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José Luis Restán
12/06/12
De poco sirve lamentarse, porque los ataques que sufre la Iglesia a lo largo de los tiempos, las debilidades y pecados de sus miembros, la ventisca y el oleaje, estaban ya previstos en el acta fundacional. El Señor los permite, más aún, los contempla como factores decisivos en su reclamo constante a la Iglesia para que sea fiel a su naturaleza y misión. Y esto no significa retirarse a una seráfica atalaya mientras se produce el destrozo. Claro que hay que investigar, proteger, denunciar y castigar. Mejorar y engrasar la maquinaria, favorecer la transparencia, adelgazar el mastodonte… todo esto hay que hacerlo y se va haciendo, con mayor o menor fortuna. Pero el meollo de la cuestión es otro.
Aquí hay materia para la reflexión. Por un lado existe una cultura del nihilismo, con sus redes y terminales de poder muy precisos, que no está dispuesta a dar por bueno el hecho de que la Iglesia no se resigne al papel de venerable antigualla o a simple consoladora espiritual de las desdichas de la crisis. Para esta cultura el Papa manso y tranquilo que usa la razón como el cirujano el bisturí, es una verdadera e inesperada espina. Que haya tratado de tú a tú al pensamiento laico en el Bundestag o en Westminster debe resultar insoportable. Pero también en el interior de la Iglesia hay quienes se resisten a la corrección y la poda que ha puesto en marcha Benedicto XVI, a su anudamiento entre fe y razón, a su idea tan newmaniana del camino de la Iglesia como renovación en la continuidad. No quiero contribuir a nuevas fantasías, pero una coalición “de facto” entre los intereses de unos y de otros no me parece un disparate como telón de fondo de lo que viene sucediendo desde hace meses.
Sea como sea, estos días amargos no nos dejan escapatoria: de nada sirve perorar contra los poderes del mundo (que han acosado a la Iglesia desde sus inicios y así seguirán hasta el final) ni gastar bilis a cuenta de los traidores (que desde Judas hasta nuestros días han crecido como la mala hierba en el campo, y así será hasta el final). Lo importante es que la Iglesia, o sea cada uno de sus miembros, comunidades e instituciones, sepa escuchar el reclamo de su Señor en esta hora. Porque en la vida de los que Él llama, Dios no permite que suceda nada (¡absolutamente nada!) que no sea para su maduración en la fe. Más aún, las situaciones de especial dificultad sacan a la luz lo que está escondido en el corazón de cada cual. Por eso es tan imponente escuchar a Benedicto XVI estos días, y por eso resulta “curioso” seguir lo que dicen y comentan unos y otros, dentro y fuera. Porque aquí ya es inútil esconderse.
En una situación terrible del pueblo de Israel, el profeta Isaías afirma algo especialmente relevante para este momento, y con implicaciones prácticas muy saludables: “los que te construyen van más aprisa que los que te destruyen”. El aserto ha valido y sigue valiendo para la Iglesia en todas las etapas de su historia. Y aquí creo que el concepto “aprisa” no tiene sólo connotación temporal sino de calado y densidad. A saber, la cuestión que hoy se dilucida es si las fuerzas que de hecho tienden a la destrucción física y moral de la Iglesia como realidad viva, y por tanto presente en la historia, son más o menos poderosas que las fuerzas que la alimentan, reconstruyen, curan y vivifican. Apasionante espectáculo, dramática encrucijada. Y para los que como yo puedan sentir una especie de escalofrío, es recomendable recordar lo escrito por Joseph Ratzinger en los lejanos años 70 del pasado siglo: “a mí me parece seguro que a la Iglesia le aguardan tiempos muy difíciles. Su verdadera crisis apenas ha comenzado todavía. Hay que contar con fuertes sacudidas. Pero yo estoy también totalmente seguro de lo que permanecerá al final: no la Iglesia del culto político, que fracasó ya en Gobel, sino la Iglesia de la fe. Ciertamente ya no será la fuerza dominante en la sociedad en la medida en que lo era hasta hace poco tiempo. Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los seres humanos como la patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte”.















