José Mª Martí Sánchez. Doctor en Derecho.- Entiendo por buenismo una deformación —utópica— de la realidad de origen ideológico. J.J. Rousseau sentó sus bases. Sostuvo que, tanto en la sociedad como en el aprendizaje, el hombre estaba inclinado hacia el bien. Luego, el ambiente lo corrompía. La organización social, o el sistema pedagógico, eran la causa del fracaso e infelicidad. Sobre un andamiaje tan liviano, construyó su teoría del contrato social, con la democracia directa, así como la Pedagogía de la espontaneidad. 
Por lo atractivo de su apariencia, y simpleza argumental, el buenismo tuvo éxito. En España hemos escuchado sus cantos de sirena bajo el revestimiento de “pacifismo”. Recordemos las declaraciones del Sr. Bono, siendo Ministro de Defensa: “Yo prefiero morir a matar” (Congreso, 24 agosto 2005). Reafirmaba lo expuesto en la conferencia “Terrorismo internacional y defensa” (Woodrow Wilson Center de Washington, 2 agosto 2005): “Soy un ministro de defensa y prefiero que me maten a matar como convicción moral personal”. En la misma línea de irresponsabilidad, para quien tiene la obligación de proteger, actuó el Presidente del Gobierno en su política de cesión a ETA. En idénticos principios se inspiró la “Alianza de Civilizaciones” y los aplicó al Islam. La convivencia mejoraría si se le apoya, sin contrapartidas, política, cultural y económicamente. Al servicio de este criterio está, en España, la laicista Fundación oficial “Pluralismo y Convivencia”.
Todo ello tiene un antecedente directo en la postura de Azaña cuando dijo, según Maura, ante el espectáculo dantesco de numerosos conventos y monasterios humeantes (Madrid, 10-12 mayo 1931), que: “todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano”. Fue una quiebra en el Estado de Derecho de nefastas consecuencias. La apariencia de generosidad encerraba irresponsabilidad y sectarismo.
¡Qué diferencia entre la claudicación del buenismo y la tensión virtuosa del “caballero cristiano”! Éste, no contaminado ideológicamente, se esfuerza por que triunfe la justicia (concreta), sin permitir que la violencia deshumanice. Don Alonso Quijano descubre, en su agonía, cómo la justicia plena sólo puede alcanzarse en Dios, algo ya versificado por Jorge Manrique. Se trata de un ideal exigente de ascética personal, pues el mal existe, y de compromiso, por hacer el bien a los demás.
La índole ideológica del buenismo se trasluce tanto en lo que le impulsa (motivo) cuanto en sus resultados. En ambos extremos se echa en falta la presencia del bien. Ni se intenta difundirlo (lo que predomina es la ocultación del mal), ni se mejora la vida de las personas. Prima una axioma —optimista e ingenuo— que se aplica de modo implacable a los hechos hasta distorsionarlos (aplicación y desarrollo de una idea).
Donde se ve todo el peligro de tal modo de proceder es en la educación. Porque su razón de ser es la persona, en singular, y la ideología la instrumentaliza. El buenismo trata de granjearse su favor a fuerza de halagos y falsas promesas. Los efectos son deletéreos: «El sentido de la vida se oscurece y enajena, se retuerce y tergiversa, cuando el hombre se olvida de su deuda ontológica, cuando intenta satisfacer el sentido de su vida con la almoneda del hedonismo […]. El hombre contemporáneo tiene muchas de las cosas que siempre soñó, pero acaso no se tenga a sí mismo, lo que constituye su máxima indigencia y pobreza» (A. Polaino, «De la dignidad y el sentido de la vida al sentido y la dignidad de la muerte», en Arbil, nº 119).
En la educación lo fundamental es orientar la libertad, posibilitar el despliegue ordenado de la persona. La distorsión del buenismo de Rousseau afecta a todo el proceso. También el utopismo (un mito a la inversa) tiene hondas repercusiones. Convierte la educación en mecanismo de transformación social. Hoy el “igualitarismo” y el “neutralismo”·ejercen mucha presión, en ambas direcciones. Oscurecen la realidad y, en el deseo de reconstruirla, atacan la libertad de educandos y educadores. Los bajos índices de calidad de nuestro sistema educativo se resienten de la carga ideológica.
Ilustremos el daño que causa el buenismo, con dos ejemplos, relacionados con la inclusividad y promoción automática. Se produce por la obstinación de aquél en negar las dificultades y valorar los remedios que se ponen, para superarlas.
El Padre Andrés Manjón, como relató Federico Olóriz (Ateneo de Madrid, 16 diciembre 1898) (http://www.ateneodemadrid.com/biblioteca_digital/folletos/Folletos-0211.txt), fue un gran benefactor de los niños desvalidos de la zona del Sacro Monte de Granada, desde donde lanzó sus Escuelas del Ave María (1888). Sus intuiciones pedagógicas y abnegación siguen siendo estímulo para quien quiere hacer el bien en este campo. No obstante, desde el buenismo y el prejuicio ideológico, Amnistia Internacional Catalunya, Grup d’educació (http://www.amnistiacatalunya.org/edu/2/ra/ra-andres-manjon.html#ret) ha incluido en su antología de textos racistas, algunas citas —en diáspora— de sus obras. Escritos que rezuman, en términos sobrios y realistas, desvelo y amor por los niños.
El otro caso es el de Juan Pablo II y su doctrina sobre la ayuda a los discapacitados (físicos o mentales). Condena a quienes no dan la oportunidad de que encuentren y desempeñen su puesto en la sociedad. Mas también advierte de que, no reconocer los límites de la discapcidad desde el realismo, causa la discriminación y conduce a la frustración. Ofrecer al discapacitado objetivos fuera de su alcance equivale a excluirlo (cf. Mensaje a los participantes en el Simposio Internacional sobre “Dignidad y derechos de las persona con discapacidad mental” (Ciudad del Vaticano, 5 enero 2004).
Hoy el buenismo impide hacer mucho bien en la escuela. Existe una censura anónima, pero bien orquestada, que agrava, entre otros, el problema del fracaso escolar (prioritariamente masculino) de disciplina o la integración de los inmigrantes. Es la misma táctica del avestruz que impide abordar, honestamente, la proliferación del divorcio, los niños, enfermos y ancianos abandonados, la falta de horizontes de la juventud, el síndrome del postaborto o la homosexualidad. Esto hace que suenen a falso algunos discursos triunfalistas sobre los logros de la enseñanza oficial o el nivel de libertad de nuestra sociedad. Para hacer el bien, es urgente volver a la verdad y a la virtud, siguiendo la estela del Padre Manjón o Juan Pablo II.

















