Francisco José Contreras)[1]
Cualquier conservador europeo que tuviese ocasión de seguir alguno de los debates de las primarias del Partido Republicano palideció de envidia. Pude ver el de Florida: increíblemente –para los estándares europeos- los candidatos competían entre sí por mostrarse inequívocamente pro-vida, pro-familia, opuestos al matrimonio entre personas del mismo sexo…; todos declaraban abiertamente sus creencias religiosas y afirmaban que la religión jugaba un papel positivo en la vida pública. El problema de Mitt Romney parece consistir en que … ¡no está lo bastante a la derecha!
EEUU siempre ha sido más conservador que Europa: la default position norteamericana en la mayoría de los temas se encuentra varios grados a la derecha de la europea. Las explicaciones de esto son complejas, y llevaría demasiado tiempo explicarlas pormenorizadamente: por ejemplo, los americanos se caracterizaron desde el principio por un “espíritu de los pioneros” individualista que les hacía recelar del gobierno y confiar más en la iniciativa privada y la autosuficiencia (en los siglo XVII y XVIII, con un océano de por medio, el colono no podía quedarse esperando a que la Corona inglesa viniese a hacer carreteras o a defenderlo de los indios: había que arreglárselas solo); los americanos han sido siempre también más religiosos que los europeos (precisamente, muchos de esos colonos eran disidentes religiosos que emigraban, no tanto buscando oportunidades de enriquecimiento, como un lugar en el que practicar su religión en libertad): un reciente Pew Survey on Global Attitudes mostró que, en tanto un 60% de americanos declaraban que “Dios era importante en sus vidas”, sólo un 21% de los europeos manifestaban lo mismo. La religión y el individualismo hacen que los americanos tiendan a analizar los problemas sociales en términos de vicios y virtudes privados (y no de “fuerzas sociales” o “estructuras” anónimas) y, por tanto, a tratar de resolverlos por medio de la acción social voluntaria, y no por medio de la intervención del gobierno. Los americanos siguen analizando el mundo en términos de “bien” y “mal” (por ejemplo, Bush habló de “eje del mal” después de los ataques de Al Qaeda), lenguaje que a los “sofisticados” europeos les parece “primitivo” y “simplificador”.
EEUU es, pues, una nación “intrínsecamente conservadora”; lleva cierto tipo de conservadurismo inscrito en su ADN histórico (un conservadurismo distinto del europeo de principios del XIX [De Maistre, Bonald, Donoso Cortés, etc.], que reaccionaba contra las revoluciones liberales; el conservadurismo norteamericano, en cambio, es intrínsecamente liberal[2]: lo que los conservadores americanos quieren preservar no es un Antiguo Régimen estamental –que allí nunca existió- sino los principios liberal-democráticos de la Declaración de Independencia y de la Constitución de 1787).
Sin embargo, la escena de consenso pro-familia y pro-vida de las primarias republicanas es posible también por una segunda razón: por el éxito del movimiento conservador que se ha desarrollado en EEUU a partir de los años 70, y que mantiene su vigor en la actualidad.
Es importante saber que, en los años 40 y 50, en EEUU se daba una situación de hegemonía intelectual de la izquierda (no una izquierda radical, sino la izquierda social-demócrata del New Deal) similar a la que se da hoy día en Europa. Las dos grandes ideas del Partido Republicano (el laissez faire económico y el aislacionismo internacional) habían sido barridas por el éxito del New Deal de Roosevelt y por la Segunda Guerra Mundial. El Republicano Dwight Eisenhower fue un presidente “tecnócrata” equiparable a los políticos de derechas europeos actuales: asumía la dominación cultural de la izquierda, se jactaba de carecer de ideología (de hecho, el Partido Demócrata le había ofrecido también ser su candidato) y designó a un notorio izquierdista –Earl Warren- para el puesto crucial de presidente del Tribunal Supremo. Los escasos francotiradores conservadores que asomaban la cabeza en la universidad, el pensamiento o los medios (Friedrich Hayek, Russell Kirk, William Buckley, etc.) eran percibidos como lunáticos y predicaban en el desierto. El establishment de la Ivy League miraba con desprecio a los Chicago Boys.
Todo esto empezó a cambiar en los 60, y sobre todo en los 70. El candidato republicano de las presidenciales de 1964, Barry Goldwater, se atrevió por primera vez a plantear una auténtica alternativa ideológica al estatismo de la izquierda; sufrió una aplastante derrota, pero de algún modo fue un pionero que abrió el camino para sucesores más exitosos: muchos han señalado que sin la inmolación de Goldwater en 1964 no hubiera sido posible la victoria de Reagan en 1980. Entre 1960 y 1980, el centro de gravedad del país se desplazó desde el nordeste al sur y el oeste (es decir, hacia zonas más conservadoras). Las políticas asistenciales de “Gran Sociedad” de la administración Johnson dispararon el gasto público, exigieron un inquietante incremento de la presión fiscal y, para colmo, tuvieron efectos en parte contraproducentes (aparición de una “subclase” eternamente dependiente de las prestaciones estatales; proliferación de las madres solteras y desintegración de la familia [los hombres abandonan a sus mujeres e hijos, sabiendo que el Estado velará por ellos], etc.)[3]. La contracultura permisiva de los 60 (revolución sexual, drogas, oposición a la guerra de Vietnam, rechazo de toda autoridad, etc.), surgida en las universidades de la costa Oeste, pero que rápidamente proyectó sus efectos en el conjunto de la sociedad, alarmó a una parte de la población y empezó pronto a generar efectos perjudiciales: a partir de finales de los 60, aumentan constantemente los índices de delincuencia, drogadicción, divorcios, abortos, nacimientos fuera del matrimonio, etc.[4].
omo respuesta a todo ello, se desarrolló en EEUU a partir de los años 70 un potente movimiento conservador que ha plantado cara al establishment progresista, ha contrarrestado y casi invertido la hegemonía cultural de la izquierda, y ha infiltrado y condicionado al Partido Republicano, determinando un evidente “giro a la derecha” del mismo a partir de Reagan[5]. El movimiento conservador norteamericano incluye intelectuales de alto nivel como Irving Kristol, Gertrude Himmelfarb, Allan Bloom, Robert Kagan, Milton Friedman, Robert P. George o George Weigel; líderes sociales como Phyllys Schlafly, Jerry Falwell, Grover Norquist, Jim Dobson, Paul Weyrich o Ralph Reed; think tanks e institutos como el American Enterprise Institute, Heritage Foundation, Witherspoon Institute, Cato Institute, etc. Comprende tres ramas, no siempre bien avenidas entre sí:
1) los “conservadores fiscales” (o “libertarianos”): gente preocupada sobre todo por el excesivo crecimiento del Estado y de la presión fiscal (por ejemplo, el movimiento Americans for Tax Reform);
2) los “conservadores sociales”: su inquietud principal es la pérdida de referentes morales, la desintegración de la familia, el aborto, el retroceso de la religión … (por ejemplo, las plataformas Moral Majority [en los 70-80] y Christian Coalition [en los 90], el Eagle Forum de Phyllys Schlafly, etc.),
y 3) los “conservadores de política exterior”: interesados sobre todo en el mantenimiento del liderazgo mundial de EEUU, la política de defensa, el pulso con el bloque comunista [hasta los 80] y con el fundamentalismo islámico [en los 2000], etc.
Las aspiraciones de estos tres grupos no eran necesariamente coherentes entre sí: por ejemplo, determinado tipo de conservadores sociales piden un incremento de la intervención estatal (más subsidios a las familias, etc.), y eso entra en conflicto con la aspiración de los conservadores fiscales a la reducción del gasto público. Sin embargo, estas potenciales contradicciones internas del movimiento conservador han sido, como regla general, gestionadas sabiamente. Ya William Buckley intentó conseguir una síntesis en los años 50: ¿acaso no era el comunismo la más grave amenaza para la civilización judeocristiana?, ¿acaso el libre mercado no ofrece un hábitat más propicio que el Estado omnipresente para el desarrollo de las virtudes morales? También Grover Norquist habla de una “coalición dejadnos en paz [leave us alone]” que aglutina a conservadores fiscales, sociales y de política exterior en torno a una filosofía antigubernamental: de la misma forma que el exceso de regulación estatal perjudica a las empresas, así la interferencia del gobierno en la educación lesiona el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus propios criterios, etc.
Con tres décadas de perspectiva, cabe afirmar que el movimiento conservador norteamericano ha tenido relativo éxito (éxito arrollador, si comparamos con Europa) y ha condicionado de manera perdurable el paisaje político y cultural de EEUU. Cabe sostener que ha sido la derecha cultural la que ha tenido la iniciativa intelectual en EEUU en los últimos 35 años, y la izquierda se ha visto obligada a marcar el paso, a actuar a la defensiva[6]. Esta tónica no se ha visto alterada por los mandatos de presidentes del Partido Demócrata (Clinton en 1992-2000; Obama en 2008-12). Por ejemplo, Clinton aprobó en 1996 una reforma del sistema asistencial que daba la razón a las críticas conservadoras que, desde 30 años antes, venían indicando que el welfare incondicional fomentaba el parasitismo, la ilegitimidad y la ruptura familiar[7]. Y Obama ha visto cómo sus medidas más “izquierdistas” (reforma sanitaria) suscitaban un musculoso movimiento popular de respuesta (Tea Party).
El éxito del movimiento conservador se aprecia de manera especial si comparamos el escenario americano con el europeo, en lo que se refiere a temas como el aborto, la familia o el papel de la religión. En los EEUU se registra en los últimos 15 años una clara tendencia al alza de la posición pro-vida: en la gran encuesta Gallup de 2009, los que se identificaban como contrarios al aborto superaron por primera vez (51%) a los pro-aborto (42%); en 1996, los porcentajes respectivos habían sido 33% (pro-vida) y 56% (pro-aborto)[8]. En nuestro continente, en cambio, una macroencuesta del Instituto Sofres (2005) reveló que el 62% de los europeos se mostraban de acuerdo con la tesis “cuando una mujer no desea un niño, debe poder abortar”; los contrarios fueron un 34%[9]. En lo que se refiere a la familia, aunque las tasas americanas de divorcio, ilegitimidad, nacimientos fuera del matrimonio, etc., sigan siendo muy altas, se ha abierto paso rotundamente la noción de que la erosión de la institución familiar constituye un grave problema social: múltiples estudios han puesto de manifiesto en EEUU que los niños obtienen mejores resultados escolares, tienen una probabilidad mucho menor de experimentar traumas psicológicos o emocionales, sufrir abusos, consumir drogas y alcohol, etc., si son educados por su padre y madre biológicos casados entre sí, que en cualquier otra configuración familiar. También se abrió paso en la sociedad americana, desde principios de los 90, la idea de que la revolución sexual de los 60 había llegado demasiado lejos, y que era necesario un “retorno a la virtud”[10]. En consonancia con esto, la administración de George W. Bush (de manera especial) impulsó programas que en Europa resultarían sencillamente impensables: programas de promoción de la castidad juvenil (SPRAN); incentivación del matrimonio; promoción del counselling pre-matrimonial (para asegurar que los matrimonios duren) … En muchos Estados, los asistentes sociales trasladan explícitamente a los jóvenes el mensaje de que el matrimonio es la mejor protección contra la pobreza, el abuso y la enfermedad[11]. El matrimonio gay ha sido introducido en algunos Estados por los tribunales supremos: pero, en los 31 Estados en que la cuestión ha sido sometida a referéndum, el matrimonio gay fue rechazado por el voto popular… En Europa, en cambio, el crecimiento de los nacimientos fuera del matrimonio, el aumento de los divorcios, etc. son recibidos con indiferencia (o, incluso, celebrados por algunos como interesantes indicios de la floración de “nuevos modelos de familia”). En general, parece haberse instalado en la conciencia social el dogma de que “todos los estilos de vida privada son igualmente respetables” (mientras no impliquen transgresión del Código Penal); la idea de que el Estado no puede “legislar la moral” o “imponer la virtud”, primando unos modelos de convivencia familiar frente a otros.
En Europa no existe apenas, hoy por hoy, un movimiento intelectual y social comparable al conservadurismo norteamericano. Lo más parecido pudo ser el thatcherismo en los años 80; sin embargo, el thatcherismo sólo hacía eco al conservadurismo americano en lo económico (contención del crecimiento del Estado, “capitalismo popular”) y lo internacional (contundencia frente al bloque soviético), pero no en lo social-moral: Margaret Thatcher fue siempre, por ejemplo, firme partidaria de la legalización del aborto; cuando en cierto discurso de 1988 tuvo la ocurrencia de invocar a Dios, suscitó la mofa de incluso sus propios seguidores.
Pienso que los grandes campos de batalla moral y cultural en el siglo XXI van a ser la bioética (aborto, eutanasia, experimentación embrionaria), el modelo de familia, la cuestión demográfica, la ecológica, el “choque de civilizaciones” (inmigración) y el papel social de la religión[12]. En prácticamente ninguno de estos terrenos se atreve la derecha europea actual a desarrollar posturas propias, claramente contrapuestas a las de la izquierda. Salvo en los temas económicos, la izquierda disfruta en Europa de una evidente hegemonía cultural: la izquierda determina el marco de los debates y establece la agenda. La derecha se mueve dócilmente a su remolque, limitándose a una tímida resistencia retardataria (la derecha termina asumiendo al cabo de unos años las invenciones de la izquierda en el terreno bioético, familiar, etc.)..or señalar sólo un ejemplo: David Cameron, presunta referencia de la derecha europea, acaba de declararse partidario del matrimonio homosexual.
Ha surgido, ciertamente, una “nueva derecha” populista, xenófoba y ultranacionalista (Front National, Vlams Belang, Schweizerische Volkspartei, etc.). Pero, en líneas generales, no puede reconocerse en ella una versión europea del conservadurismo americano: su tendencia económica es estatalista y proteccionista (no liberal y privatista, como en el conservadurismo USA); no cuestiona las posiciones de izquierda en materia de bioética o familia: Marine Le Pen es firme defensora del aborto, por ejemplo.
En todo caso, la aparición de esta nueva derecha populista puede ser interpretada como un síntoma de que la “derecha del establishment” (democristianos alemanes, gaullistas franceses, conservadores británicos, PP español, etc.) está empezando a ser superada por las circunstancias. En mi opinión, los problemas principales de la Europa actual son la hipertrofia del Estado, la insostenibilidad del Estado del Bienestar clásico (sanidad-educación-pensiones públicas), la desintegración de la familia y la insuficiente tasa de natalidad: los cuatro están interrelacionados. La “derecha del establishment” carece de posiciones propias en estas cuestiones: no se atreve a abogar claramente ni por la reducción del Estado, ni por la recuperación de la familia, ni por la privatización de los servicios de bienestar. El conservadurismo americano sí lo ha hecho.
Hay, sobre todo, una amenaza dramática sobre el futuro de Europa: las perspectivas demográficas. Según las proyecciones de la ONU (que, en mi opinión, son demasiado optimistas)[13], la “old age dependency ratio” (porcentaje representado por la población de más de 64 años, en relación a la población de entre 20 y 64) pasará en España desde un 26% en la actualidad a un 68% en 2050[14]; en Italia, desde un 33% en la actualidad a un 67% en 2050; casi todos los países europeos tendrán evoluciones similares. El creciente porcentaje de población jubilada obligará a las sociedades europeas a gastar cada vez más en pensiones y sanidad: esto frenará su crecimiento económico[15]. Se instalará probablemente una retroalimentación negativa entre el estancamiento económico y la evolución de la natalidad: cuanto peores sean las perspectivas económicas, menos hijos querrá tener la gente; y, viceversa, la insuficiente natalidad repercutirá negativamente sobre el crecimiento económico[16]. Los inmigrantes no serán la salvación: no llegarán suficientes[17]; por otra parte, es improbable que la Europa envejecida y económicamente estancada de 2030 o 2040 vaya a ser capaz de seguir atrayendo inmigrantes[18].
El desafío demográfico es de tal magnitud, que obligará (o debería obligar) a la derecha europea a una metamorfosis que la aproxime mucho más a lo que representa el conservadurismo americano. La derecha europea tendrá que adoptar un giro pro-vida y pro-familia[19]; ambas cuestiones están obviamente relacionadas con la demográfica: en un continente cuyo índice medio de fertilidad es 1.6 hijos/mujer (cinco décimas por debajo de los 2.1 hijos/mujer necesarios para garantizar el mantenimiento de la población) … un 20% de los embarazos terminan en aborto. La desintegración familiar tiene también una repercusión sobre las tendencias demográficas: está comprobado que las parejas casadas tienen más hijos que las que cohabitan informalmente.
La derecha europea, en definitiva, tiene mucho que aprender del conservadurismo americano. Sería deseable, por tanto, que se creasen canales de comunicación permanentes entre los partidos europeos de centro-derecha y los grandes think tanks conservadores de EEUU.
[1] Ponencia presentada en coloquio “Ethics and Tendencies on Both Sides of the Atlantic”, European Ideas Network, Bruselas, 10-05-2012.
[2] Liberal en el sentido europeo. Hay un eterno y al parecer insoluble equívoco en torno a las distintas connotaciones del término “liberal” en español y en inglés. “Liberal” en inglés equivale a “izquierdista” o “progresista” en español (o sea: alguien partidario, entre otras cosas, del Estado metomentodo y la expansión del sector público; lo contrario de un “liberal” en el sentido español).
[3] Perdón por la autocita: “Lo que parece estar teniendo lugar, en definitiva, es un desplazamiento de la familia por el Estado del Bienestar en cuanto estructura provisora fundamental. La idea según la cual los padres deben alimentar y educar a sus hijos (y los hijos ser el “sostén de la vejez” de sus padres) parecía antes un imperativo “natural” que se daba sin más por supuesto (así, Adam Smith)… pero las escuelas, subsidios, pensiones de jubilación estatales la convierten de algún modo en obsoleta. No está claro hasta qué punto este debilitamiento de la familia fue un resultado conscientemente buscado por los ideólogos socialdemócratas e ingenieros sociales promotores del Estado del Bienestar, o si se trató de una externalidad inesperada. Pero lo cierto es que se da una reveladora coincidencia temporal entre la implementación masiva de los programas asistenciales y el abrupto ascenso de las curvas de divorcio, cohabitación, nacimientos fuera del matrimonio, abortos, etc. a partir de los 60” (CONTRERAS PELÁEZ, Francisco J., “La crítica liberal del Estado del Bienestar: David Schmidtz y David Marsland”, Cuadernos de Pensamiento – Revista del Seminario Angel González Alvárez, nº22, 2009, p. 157).
[4] Sobre el tema, vid. (entre muchos posibles) FUKUYAMA, Francis, La Gran Ruptura: Naturaleza humana y reconstrucción del orden social, Ediciones B, Barcelona, 2000, pp. 43-68.
[5] Sobre la evolución del Partido Republicano, vid., entre muchos posibles: ALONSO, Martín, La ciudad en la cima, Tébar, Madrid, 2008, cap. 3.
[6] Vid. MICKELTHWAIT, John – WOOLDRIDGE, Adrian, Una nación conservadora: El poder de la derecha en Estados Unidos, Debate, Madrid, 2006.
[7] Se ha abierto paso claramente en la sociedad americana la noción de que la dependencia asistencial permanente es perjudicial para los propios asistidos, en la medida en que desincentiva el matrimonio y la búsqueda de empleo. Esta idea ha sido asumido incluso por buena parte de la izquierda: fue el presidente Bill Clinton quien prometió en la campaña presidencial de 1992 “terminar con el Estado del Bienestar tal como lo conocemos” y, una vez en el cargo, siguió hablando con claridad sobre la necesidad de potenciar el matrimonio y la ética del trabajo”: “[T]he public debate about welfare reform sent a strong symbolic message that, in the future, welfare would be time-limited and that single mothers would be expected to work and be self-reliant. This message communicated to potential single mothers that the welfare system would be less supportive of out-of-wedlock childbearing and that raising a child outside of marriage would be more challenging in the future. The reduction in out-of-wedlock births was, at least in part, a response to this message” (RECTOR, R., “The Impact of Welfare Reform”, Statement of Robert Rector Before the Committee on Ways and Means, United States House of Representatives, July 19, 2006 [http://www.heritage.org/Research/Welfare/tst071906a.cfm]).
[8] “More Americans “Pro-Life” than “Pro-Choice” for First Time” (http://www.gallup.com/poll/118399/more-americans-pro-life-than-pro-choice-first-time.aspx)
[9] TNS Sofres, “European Values” (2005) [http://www.thebrusselsconnection.be/tbc/upload/attachments/European%20Values%20Overall%20EN.pdf].
[10] Vid. SHALIT, Wendy, Retorno al pudor, Rialp, Madrid, 2012.
[11] Vid. PHILLIPS, Melanie, America’s Social Revolution, Civitas, Londres, 2001.
[12] Vid. CONTRERAS, Francisco José, “¿Por qué la izquierda ataca a la Iglesia?”, en CONTRERAS, F.J.-POOLE, D., Nueva izquierda y cristianismo, Encuentro, Madrid, 2011.
[13] Vid. CONTRERAS, Francisco José, “El invierno demográfico europeo”, Cuadernos de Pensamiento Político (FAES), nº33, enero 2012, pp. 103-134.
[14] Sobre la pavorosa situación demográfica de España, vid. MACARRÓN LARUMBE, Alejandro, El suicidio demográfico de España, Homo Legens, Madrid, 2011.
[15] Vid. HARRIS, F.R. (ed.), The Baby Bust: Who Will Do the Work? Who Will Pay the Taxes?, Rowman & Littlefield, Lanham (MD), 2006; cf. LONGMAN, Phillip, The Empty Cradle: How Falling Birthrates Threaten World Prosperity and What to Do About It, Basic Books, New York, 2004.
[16] Vid. LUTZ, Wolfgang – SKIRBEKK, Vegard – TESTA, Rita, “The Low Fertility Trap Hypothesis: Forces that May Lead to Further Postponement and Fewer Births in Europe”, Vienna Yearbook of Population Research, 2006.
[17] La ONU calculó en 2000 que llegarían a Europa 18.8 millones de inmigrantes (unos 376.000 anuales) en la primera mitad del siglo XXI. Para mantener constante la “old age dependency ratio” actual en 2050, la UE necesitaría … 161 millones de inmigrantes (vid. KOHLER, Hans-Peter – BILLARI, Francesco C. – ORTEGA, José Antonio, “Low Fertility in Europe: Causes, Implications and Policy Options”, en HARRIS, F.R. (ed.), The Baby Bust: Who Will Do the Work? Who Will Pay the Taxes?, Rowman & Littlefield, Lanham (MD), 2006, tabla 6, p. 48). Por otra parte, ¿acaso no es inmoral pretender solucionar nuestra desgana procreativa arrebatándole a los países pobres su capital humano más valioso: “[T]he complaceniks cling to the long-held Euro-Canadian policy of using the Third World as a farm team and denuding developing societies of their best and brightest. […] Personally, I’ve never seen what’s so liberal and enlightened, rather than lazy and selfish, about fleecing the Third World of its doctors and engineers” (STEYN, Mark, America Alone: The End of the World As We Know It, Regnery Publishing, Washington DC, 2008, p. 13).
[18] Perdón por la autocita: “[L]a confianza de Europa en su capacidad de seguir atrayendo indefinidamente inmigrantes recuerda a la de esos patéticos ex-seductores de cabellos plateados, que creen mantener a los 60 años el charme que tenían a los 25. ¿Seguro que todavía querrán venir africanos hacia 2025 o 2030 a una Europa-geriátrico, económicamente estancada, que estará perdiendo posiciones a toda velocidad (precisamente, por su senil estructura demográfica) frente a los “países emergentes” (todavía no envejecidos) de Asia o Hispanoamérica, si es que no ha sido ya superada por ellos? En realidad, habría que tomar en consideración la hipótesis opuesta: que, cuando el declive de Europa se haga definitivamente patente, muchos de los inmigrantes retornen a sus países … y que los últimos jóvenes europeos prefieran emigrar a EEUU, Australia o Brasil. De hecho, quizás ha empezado a ocurrir ya: España ha tenido un saldo migratorio negativo en 2009 y 2010; los inmigrantes han dejado de afluir, y cada vez más jóvenes españoles buscan un futuro más prometedor en otros países. ¿Qué joven soportará quedarse en una deprimente Europa sin niños?” (CONTRERAS, F.J., “El invierno demográfico europeo”, cit., p. 119).
[19] Hay algunos indicios esperanzadores: por ejemplo, la celebración del “European Meeting for Life” en el Parlamento Europeo el pasado 29 de marzo, donde se dieron cita organizaciones pro-vida de todo el continente.

















