ser progresista es luchar por una legislación que prohíba el aborto. (Mons. Elías Yanes)

La grandeza de un corazón

Por Julia Merodio, escritora.-    Después de un mes de Mayo duro y difícil, con sobresaltos un día sí y otro también; la verdad es que teníamos ganas de que pasara. Pero Junio ¿Será mejor? Yo creo que el problema no radica en la fecha del calendario, sino en que nuestro mal ha llegado al corazón y cuando se daña el núcleo, cuando enferma lo central de la persona, la sociedad y el mundo, todo empieza a desmoronarse.

Sin embargo la gente busca personas de corazón para encontrar en ellas apoyo. Vemos como, hoy día, las empresas buscan personas de corazón que sepan respetar y servir dando lo mejor que se fusione en ellas. Las residencias buscan personas de corazón que sepan querer y acoger a los ancianos. Los centros médicos buscan personal cualificado que sepa tratar con ternura la penuria de la enfermedad. Los padres buscan personas con corazón para dejarlas al cuidado de lo que más quieren: sus hijos.             Y las familias buscan en su seno personas de corazón que sepan amar, darse, compartir, escuchar, respetarse…

Desgraciadamente, nuestro corazón ya no es el que era. Nuestro corazón se ha endurecido, se ha atrofiado, se ha entumecido… Nos dicen que lo que cuenta es ser altivo y demostrar que sabemos ponernos en nuestro sitio, que lo importante es ser arrogante para que los demás descubran nuestra valía; que lo importante es ser duro para conservar el puesto; que lo primordial está en la productividad sin importar cómo conseguirla. Y así nos va. No hay que insistir demasiado. Ahí están los resultados.

Sin embargo, cuando la vida tenía otro saber y otro sabor, la gente celebraba lo que significa ser persona con corazón y así asignaban a Junio como el mes dedicado al Corazón de Jesús. Y yo pregunto ¿no creen que ese corazón tendría algo especial, para que mereciese ser celebrado? Siento pena al ver como ha decaído tan insigne devoción. Mi padre, que era un gran devoto del Corazón de Jesús, nos dejó plantada muy dentro una semilla que dio su fruto. Por eso en mi vida es algo importantísimo la grandeza que encierra el Corazón de Cristo.

Porque ¡cuántas generosidades caben en un corazón! Conmueve pensar que, todas esas generosidades y muchas más, adornaban el corazón de Jesús; generosidades que hoy queremos hacer ver que son signo de sensiblería pasada de moda. Sin embargo, su grandeza consistió en irlas derramando, regalando, esparciendo… porque Jesús no quería quedarse nada para Él; todo era para ponerlo al servicio de los demás. Por eso sus generosidades crecían tanto; porque, la bondad, la misericordia, el amor, la confianza… crecen dándolas, se multiplican repartiéndolas.

¡Qué actitud tan distinta la nuestra! Nosotros guardamos nuestras generosidades para que no crean que somos tontos. Para que los demás no se aprovechen de nosotros, para parecer más interesantes, más importantes. Y así nos va. Las hemos guardado de tal manera, que se han ido empequeñeciendo y a penas las percibimos; imposible ponerlas a funcionar.

La semilla nunca muere; ahí sigue en nuestro corazón. Creo que es un buen momento para regarla, para abonarla, para hacerla fructificar de nuevo. Los que se crucen en nuestro camino lo agradecerán pues, al ver esas obras que brotan de un auténtico corazón, empezarán a vislumbrar, un poco, lo que encierra el Corazón de Cristo.

Mas ¿cuánto hace que tú y yo –cada uno de nosotros- no nos paramos a pensar lo que de verdad encierra? Vamos a detenernos en algunas de sus cualidades.

El Corazón de Jesús estaba presidido por el perdón.

Cuando Jesús decide perdonar su estilo tiene una constante. Él no niega la gravedad del pecado, pero se acerca al pecador para regalarle su confianza. El pasado ya no cuenta lo que cuenta es el renacer.

Qué importante sería que tomásemos hoy esa actitud de renacer, de dejar de tirar piedras y creernos justo, cumplidores, mejores que los demás…

Que importante que, nos dejásemos bañar de su misericordia, para salir dispuestos a acercarnos a lo nuevo, con las manos vacías, pobres disponibles… no para denunciar la culpa sino para mirar al culpable con respeto y caridad..

El corazón de Jesús estaba marcado por la acogida.

Jesús ha venido a sanar, a salvar, a enjugar lágrimas. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré…”

Pero esto no nos garantiza un camino libre de dificultades, ni nos dice que se acabaron nuestros problemas. Nos dice: que es necesario  poner en marcha el motor –el corazón- para que no nos arrastre la corriente.Porque llegar supone seguir un camino incómodo pero cargado de perseverancia y  fidelidad.

El Corazón de Jesús estaba inundado por el amor.

La forma de amar de Jesús nos sobrepasa. Nos presenta un Dios infinito bajando al encuentro del ser humano que se mueve a ras de tierra. Dios descendiendo de tal forma   que llega a fusionarse con la persona.

Esta experiencia de amor es la que nos hace llegar a lo que se funde en un auténtico corazón. Por eso ya no podemos estar tristes, ni decepcionados, ni podemos tirar la toalla… por muy mal que estén las cosas, por mucho que nos insistan en que no hay remedio, en que el agujero cada vez se encuentra más hondo… nosotros seguiremos luchando porque, nos hemos dado cuenta de que cuando se llega al encuentro con Jesús desaparecen tus intereses personales para preocuparse de los intereses de los demás.

Ya que el amor cristiano no se queda en efusiones sentimentales, ni se reduce a intercambiar beneficios, sino el que se convierte en don, en gratuidad, en abandono. El que es capaz de romper las lógicas del conocimiento humano por muy estructuradas que se hallen.

En el Corazón de Jesús reside la verdad.

En medio de una vida cargada de mentira y desamor, aparece Jesús como testigo de la verdad. La escena se sitúa en la conversación que entabla Pilatos con Jesús. “Para eso he venido al mundo, le dice Jesús, para ser testigo de la verdad.” Jesús es el testigo fiel, el que revela en sí mismo la verdad. La verdad de Dios y la verdad del ser humano.

Un nuevo reto aparece al acercarse al corazón de Cristo. El reto de la veracidad. ¿Qué significado tiene ya entre nosotros la verdad? ¡No te fíes! Es la frase que se repite en nuestras conversaciones. ¿Cómo fiarse en un mundo, donde lo que se dice y lo contrario a lo dicho, pueden tener un minúsculo intervalo? Es que yo tengo mi verdad ¡ah, sí! Pues a juzgar por los hechos, parece que esas verdades no nos han dado un buen resultado.

Hemos perdido la fe. Hemos dejado de confiar en la gente y  necesitamos saber que, sólo desde el don de la fe, que nace en el corazón de Jesús, podremos conocer la verdad, valorarla, vivirla y cumplirla.

En el corazón de Jesús brillaba la luz.

Tenemos que ser luz en este mundo que camina en tinieblas. “Vosotros sois la luz del mundo. No se enciende una lámpara y se oculta bajo un celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos.” Sin embargo, la mayoría de las veces somos astros opacos que no podemos dar luz, porque no nos hemos acercado a recibirla, del “Astro Rey”, Dios. Por eso nuestra luz no brillará hasta que no seamos capaces de acercarnos al Señor de la vida.De ahí  que, el día en que el Señor encienda en nosotros su luz, se empezara a destruir la oscuridad, la duda, la incertidumbre… será como un amanecer. Porque en su luz, veremos nuestra luz.

En el Corazón de Jesús estaba el DON.

Muchas veces nos planteamos que Jesús no tenía los pies en la tierra, que la vida es otra cosa. Una y otra vez escuchamos: “Si conocieras el don de Dios”. Y nos tragamos la frase sin inmutarnos, sin inquietarnos, sin desconcertarnos.

Sin tener la valentía de ver que el mundo de Jesús, ciertamente, pertenece a un mundo totalmente distinto al nuestro, porque la realidad del Corazón de Cristo no tiene nada que ver con nuestros puntos de vista cortos y miopes.

Acerquémonos hoy a recoger el don,  no tengamos miedo; pero seamos concientes de que acoger el Don supone no sólo, escuchar con atención, sino tomar la decisión de cambiar el corazón a lo realmente auténtico. Sabiendo que:

El corazón es el centro de la persona. En él se fusionan sus facultades y niveles, lo afectivo, lo racional, lo intelectual, lo espiritual, lo material… haciendo de todo ellos una unidad.

Una persona con corazón es una persona profunda y cercana; entrañable y comprensiva; capaz de sentir emociones, sin dejar de ir al fondo de las cosas y de los acontecimientos.

Porque en el corazón está la profundidad y la cordura, la sabiduría y la santidad, a la cual sólo se llega por pura gracia, adquirida en el silencio y la humildad de escuchar a Dios.

De ahí, que solamente desde la cercanía al Corazón de Cristo, es desde donde la persona puede intentar aspirar a ser lo más ÍNTEGRA posible.