La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El Cardenal Rouco recuerda que Dios «transforma al hombre y por eso puede transformar las realidades sociales y políticas»

Al presidir la tradicional Vigilia de Pentecostés en la Catedral de la Almudena, organizada por la Delegación de Apostolado Seglar, el Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, hizo referencia a la Jornada Mundial de la Juventud del año 89 en Santiago de Compostela, cuando después de Pentecostés ese año cayó el muro de Berlín y despareció el telón de acero. 

Para el Cardenal, tras la JMJ de Madrid “vivimos un momento en que esa fuerza del espíritu fue una fuerza que va más allá de la materia, más allá del hombre considerado como una especie de pura combinación orgánica de células, que vive en el mundo por casualidad, que ha nacido de la nada y que no se sabe dónde va -sólo las leyes del cosmos, internas de la física y del mundo astral- pero no se sabe dónde va ni tampoco mucha gente quiere responder a dónde van, ni cuál es el destino y el futuro del hombre”.  Según manifestó, “hay una historia del espíritu que ha llegado a su momento culminante con Jesucristo Nuestro Señor. Esa historia es una historia del triunfo sobre el mal que nace de la carne y que nace del hombre carnal, una victoria sobre la muerte porque el cuerpo de Jesús ha resucitado, ha quedado transido de espíritu y vive en el mundo del espíritu, en el mundo de Dios y su Iglesia se compone de hombres y los hombres tienen cuerpo y tienen materia pero son mucho más que cuerpo y que materia”.

En este sentido, señaló que “puede haber muchos retrocesos en la historia de la humanidad, los ha habido antes y después de Cristo, lo son en estos tiempos últimos en los que el espíritu van acompañados de presagios, que a veces nos da miedo verlas o ciertas interpretaciones de ellas nos dan miedo”. Aún así, prosiguió, “es tiempo de la victoria del espíritu que se manifiesta, sobre todo, en la aparición de los santos, en la vida de los santos”. Y es que “esa dimensión santa de la vida de la comunidad cristiana y de la Iglesia, que objetivamente se manifiesta en la palabra del Señor, en los sacramentos y que seamos un pueblo sin límite ninguno de fronteras, de razas, el nuevo pueblo de Dios y de la catolicidad y de la apostolicidad, sería de por sí un milagro permanente y constante pero sobre todo que se vive en el corazón del hombre”.

Afirmó que “el mundo interior de un cristiano es distinto del mundo interior de un no cristiano y, por supuesto, muy distinto del mundo interior del hombre antes de Cristo. Está con nosotros, está en nosotros, nos transforma desde dentro, nos salva, nos cura, nos fortalece, nos renueva, nos hace prudentes, nos hace ver mejor la realidad y la verdad del hombre y de la historia, nos levanta el corazón y nos anima a tener esperanza”. Por tanto, “es tiempo del espíritu, es tiempo de la santidad, es tiempo del amor, es tiempo de la caridad y un fruto de esa caridad, primero, es ser misioneros y testigos y apóstoles del espíritu, continuar lo que ocurre con los Doce el día de Pentecostés, el día que viene, testigos del espíritu, de Dios, que transforma al hombre y por eso puede transformar las realidades sociales y políticas y todas las realidades que se pongan por delante , incluso, que amenazan al hombre como la amenaza del pecado y de la muerte”.

Finalmente, destacó que “la Iglesia en este momento, nosotros en Madrid viviendo Pentecostés después de la JMJ, tenemos que dar gracias a Dios porque hemos descubierto con mayor fuerza la vida interior vivida en el espíritu, la presencia sacramental de Cristo resucitado tal y como lo vivimos esa noche en Cuatro Vientos, la víspera del Domingo, porque podemos descubrir el valor de la adoración con esa forma de amar a Dios y amar al prójimo. Sólo ama el que sabe adorar a Cristo y sólo ama el que de algún modo adora al hombre como hijo de Dios y ora por él”.