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Pentecostés: Espíritu y Santo

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho.- Cincuenta días después de la resurrección de Cristo, los discípulos del Mesías sabían que algo muy bueno y benéfico para su espíritu y para sus vidas iba a ocurrir. Jesús ya les había advertido acerca de  no marcharse de Jerusalén porque iban a recibir el Espíritu Santo (cf. Jn 16, 7-14). Y así lo hicieron en la esperanza de saber que el hijo del carpintero José les había dicho, siempre, la verdad.  

 

Dice San Lucas en los Hechos de los Apóstoles (2, 1-6) que “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía  expresarse. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua.”

 

Entonces, en aquel momento, la promesa que Cristo había hecho a sus apóstoles se cumple palabra por palabra y el don de lenguas, entre otros, fue donado a los que tenían que cumplir con la misión que les había sido dada.

 

Si la fiesta de Pentecostés era la celebración judía por la cual se agradecía a Dios por las cosechas que se habían podido obtener aquel año también en este primer Pentecostés cristiano la cosecha resultado de la siembra de Cristo había obtenido el primer fruto y aquellos apóstoles iban a seguir, pues, sembrando la Palabra de Dios. Pero, además, si el pueblo judío recordaba el momento en el que Moisés subió al monte Sinaí y recibió las Tablas de la Ley con las cuales Dios hizo una alianza con su pueblo elegido, en este Pentecostés, primero de los que se sucedieron después de la resurrección de Cristo, Dios promete no abandonar nunca al ser humano y estar siempre con él cuando dos o más se reúnan en el nombre de Cristo.

 

Pero si hay un protagonista importantísimo que nunca debemos olvidar y siempre hemos de tener presente es, sin duda alguna, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad que juega, en este episodio como en otros muchos (Bautismo de Cristo, por ejemplo) un papel fundamental.

 

El Espíritu Santo, comprendido y entendido desde este momento como instrumento de Dios, siendo Dios mismo, para el bien del hombre es, en verdad, Espíritu de verdad, Abogado, Paráclito, Consolador y Santificador.

 

Es Espíritu de Verdad porque recibe de Cristo la Verdad que el Padre le ha entregado y, así, la entrega al ser humano.

 

Es Abogado porque nos auxilia en los momentos de tribulación y, con sus gemidos inefables, nos pone sobre la pista de la solución de aquellos.

 

Es Paráclito porque es defensor de los hijos de Dios cuando necesitamos tal defensa.

 

Es Consolador porque hace lo propio con nuestro corazón y, en general, con nuestro ánimo, cuando nos encontramos en momentos de dificultad espiritual y con su actuar nos llena de vida y eterna ésta.

 

Es, por fin, Santificador, porque su actuar es propio de Dios y de Cristo, el Perfecto Santo del Creador.

 

Así, el Espíritu Santo, aquel memorable día de Pentecostés, sirvió de nexo de unión entre Dios y el hombre y permitió, a partir de entonces, que la creatura de la que Creador dijo que era muy buena su creación continuara su camino hacia su definitivo Reino.

Por eso, nunca deberíamos olvidar aquello que el apóstol de los gentiles y antiguo perseguidor de discípulos de Cristo escribió en su Primera Epístola a los de Corinto (3, 16) y que no es otra que la pregunta que nos interpela acerca de no saber que somos “templo de Dios” y que, además, “el Espíritu Santo habita” en nuestro corazón que es una forma muy profunda de decirnos que Dios mismo está en nosotros y que depende de nuestro ser y de nuestro actuar que lo hagamos presente o que, sencillamente, lo olvidemos.

 

Aquellos hermanos nuestros en la fe que se encontraban a la espera de la llegada del Paráclito sabían que, en efecto, iba a llegar como había sido prometido. Esperaron a sabiendas del cumplimiento de aquella promesa y supieron recibir el fuego que purificaba su corazón y los hacía grandes a los ojos de Dios con humildad y mansedumbre.

 

En realidad, aquel Espíritu que, además, era Santo, estaba destinado a ser nuestro guía a lo largo de los siglos. Y por eso, precisamente por eso sobre la Iglesia, según Cristo, no ha de prevalecer nada ni nadie.

 

Y todo comenzó entonces, en aquel muy especial Pentecostés.