La intención es buena, aunque esta reforma no va a resolver el problema de fondo que subyace en toda ruptura familiar. Ahora tendrán que establecerse cuidadosas condiciones para que la custodia compartida no genere más problemas de los que pretende resolver. Para que funcione, esa custodia requiere un mínimo de armonía entre los padres que han decidido poner fin a su unión. Pero la ley anunciada tiene al menos la virtud de plantear de nuevo el gran debate sobre el valor del matrimonio estable y la necesidad absoluta, para bien de los hijos y de la sociedad en su conjunto, de protegerlo de los ataques de una cultura de la irresponsabilidad y el sentimentalismo vacuo

















