El Encuentro Mundial de las Familias ha sido una magnífica ocasión para anunciar el Evangelio a un mundo que parece navegar a la deriva. La propia Iglesia, que vive en ese mundo, no es ajena a la tempestad y en este sentido el Encuentro de Milán ha supuesto un reconocimiento explícito a la figura de Pedro, la roca firme sobre la que se edifica la Iglesia. Es Benedicto XVI, el Papa anciano y aparentemente frágil, al que cientos de miles de personas han mostrado de nuevo su afecto, su cariño y su adhesión. El Papa ha tenido palabras delicadas para las familias cristianas, para las que no lo son, para las que atraviesan momentos de particular dificultad, por ejemplo las que sufren la prueba del divorcio; ha tenido palabras para los políticos y para los jóvenes; en definitiva: palabras para todos, porque a todos interpela y todos tenemos experiencia de una realidad tan fecunda para la sociedad como es la familia.
Es verdad que las aguas de la opinión pública y publicada son a menudo turbulentas, pero como ha denunciado el Cardenal Scola no siempre reflejan el estado de la mar verdadera, la de la gente que sigue al Santo Padre y que le reconoce como Pastor del pueblo de Dios. Es verdad que alguna vez se puede pensar que la barca de Pedro está en medio de vientos difíciles, como ha dicho el Papa a los cardenales, obispos y familias que almorzaron con él. Sin embargo vemos que el Señor está presente, que el resucitado realmente está vivo y tiene en su mano el gobierno del mundo y el corazón de los hombres.

















