo que nos dictan los demás. Nuestros cimientos se van resquebrajando y el miedo y la inseguridad empiezan a adueñarse de nosotros.

A los niños y jóvenes ya no se les habla de Dios. La crisis, la prima de riesgo, la inflación y la recesión son las palabras que se repiten constantemente en sus oídos, aunque ni siquiera sepan lo que significan y para compensar semejante logro se les llena de maquinitas que tapen tantas carencias, aunque sin demasiado éxito.

No podemos seguir así. Nosotros tenemos a Dios y el que tiene a Dios lo tiene todo. No perdamos la conexión con Él. Intentemos que esa conexión sea de calidad, pues sin comunicación con Dios nos va a resultar demasiado difícil comunicarnos entre nosotros.

Les invito a que, sea cuál sea nuestra realidad –quizá difícil de cambiar- no escatimen esfuerzos para regalarnos más comunicación, más tiempo juntos, más “hacer familia”. Regalémonos lo de dentro, eso que lleva el marchamo del agradecimiento, la fidelidad y la donación. Eso que realmente engrandece, eso que está sellado por el amor y que podemos reencontrar con solo dar ese paseo por Internet para darnos el gusto de vivir otra vez, con más reposo, lo ocurrido en el Encuentro de Milán…